NUESTRA TIERRA (03)

NUESTRA TIERRA (03)

por - Críticas
16 Mar, 2026 05:40 | 1 comentario
Tercer texto sobre una película notable de la cineasta argentina.

12 DE OCTUBRE

En la enseñanza de historia, en colegios y otras instituciones, la noción de lo universal es en general la historia europea o eso que suele llamarse “Occidente”. Allá a lo lejos hay otros que no son exactamente iguales. Están los chinos, los moros, y muchos más que son los otros. El imaginario eurocéntrico desplaza y si es posible invisibiliza. En Estados nación jóvenes, como los de América, se suscita un dilema: los “otros” no llegaron desde geografías desconocidas, porque estaban acá antes; expulsamos a los otros de nosotros mismos; nos autoexcluimos.

Alguien que defiende a los imputados por el crimen de Javier Chocobar razona —digámoslo así— que en el año 1807 la comunidad chuschagasta había dejado de existir. En ese fuero penal estaban presentes miembros de la comunidad “desaparecida” y familiares de la víctima. Son parte de los tantos invisibles de la historia argentina, el fuera de campo del discurso oficial del Estado. Nuestra Tierra es por esa razón una película de contracampo: horada el tejido de la justicia, desmantela la construcción ficticia de sus leyes y trastoca el presunto poder simbólico de una escritura. Ellos estaban antes. La tierra les pertenece, ellos le pertenecen a la tierra.

El asesinato de Chocobar, como es sabido, fue filmado. El forcejeo entre el cacique de la comunidad, que custodiaba el territorio donde viven los suyos, y José Valdivieso, Luis Humberto Gómez y Sergio Amín, que reclamaban ser los dueños de la tierra, tiene una imagen. En la confrontación, el celular cae al suelo y no alcanza a capturar la escena completa. Es una prueba débil. De aquel suceso del 12 de octubre de 2009, una fecha perversamente ensangrentada, al mes de agosto de 2018, fecha del inicio del juicio, pasó mucho tiempo. Pero ¿qué ocurrió realmente? “Verdad” es una palabra necesaria, pero no parece ser siempre connatural al orden jurídico. ¿Cómo filmar entonces la reconstrucción de la verdad durante un juicio?

El juicio es predominante en el inicio y en el final, y si no se sobreentendiera que se trata de un registro documental, algún distraído podría llegar a creer que se trata de una ficción trabajada con un tono naturalista y con intérpretes idóneos en lo suyo. Las tres cámaras que filmaron durante el juicio y el montaje laborioso posterior descubren y erigen una escena jurídica en donde los gestos mendaces se reconocen al igual que aquellos en los que se puede observar lo contrario. El poder del cine es acá incuestionable. Con paciencia, la cámara extrae lo que no se puede fingir. Los fiscales, los abogados, los acusados y los familiares de la víctima se desnudan involuntariamente ante la cámara. Y, cuando toman la palabra, llega un momento en el que se dice algo que no se quiere decir. Martel sabe muy bien qué significa “escuchar”. En estos menesteres, tiene oído absoluto. Catorce años de atenta escucha están puestos en este monumento cinematográfico llamado Nuestra Tierra.

Pero Nuestra Tierra es mucho más que una película jurídica y una restitución de la verdad histórica de los chuschagastas. Entre el primer acto y el último, Martel toma un desvío ejemplar. Abandona la desgracia de las víctimas y repasa respetuosamente la vida de la viuda de Chocobar, Hortensia Mamani, y la de otros familiares. Es el momento en que el poder sonoro del cine de Martel se siente en todo su esplendor. Las voces cuentan una historia, y un sinfín de fotos de la comunidad y su gente reavivan la memoria colectiva. En esas fotos hay evidencia de otro país que el actual: la indumentaria, la dieta, los anhelos de juventud, el ocio de los humildes, estaban inscriptos en un orden menos siniestro que el de nuestro presente, aunque no por ello justo. Esta disyunción entre sonido e imagen es la propia conquista de la película por hallar un resquicio de dignidad. Así se conjura la infamia, así puede apreciarse la decencia de los de antes, de los “otros”, de los que habríamos podido ser. ¡Qué distancia humana infinita parece haber entre el rostro —el alma— de los canallas en el poder y cualquiera de esos rostros preservados en imágenes fotográficas!

Falta hablar de los planos cósmicos del principio, en los que se justifican las dos mayúsculas del título, de los drones que pierden su genealogía militar para convertirse en un instrumento cinematográfico, de un chuschagasta que habla de Ben Hur para desentrañar los juegos de poder, del momento en que se escucha a Jorge Cafrune recitando a Yupanqui y de tantas cosas más que entran y salen de cuadro en una película descomunal. ¿Hace falta aclarar que todo esto no es solamente un film sobre los chuschagastas? Para avanzar hacia alguna parte se debe intentar conocer y decir la verdad. Nuestra Tierra es una pieza de memoria y de verdad. Nunca devendrá anticuada, siempre será intempestiva e incómoda. Es cine perenne y redentor.

*Publicada por La Voz del Interior en el mes de marzo.

Roger Koza / Copyleft 2026

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