
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (08)
Inundados de estímulos visuales como hoy estamos, nos resulta difícil entender la fascinación que las imágenes cinematográficas podían ejercer en aquellos que estaban dispuestos a dejarse llevar por el ilusionismo de un arte en muchos aspectos todavía primitivo y considerado inferior por los árbitros del buen gusto. Zischler, sin embargo, quizá porque él mismo ha estado ante la cámara, conoce muy bien la sensación, extrañamente mezclada de dolor, de identificación y alienación que consiste en que, en el caso más extremo, pero con frecuencia repetido en el cine, uno se ve morir. Para Kafka, que siempre suspiraba por la disolución de su persona real, perecer casi imperceptiblemente en imágenes fugitivas, que se disipan sin cesar ante uno como la vida, debía de ser algo así como las tentaciones de san Antonio en el desierto. Según este u otro testimonio, más de una vez se le anegaron los ojos de lágrimas en el cine. […] En general son espectrales las películas antiguas, y no sólo porque traten con predilección de personalidades divididas, dobles y resucitados, percepciones extrasensoriales y otros fenómenos parapsicológicos, sino también por la forma en que, por razones técnicas, los actores tenían que entrar y salir del campo fotográfico todavía completamente inmóvil, como espectros a través de un muro. Lo más fantasmal es, evidentemente, la mirada cuasitrascendental cultivada entonces por los actores de teatro masculinos, que encontró su verdadera expresión en el cine, mirada que parecía dirigirse a una vida de la que el héroe trágico no participaba ya. Kafka, que a menudo se sentía como un espectro entre sus semejantes, sabía con qué ansia inextinguible rondan los muertos a los que todavía no lo están. Su literatura puede entenderse como una forma de noctambulismo o como el estado que lo precede. «Sin peso, sin huesos, sin cuerpo he deambulado dos horas por las calles, pensando en lo que había soportado mientras escribía esta tarde», anota una vez. Envía de noche a Berlín cartas de murciélago, y él mismo es el fantasma del que cuenta a Milena que apura en el aire los besos que ha enviado antes de que puedan llegar a su destino. Zischler cita también el pasaje de una carta en el que Kafka cuenta cómo, en un recorrido en el tranvía, «al vuelo, fragmentariamente, leía con esfuerzo los carteles» ante los que pasaba. Por curiosidad, comenta Zischler, Kafka se empapaba de imágenes. Para él eran evidentemente un sustitutivo de la vida que no podía llevar, un alimento sin sustancia con el que, en sus sueños de noche y de día, desarrollaba continuamente los fantásticos guiones en lo que, una y otra vez, se convertía en estrafalario personaje cinematográfico. Qué episodio más extraño es aquel en el que, como cuenta a Max Brod en una postal, estando en el médico se ve obligado a echarse en un canapé, por un pequeño desfallecimiento, y de pronto se siente de tal modo como una muchacha, ¡que trata de arreglar con los dedos su falda! ¿Y no son esas secuencias oníricas, en la camera obscura de su alma, películas proyectadas por las que deambula como su propio espectro? Sus diarios están llenos de relatos de experiencias en las que lo cotidiano, igual que en el cine, se disuelve ante los ojos en imágenes ingrávidas. Por ejemplo, en un andén, despidiéndose de la actriz Klug: «Nos dimos la mano, yo me quité el sombrero y lo sostuve contra el pecho, retrocedimos, como se hace cuando parte un tren, con lo que se quiere indicar que todo ha terminado y uno se ha conformado con ello. Pero el tren no partió aún, volvimos a acercarnos, yo me alegré mucho de ello, y ella me preguntó por mis hermanas. Sorprendentemente, el tren empezó a moverse con lentitud. La señora Klug preparó su pañuelo para decir adiós, que le escribiera, me gritó aún, ¿tenía su dirección?, estaba ya demasiado lejos para poder responderle con palabras, señalé a Löwy, de él podía averiguar su dirección, muy bien, dijo ella con un gesto rápido, a él y a mí, y agitó su pañuelo, yo me quité el sombrero, primero con torpeza, luego, cuanto más lejos estaba ella, con tanto mayor libertad. Recordé luego que había tenido la impresión de que el tren no se iba realmente, sino que recorría sólo el corto trecho de la estación, para ofrecernos un espectáculo y desaparecer luego. Aquella misma noche, cuando estaba semidormido, se me apareció la señora Klug, antinaturalmente pequeña, casi sin piernas, retorciéndose las manos con gesto desesperado, como si hubiera ocurrido una gran desgracia». El drama de toda una vida está contenido en esa nota de diario, montada como una película: el amor no correspondido, el dolor de la separación, el hundimiento en la muerte y el retorno de la mujer de felicidad frustrada.
W. G. Sebald sobre Kafka va al cine, de Hanns Zischler, en Campo Santo (2003)
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