LA HISTORIA OFICIAL: SOBRE NO MATAR, DE JUAN VILLEGAS

LA HISTORIA OFICIAL: SOBRE NO MATAR, DE JUAN VILLEGAS

por - Ensayos
24 Abr, 2026 04:50 | Sin comentarios
Una lectura crítica sobre las memorias y olvidos de una película que no se anima a problematizar lo que propone.

Si esta película se hubiera presentado hace diez años en el Bafici, habría sido una más de las que por entonces se escudaban en ser expresión de una verdad silenciada, como El diálogo o El copamiento. Estrenada poco después de cumplirse cincuenta años desde el inicio de la última dictadura, en el contexto de un gobierno que ha hecho del tema parte de su “batalla cultural”, la módica provocación ha devenido Historia oficial. De hecho no difiere demasiado del “largometraje” realizado por el funcionario Santiago Oria como comunicación de presidencia, publicitada el 24 de marzo de este mismo año. Esa pieza sólo llamó la atención por su desacostumbrada duración, y lo mismo hace No matar con sus casi cuatro horas. Pues lo excesivo no hace sino subrayar la limitación de su enfoque: Oria presentó dos testimonios que apenas simulan el mismo punto de vista. Villegas apela a algunos más con la misma falsa diversidad y parecido resultado. 

La sinopsis de No matar (título tomado a la polémica suscitada hace ya décadas por un texto de Oscar del Barco) habla de “un ejercicio de memoria crítica sobre la violencia revolucionaria en Argentina en la década de 1970”, resumiendo esa historia en que si bien las organizaciones armadas surgieron “con el apoyo de una parte significativa de la población (…) rápidamente transitaron a una etapa de militarización y desvinculación del pueblo, lo que condujo a su derrota”. La “derrota” (sin aclarar que ya se había producido antes del golpe de Estado) se debió así a “sucesivos errores estratégicos, desviaciones éticas y el uso indiscriminado de la violencia”, que  “condujeron a su fracaso final” (vaya uno a saber en qué historia virtual cabía su éxito). Además de ser un resumen sinuoso e inexacto (que luego se desarrolla en la película sin mayor elucidación de ese “fracaso”), la sinopsis falsea el verdadero contenido de No matar.

También lo omite la presentación de David Obarrio en el catálogo del Bafici: “Quienes tienen la palabra pertenecen en general al viejo funcionariato de las organizaciones armadas, que hablan a cámara, menos embarcados en una ceremonia de expiación que de recapitulación de sus propios actos, que semejan narraciones antiguas de un país alucinatorio”. Tal vez Obarrio sólo vio el inicio (y creyó que habría más que ese par de ex militantes), pero ya en el cartel inicial que preludia los testimonios  (bajo una música rítmica que evoca La hora de los hornos, aunque ahí se acabe la relación formal) se anuncia el verdadero objetivo de No matar. Veamos: 

El texto inicia tratando de despegarse de las inevitables sospechas de igualar “uno y otro lado”, aunque ya referirse a “lados” es un clásico de la teoría de los dos demonios, la que también se menciona explícitamente para culpar a esa “amenaza” de reconvención por el supuesto “silencio” sobre las víctimas de la guerrilla. Se dice que sus familiares “han sentido que su dolor no puede ser expresado públicamente”, y que esta película busca “darles voz”. Pero lo cierto es que esas historias han sido hecho públicas desde el momento mismo en que sucedieron los hechos (mientras las desapariciones eran a la vez negadas), primero por la misma dictadura y luego desde la transición democrática, gracias a organizaciones que buscaron contrarrestar el pedido de esclarecimiento y justicia sobre el terrorismo de Estado abierto por el juicio a las juntas y cerrado luego rápidamente por las leyes de impunidad y el indulto (basta ver cómo en esos años desaparece el reclamo de “memoria completa”, para reaparecer hace veinte años cuando se reabren los juicios, copiando e invirtiendo el discurso de los organismos de derechos humanos). La película no muestra ese pasado reciente, así como tampoco le interesa historizar cómo se gestó la violencia política de los años 70 (salvo por el previsible anecdotario acumulado sin mayor rigor). 

No matar

Del mismo modo, el amontonamiento en el cartel de citas descontextualizadas de Pilar  Calveiro y Héctor Schmucler (evidencias de una temprana crítica de la “militarización”), y de Claudia Hilb y Hugo Vezzetti (críticos más recientes desde una perspectiva casi tan deshistorizada o anacrónica como la del texto de Oscar Del Barco) no hace más que confundir los argumentos sin desarrollarlos o clarificar la discusión, que como muestra el libro Discutir montoneros desde adentro, de Daniela Slipak, comenzó ya en el momento mismo de los hechos. Villegas podría haber entrevistado a esos ex militantes que también supieron seguir siendo intelectuales (incluso los que responderían lo que quiere escuchar), pero opta por quedarse con el “viejo funcionariato”… ¡Y un músico de rock!

La primera parte de la película inicia con Emilio del Guercio (con la única autoridad de haber escrito algunas canciones alusivas) y Sergio Bufano (ex miembro de OCPO- Organización Comunista Poder Obrero, editor de una revista que hizo una valiosa revisión de la “lucha armada” pero que ha terminado engrosando la fila de quienes se prestan a ser usados para estos trabajos forzados) haciendo una apurada síntesis del período hasta que empiezan rápidamente a hablar de “matar”. Del Guercio encadena tiempos y tópicos diciendo que “los tipos que ahora piden por la memoria juzgaban ellos y decían este tipo tiene que morir”. Villegas podría al menos haber obviado esta muestra de liviana generalización, pero esa es la viga maestra de su película, hecha de un qualunquismo tan puro como imbatible. Si le hubiera interesado indagar en lo que propone su sinopsis, habría al menos entrevistado también a ex militantes de otros partidos o posturas, o a esos pensadores que además también fueron partícipes y testigos. Los únicos que hablan en su película son dos ex militantes poco representativos (el otro es Aldo Duzdevich, de la JP Lealtad), unidos por la misma certeza tardía en los errores del pasado.

Pero aun arrepentidos conservan toda su arrogancia: es fácil imaginarlos, igualmente vehementes y equivocados, en los 70. Hablando, hoy como ayer, con la misma “superioridad”: de la excursión emocionante (“es lindo andar con un arma en la mano”) a la plenitud del “matar o morir” (como se llama uno de los capítulos). Así, aunque uno diga “vamos a poner la historia en su contexto”, todo es anécdota y opinión, sin la menor problematización sociohistórica. Una suerte de inversión de Cazadores de utopías, treinta años después. Con la diferencia de que aquí el único ex militante peronista pertenece a una corriente tan fiel a Peron que apenas si hace una tardía mención a López Rega y la triple A (así como en aquella película ni se mencionaba a Firmenich). Y ya desde entonces se discutió mucho sobre el valor del testimonio fuera de sede judicial, por aquello de la conocida diferencia entre memoria e Historia (un resumen de esa discusión se encuentra en Tiempo pasado, de Beatriz Sarlo, o en el libro colectivo Crítica del testimonio). De ahí que esas “narraciones antiguas de un país alucinatorio” no ayuden a entender la realidad política (ni la de entonces ni la actual).

Recién a la hora aparece el primer familiar, hijo de un ejecutivo asesinado. Y luego otros similares, con padres directivos de multinacionales (Ford, Renault). Ellos también inician reponiendo el mismo segado resumen: “Empezaba una  época de terror”, se dice, “había cinco asesinatos por día”, pero nadie recuerda que además de la guerrilla operaba impunemente la Alianza Anticomunista Argentina. Se narran detalladamente cada atentado, hasta que recién a las tres horas (en la cuarta parte, “Hablar para sanar”) llega el quid de la cuestión: se pide “que el Estado argentino reconozca que en Argentina hubo terrorismo”. No parece una discusión semántica o histórica (“guerrilla” no es lo mismo que “terrorismo”) sino, una vez más, una equiparación. Vemos a la misma testimoniante hablando hace treinta años en el programa de Mariano Grondona, experto en enfrentamientos imposibles (como el del torturado Bravo y el torturador Etchecolatz): el ex militante Jorge reina (no relacionado con el caso) quiere hacer un poco de Historia, pero ella le dice “¿qué tiene que ver con mi papá?”. Todo se reduce así la casuística personal, sobre la que no es posible decir nada. Y la película no va más allá de esa mera enunciación: ni siquiera se hace cargo de la contradicción entre el supuesto “silencio” previo y archivos como este que prueban lo contrario.

En la quinta parte se llega finalmente al título de marras: “No matar”. Recordemos que el debate suscitado por Del Barco (hace más de veinte años) generó dos gruesos volúmenes de intercambios polémicos, que parten del común entendimiento de la complejidad del problema, porque la violencia no puede ser abstraída de quién y cuándo se ejerce (hasta un abogado lo sabe, no digamos ya un historiador). Aquí todo se resuelve con un simple “matar no es relativo, si apelamos al contexto posibilitamos que vuelva a ocurrir si alguien cree que por el contexto vale la pena matar”. Como no podemos reponer aquí esa discusión filosófica y política (sobre la que han corrido ríos de tinta desde que Caín mató a Abel, o el mismo Dios hizo del diluvio su instrumento), pensemos simplemente en el fallido atentado contra Videla. O Hitler, para ser más universales. O en el no fallido contra Heydrich (“el carnicero de Praga”, y uno de los artífices de la “solución final”). Sobre estos últimos casos se han hecho varias películas (desde Los verdugos también mueren de Fritz Lang hasta una con Tom Cruise) sin que nadie osara sugerir que aquellos resistentes eran “terroristas” (salvo los nazis que los trataron como tales). Pero esto sucedió en Alemania, un país en que no se puede negar el número de muertos sin ir a la cárcel.

No matar

Aquí, en cambio, seguimos escuchando hablar de “subversión”, como en el homenaje del “día de las víctimas del terrorismo” llevado a cabo en el Senado nacional en 2024. La diferencia con las otras víctimas es que nadie negó esos asesinatos, ni puede reivindicarlos alegremente. Son parte de la memoria aciaga de la larga historia de la violencia política en Argentina, que no empezó en los 70 ni ha terminado. Pero la mayor parte de los involucrados en esos hechos pagó esos actos con su vida y su muerte (que también les fue arrebatada). “La dictadura transformó en víctimas a los que eran victimarios” dice uno de los testimoniantes, y aun así se aleja de la verdad. Porque lo primero que hizo la dictadura fue hacerlos indiscernibles, como no lo hace este discurso y los que asimilan todas las víctimas a victimarios, cuando sabemos que la mayoría de los desaparecidos nunca tuvo un arma en la mano. Pero convertirlos a todos en “terroristas” sirve para pedir  “manuales con la historia completa”, y “día de la memoria y museo”: no alcanza con llorar las muertes indebidas, siempre asoman los dos demonios. Y aunque algunos testimoniantes hacen un esfuerzo por no justificarla (o Villegas los cuida en el montaje), hablan la misma lengua de la represión (aunque no tan desembozadamente como en redes sociales).

Lo que no se puede ignorar es que fue la misma dictadura lo que clausuró la posibilidad de justicia y reparación al producir un exterminio sistemático, usando esas acciones armadas como excusa para llevar el terrorismo de Estado a su mayor expresión. Si hubiera cumplido el mandamiento de “no matar” no estaríamos cincuenta años después aun descubriendo tumbas clandestinas, tratando de identificar huesos desparramados en fosas comunes. No hay bandos, no hay memoria completa, no hay nada sino un vacío incuantificable en la “noche y niebla” de una muerte tan sistemática como clandestina. Decimos todas estas obviedades porque la película aborda un tema que la excede, y lo hace de la manera más plana y confusa posible: ex militantes siempre equivocados, hijos de asesinados que demandan imposibles a nadie en concreto (salvo cuando mencionan los maltratos de las empresas). No se comprende qué es lo que debería reconocer el Estado, y de hecho ya tuvimos el ejemplo de un absurdo “perdón en nombre del Estado”. Lo único que puede hacer el Estado es impartir justicia, que es lo que la dictadura negó a todos.

En cuanto a los ex militantes, al final alguien recuerda que ya desde el exilio se escribió la autocrítica al militarismo de las organizaciones armadas en la revista Controversia… Pero no podía asumir esa buena fe una película entre cuya “bibliografía” final se cita a la actual vicepresidenta, cuya carrera se cimentó en base a su militancia por la “memoria completa”. A todo lo que sobra y falta en esa bibliografía, podría sumarse el reciente Anatomía de una mentiraquiénes y por qué justifican la represión de los setenta, de Hernán Confino  y Rodrigo González, historiadores que repasan la historia y actualidad de estos falsos “debates”. Ese libro explica todo lo que esta reseña no alcanza a decir, y lo que la película no quiere asumir. También se pueden revisar artículos como estos dos (ver aquí), sobre la organización fundada por Villaruel hace veinte años retomando las premisas de las anteriores.

Posdata: en entrevistas publicadas por medios afines como La NaciónInfobaeSeúl en el contexto del estreno, Villegas repite pero también aclara lo que aquí se sugiere. Dice que le “interesa abrir la discusión, que la película sea un disparador”, pero también que cuando se dice “matar está mal” ya no hay mucho para discutir. “Hay algo en la complejidad del tema… Es raro, porque es complejo y, a la vez, muy simple. Por eso, cuando planteás los hechos concretos, no hay mucho para discutir”. He ahí su estrategia y su límite. Y así una película saludada como “valiente y necesaria” no termina de ser ni una cosa ni la otra, sino apenas un espejo para los prejuicios de quienes la saludarán incluso sin verla. Villegas reconoce que dejó afuera los testimonios de los hijos “cuando se metían más en política partidaria”, escudándose en que “está implícita una crítica a toda una época y a la responsabilidad del kirchnerismo en eso”. Ese repetido sesgo hace que no pueda reconocer que si “se volvió incómoda su mirada” es porque fue instrumentada para reactivar los viejos discursos negacionistas. O directamente reivindicadores, como los que aparecieron en la misma función de estreno de No matar

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