EN MOVIMIENTO: BÉLA Y LAS CHICAS DEL LAGO

EN MOVIMIENTO: BÉLA Y LAS CHICAS DEL LAGO

por - En movimiento, Libros
23 Ene, 2026 07:17 | Sin comentarios
Maduro es abducido, Béla Tarr muere y las jóvenes de Hanói no dejan de posar ante las cámaras.

Durante la estadía en Hanói murió Béla Tarr. Tres días antes del 6 de enero, cuando murió el maestro, el merecedor de un premio innoble a la indecencia, el señor Trump, había abducido —esa es la palabra asociada a los extraterrestres que se empleaba en los medios— al presidente venezolano Maduro. Han pasado poco más de tres semanas de este 2026, pero el año ya está exangüe. La violencia cansa, y dadas las coordenadas vigentes no se puede esperar absolutamente nada bueno del 2026. Solamente un auténtico acontecimiento podría alterar el devenir. ¿Qué es un acontecimiento? Lo intempestivo. Algo que no es de este tiempo irrumpe en él, desvencija una trama de conceptos que ordena la experiencia y por un momento todo puede ser de otro modo. Lo mejor que se puede hacer es trabajar en esa dirección. Como se desconocen el qué y el cómo y el cuándo, sí es posible tomar críticamente distancia del presente.

Recibí un honorable pedido de una revista húngara. Tenía que filmarme y decir algo sobre Tarr. Quien me invita añade que la revista es de “izquierda”. En otro tiempo me hubiera parecido una aclaración innecesaria, pero dado que Viktor Orbán es la máxima autoridad en aquel país es pertinente el aviso. Partizán todavía no publicó el homenaje en el que se convocó a personas de todas las latitudes. (La página de YouTube es muy buena y tiene la mejor entrevista que he visto del cineasta húngaro). 

Al día siguiente, recibo otro encargo, pero el remitente no es de Budapest, sino de Madrid. Lo mismo: me piden un texto sobre el cineasta responsable de películas irrepetibles como Sátántangó y El caballo de Turín. Extensión: 3000 caracteres con espacios. En cinco días, vuelvo a ver toda la obra de Tarr: los cortos, las películas de estudiante, las primeras, las últimas. Vistas todas y por orden cronológico, la experiencia es alucinatoria. Es también un ingreso al parsimonioso corazón de eso que Friedrich Nietzsche llamó lo “humano, demasiado humano”. Este lado del filósofo alemán es mucho más interesante que aquel en el que el filósofo se torna profeta que describe lo que viene después del último hombre y la muerte de Dios.

El caballo de Turín

Acá habría que decir algo sobre El caballo de Turín. Repito una fórmula hermenéutica elemental, pero necesaria, dada la intemperancia y el apuro del presente: una película sobre el nihilismo no es necesariamente una película nihilista. En este planeta que deviene en yermo, donde el extractivismo (territorial, social, simbólico) como espíritu del tiempo emponzoña todos los órdenes de existencia con desmesura asesina, donde se ha renunciado a construir una modalidad digna de existencia compartida con las otras especies, hay algo en el retrato del fin del mundo de Tarr a lo que el cineasta no renuncia, como sí lo hizo tardíamente el señor de bigotes que le habló al caballo: Tarr vindica obcecadamente un sentido de dignidad de las personas comunes. No hay ya dirección en la Historia, un vacío cósmico imprevisto ha transformado el sol en una estrella sin brillo, acaso el universo está ahí para nada, pero todavía persiste el rostro, ese montaje azaroso de fragmentos del cuerpo de las personas que adquiere centralidad y en donde se reconoce a alguien. El de los hombres que juegan al sistema solar en Las armonías de Werckermeister, el de la mujer que desprecia la compensación en libras por la muerte de su marido en El hombre de Londres, o el del padre y la hija que se despiden de la última luz del mundo sentados en la mesa durante la noche. Nihilizar el nihilismo, otra fórmula, menos conocida; vale dar el nombre de su autor. No fue cineasta, sí filósofo: Nishitani Keiji.

Sucede que, desde Nido familiar a El caballo de Turín, existe una constante en todas las películas de Tarr: el encuadre meticuloso del rostro de alguien es una exigencia que no se circunscribe a la estética. Más bien se trata de una deontología, porque la materia del rostro desborda incluso la relación rostro/identidad. En la pretérita idea de fotogenia anidaba algo que nadie sabe muy bien cómo nombrar, pero que el cine ha podido cada tanto plasmar. Resulta que la cámara puede llegar a darle visibilidad a una expresión que no reconoce a la voluntad. Es exactamente la inversión dialéctica de eso que hoy es un acto infaltable en la foto que cada uno se saca de sí. La selfie es la antítesis de la fotogenia: la edición del yo sobre el yo es lo que justamente no pertenecía a la captura de lo impropio del yo en el yo de la fotogenia. Eso que definía un no saber del retratado sobre sí. Quizás Tarr iba aún más lejos: reunía ese no saber de la fotogenia en la conciencia de los intérpretes. Detrás de los personajes estaba eso otro del yo. ¿Será acaso aquel Yo de Whitman, en el que todos están en uno pero sin desmerecer o disminuir lo singular e irrepetible?

Hay una escena en la que el núcleo de la deontología de Tarr ya no se ciñe materialmente al centro de la cara; la edad o el tiempo en la cara es insustituible, pero también está ese que es, un yo, un alguien, un cuerpo entero completamente indefenso. La escena de las escenas, la de aquel viejo desnudo en el hospicio que detiene la matanza de los minusválidos y enfermos en Las armonías de Werckmeister, es la síntesis del cine de Tarr. ¿Hace falta entonces postular el conocido “no matarás “de Levinas, que localiza en el rostro, la ética por antonomasia? El precepto inscripto en la fisionomía del rostro ha demostrado ser ineficiente. El abyecto aniquila y el rostro sufriente de su víctima es aún un componente secreto de su goce. El plus metafísico entrevisto en este procedimiento sensible, un salto ornamental de creyente, parece prodigar algo parecido a un fundamento, pero la dignidad no se vuelve inapelable por esa declaración. En esto Tarr se mantuvo firme en un límite materialista. Nadie levitó en sus películas, nadie miró al cielo en busca de consuelo. ¿Habrá Tarr conocido Vietnam? ¿Cómo hubiera filmado el rostro de los vietnamitas?

En el Hoàn Kiếm

En Hanói la obsesión por el retrato excede el narcisismo generacional. Todos los días, al lado del lago Hoàn Kiếm, cientos de jóvenes mujeres y algunos varones posan por horas ante las cámaras. Así, todos los sábados y domingos, las calles alrededor del lago se cierran al tránsito y miles de transeúntes pueden observar a las jóvenes vestidas de blanco, rosa o rojo que intentan encontrar la representación perfecta de sí. Es difícil saber qué buscan y qué imaginan, pero la importancia del evento es indesmentible. Parece un rito sin una procedencia precisa, semejante al de los altares con budas populares, rodeados por pomelos, fotos de parientes, objetos cotidianos e inciensos que se pueden verificar en todos los negocios. En una librería, en un restaurante, en un hotel, en una agencia de turismo, en un spa, el minúsculo altar se despliega en un rincón. Sobre esto, poco se sabe. Es una práctica antigua, jamás desterrada durante los años de comunismo vigoroso.

Nadie sabe precisar la genealogía de los retratos junto al lago. La era de la fotografía digital ha hecho todo más accesible. Está claro que existen reglas generales y determinados requerimientos: la indumentaria es siempre la misma, una gestualidad se reitera como si fuera el fruto de un aprendizaje, los objetos elegidos como pertinentes para el registro fotográfico, como las flores y los paraguas, están siempre, un maquillaje pudoroso evoca quizás viejas tradiciones escénicas. La retratada nunca está sola. La acompañan dos o tres amigas que ofician de fotógrafas, un cortejo feliz que puede ingresar al cuadro o no, según el deseo de la retratada principal. En ocasiones hay un hombre que parece ser un profesional en la materia o un novio orgulloso de ser él y no otro el que apunte con la cámara. 

Le pregunté primero a una fotógrafa vietnamita llamada Mai, a quien conocí en los últimos días de mi visita, a qué se debía esta obsesión por el retrato. Mai parecía ser la persona indicada, porque tiene una colección de más de cien fotos, todas extraordinarias, de niños y personas mayores que ha visto a lo largo de muchos viajes en el interior de su país; sin embargo, no supo contestarme. Más tarde, le pregunté a Tham, crítica de cine de 23 años, quien ha estudiado a Spinoza en Estados Unidos y que siente una pasión por Raoul Walsh que bien calificaría en la jerga del filósofo holandés de amor intelectual. Ella tampoco pudo responderme; reconoció la singularidad de la práctica, me explicó alguna que otra cosa, pero el misterio subsiste. 

Ojalá algún cineasta pueda filmar e indagar esta hermosa compulsión de toda una generación por el retrato. Es evidente que el fenómeno excede el imperativo del espectáculo de las redes sociales en Occidente. Estas no son fotos destinadas al muro de tal o cual red social. Las retratadas no parecen tener nada en común con aquellas criaturas que se filman y se dirigen a un público imaginario y real en los reels que postean día tras día, incluso hora tras hora, como si fueran las conductoras de un magazine privado para todas y todos. La vacua obscenidad del espectáculo publicitario de sí no es lo que convoca diariamente a las chicas vietnamitas. Pero nadie parecer conocer la respuesta cabal a la pregunta sobre el origen y la finalidad de esta costumbre.

Roger Koza / Copyleft 2026

*Fragmentos de un diario, un libro futuro.

Fotografías (RK Copyleft)

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1. LUCAS, CAMERON Y LOS PADRES DE YẾN

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