
CRÍTICAS BREVES (229): PIN DE FARTIE
Pin de Fartie , Alejo Moguillansky, Argentina, 2025
Dijo Beckett: “Busco la voz de mi silencio”. ¿Cómo filmar esa busca? ¿Cómo filmar una obra de teatro del maestro irlandés que hizo cine con Keaton? Moguillansky no traiciona: traduce y se apropia. El plano de la tapa de Fin de partida en su versión francesa sustituido por su versión en castellano es más que un ingenioso truco visual; la misteriosa obra de teatro de Beckett será traspuesta al cine e incluso añadirá signos de época nada equívocos: “fin de partida” puede ser también “fin de la patria” o “patria del fin”. En la multitud que se invoca en el texto resuena el insignificante, equívoco palabreo de los “libertarios”. Los dos personajes principales de la obra se encarnan primero en un cantón suizo: acá son un hombre ciego y una adolescente. ¿Qué hacen juntos? ¿Ella es su esclava? Están en un pueblo de Suiza y al lado de un lago. En otro lugar del mundo, una actriz y un actor se reúnen todos los martes como si fueran amantes para repasar Fin de partida. Se encuentran a cuadras del Congreso de la Nación en Buenos Aires, escenario desde donde se puede percibir el deterioro social argentino. En la misma ciudad, el hijo de una célebre pianista de más de 90 años visita a diario a su madre; algo liberador sucede cuando leen a Beckett. Los otros dos personajes de la obra viven en un container de basura, tal como lo concibió Beckett; no es ninguna casualidad que su aparición tenga como fondo el parlamento argentino. Los episodios fragmentados son enlazados por breves intervenciones musicales en las que una narradora agrega comentarios sobre el desarrollo de cada historia mientras suenan los acordes de una guitarra. El respeto por la obra es incuestionable; el cineasta no la venera, sino que la reelabora con libertad y, por esto mismo, encuentra emociones puras en un texto que está en lucha con el asedio de la nada. Paradoja feliz de este Beckett trastocado por un rioplatense. Cuando menos se espera nace de la nada algo vital, como un número musical en un solo plano, un glorioso travelling lateral al lado de un lago, acaso inimaginable en el universo del escritor. Cuando un pasaje de la obra se repite en la voz de un intérprete, el lenguaje puede dejar de ser un sistema de transmisión de órdenes y deviene en un sonido que resuena en un cuerpo capaz de producir lágrimas. Es casi un milagro materialista, y si es posible se debe a que Laura Paredes es capaz de cualquier cosa.

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