
LAS PELÍCULAS SECRETAS (71): METAAL EN MELANCHOLIE / METAL Y MELANCOLÍA
Metal y melancolía es una película que escucha a las personas. Escribo esto y suena tan sencillo que no debería siquiera llamar la atención, pero sin embargo tiene algo de épico. Escuchar a los otros, mirarlos a los ojos: ¿no es acaso un arte perdido?
Heddy Honigmann presta atención a cómo los hombres y las mujeres narran las estrategias absurdas que tienen que inventar para sobrevivir en un país arrasado por la destrucción masiva. No hay ninguna bomba, pero sí una tragedia tortuosamente silenciosa: vidas enteras que se desmoronan por el dinero sin que corra sangre ni estallen gritos. Los protagonistas son una cosa y de repente deben convertirse en otra. De actor a taxista, de docente a taxista, de abogado a taxista. El tiempo libre ya no es más que la oportunidad de hacer dinero. Hacer dinero no es más que llegar a la noche y descubrir que se puede seguir viviendo. Mañana será otro día para salir a trabajar.
En la película, todas esas personas suelen aparecer sentadas. Están quietas mientras manejan y hablan, y afuera (desde la ventanilla) vemos cómo el mundo se mueve. Los niños cruzan la calle, los arbolitos rematan dólares, los trabajadores levantan puestos de comida sobre la vereda. El cine ordena esos mundos, que son muchos y son uno solo. Lo que esos taxistas tienen para confesarle a Honigmann es demasiado grande como caber solo en un auto: el secreto está en cómo se derrama. De afuera hacia adentro, y viceversa.
Reducida a lo mínimo, Metal y melancolía parece desnudar al cine hasta dejarlo solo con su pellejo. Honigmann se vale del poder de la cámara para escanear a las personas, para retener algo de la energía que se desprende de la retina de sus ojos o del cristal de sus voces. La potencia no está solo en el contenido de sus relatos, sino en el hecho de enfrentarnos a la presencia de esos hombres y mujeres, quemándose como una brasa frente a nuestros ojos.
Honigmann sabe controlar todos esos elementos. Une vehículo y calle, trabaja con las presencias, pero además tiene la valentía de entregarse al riesgo de lo inesperado. En una de las escenas, un tipo al volante habla y habla del destino trágico de Perú; vuelve atrás en la Historia, recuerda la deuda externa e identifica ahí el origen de todos los males, hasta que alguien le golpea la ventanilla del auto. Es un niño pidiéndole plata: la tragedia haciéndose presente, la derrota del país merodeando como un fantasma entre los vivos. El relato se vuelve materia, irrumpe ante la cámara y toca la puerta. ¿Alguien le va a abrir?
Si tuviera que ponerle un nombre a todo esto, diría que es algo así como “el pulso”. Algo que late, un flujo que es caótico pero que está vivo, y ante el cual el cine puede permanecer al acecho. Puede conservarlo y dejarse contagiar por él. Puede entregarle ese mundo a la imagen. Puede entregarle esa imagen-latido al mundo. Es una especie de ofrenda. El pulso está ahí, sonando, pidiendo entrar. Honigmann es lo suficientemente lúcida como para escucharlo y abrirle el paso.
***
Metaal en melancholie / Metal y melancolía, Holanda, 1994
Dirigida por Heddy Honigmann
Escrita por H. Honigmann y Peter Delpeut.
Intérpretes: Víctor Talledo, Mercedes Aguilar, Jorge Rodríguez Paz, Señor English, entre otros.
Iván Zgaib / Copyleft 2026


Últimos Comentarios