LOS MUERTOS NO MUEREN / THE DEAD DON’T DIE

LOS MUERTOS NO MUEREN / THE DEAD DON’T DIE

por - Críticas
20 Dic, 2019 01:24 | Sin comentarios
A pesar de sus no-muertos Jim Jarmusch sí vive, aunque con el pulso sanguíneo de un “zombindie”.

THE DO-DO-DO, THE DEAD DON’T DIE

 “Reconocí la alegría por el ruido que hizo al marcharse”, escribió el poeta Jacques Prévert. Una vez que empieza la nueva película de Jim Jarmusch reconocemos que la alegría se va marchando del pueblo de Centerville. No con tanto ruido, eso sí, porque los zombies caminan arrastrando sus pies. El primer acto es la mejor parte de Los muertos no mueren: la tonalidad de las actuaciones regresa a la primera etapa de Jarmusch, cuando sus Extraños en el paraíso no daban más de la extrañeza al hablar hasta por los codos, o cuando unos personajes bastante poco afectos al carisma caían Bajo el peso de la ley sin cuestionarse demasiado las cosas, o cuando Papa Fuller era el tutor de las influencias más indisciplinadas (aquí aparece una lápida con su nombre, pero es un error porque… ¡Fuller vive!).

“Algo raro está sucediendo”, dice mirando por la ventanilla de la patrulla el policía bajo la piel de Adam Driver, y lo dice como quien podría decir “Se viene tormenta del sur”: mira hacia el cielo y su semblante, efectivamente, es tan invariable como un pueblerino diciendo “Se viene tormenta del sur” en verano. Su jefe (Bill Murray) no contesta allí pero aporta al final de la comedia: “No son peatones comunes” con la vista en dirección a los no-muertos. Ese humorismo redundante hasta lo estrambótico marca Jarmusch: “no son peatones comunes”.

Así era Jarmusch en sus inicios, y sobre estos conceptos y otros entretejimos los espirales semánticos para analizar el por qué y el cómo de su forma de hacer películas a contrapelo del peinado de Hollywood. Este autor de canas prematuras, este “son of Lee Marvin” supo cómo plantarse ante el vértigo Le Mans de la Fábrica de sueños, y lo demostró con obras, no palabras. Creó una carrera de larga distancia narrativa en una década –los ochenta– en la que la industria premiaba los cien metros llanos de artesanos de la celeridad como Tony Scott (antes de ser el Tony Scott que todos queremos).

Pero la discreción rítmica de Los muertos no mueren no funciona esta vez como una prerrogativa del talento de Jarmusch para encontrar el Santo Grial del cineasta, el estilo. El relato escribe una partitura en modo ostinato basso de la cual nunca logra sobreponerse; sofrena allí y apesadumbra el ánimo. No alcanzan los escopetazos a granel ni percibir el ingenio de que en vez de sangre negra salen cenizas de los cuellos cercenados de los zombies, lo cual representa una novedad inocua frente al desbarranco del conjunto.

Tarde, JJ.

Pero aún te bancamos.

El afiche oficial en español no vende humo en su literalidad: “El mejor reparto zombie de la historia”. Lo es.

Lo es porque en este álbum de figuritas:

Vuelve Tom Waits: como un ermitaño del bosque misántropo con la melena desgreñada de un extra de Un millón de años antes de Cristo.

Vuelve Iggy Pop: como un zombie patitieso que se levanta de la tumba con hambre de carne y predisposición cafeinómana.

Vuelve RZA: como un repartidor a minoristas que entabla charlas alarmistas con conocimiento de causa terráquea.

(¡Tres músicos de distintos cultos!)

Vuelve Tilda Swinton: como una especie de cuasi albina Black Mamba umathurmaniana del espacio exterior con acento escocés (tenía que volver, ya que todos aseguran que ella le tiró la idea a Jarmusch de hacer una película sobre zombies durante el rodaje de Sólo los amantes sobreviven).

Vuelve Choé Sevigny: como una policía temerosa que resulta ser la única persona que grita y se asusta como haría cualquier normal ante un advenimiento zombie.

Vuelve Rosie Pérez: como una conductora de noticiero que no pierde su sonrisa ni aún anunciando las peores novedades.

(Tres musas de reparto en su modo indie.)

Vuelve Bill Murray: como el jefe de la policía que camina con paso y panza de oso Baloo inconmovible mientras escucha, cree y descree lo que afirma su subalterno.

Vuelve Steve Buscemi: como un estereotipo de vecino racista que chilla porque le roban las vacas y las gallinas y chilla porque es lo mejor que hace Buscemi.

Vuelve Adam Driver: como el policía que toma las riendas del asunto porque “hay que matar la cabeza” para terminar con un zombie.

(Tres hermanos de la troupe jarmuschiana sean unidos por vez primera.)

Vuelven, todos vuelven a la troupe en otro Día de la independencia creativa jugueteando en el contexto de una nueva supuración social de muertos vivientes que deambulan a los tumbos pidiendo una taza de café (alerta autorreferencial: Coffee & Cigarettes, 2003) a causa de un desaliño en la rotación de la Tierra. O al menos eso es lo que dice la televisión, un medio masivo que, cuando se trata de dar malas noticias, sabemos que es menos probable que mienta a la ciudadanía telespectadora.

Pero la enumeración de los atractivos de las culturas cinematográfica y pop que contiene Los muertos no mueren es insuficiente para evadir la carga impositiva de una rémora argumental insalvable con evidencias. ¿Será por esto que la fecha de estreno que tenía prevista la película en Argentina –el 22 de agosto – no se concretó? Vamos, chicos, si se estrenó Paterson, que es excelente, pero cuenta los días de un colectivero poeta – o sea, bondi + poesía = ponzoña para la taquilla –, ¿cómo no se jugaron con esta, que incurre en el subgénero del Fantástico más rentable en la actualidad? ¿No alcanzó que fuera la primera película de Jarmusch en 39 años de carrera en ser lanzada en más de 600 salas de los Estados Unidos? ¿Que abriera el último festival de Cannes no hizo mella distribuidora? Algún día sabremos qué pasó.

De cualquier modo, sigue siendo verdad: la suma de los (f)actores no altera el producto. El producto se hubiera alterado mejor con un tercer acto acorde al misterio sereno del primero y con no caer en la irrupción del cine-de-Jim-dentro-del-cine-de-Jarmusch, que aporta desconcierto y poca gracia en cuanto a que no es novedad a esta altura del subgénero. ¿Zombies consumistas pidiendo Xanax, cable gratis, wi-fi, Chardonnay o café? Hace décadas lo hizo George A. Romero. A Romero no le hubiera sorprendido: en El amanecer de los muertos encerró a todos dentro de un shopping para que no se escape ni una gota de denuncia anticapitalista.

En la letra de la canción de Sturgill Simpson que da título a esta película, la crítica al hiperconsumismo suena más acabada y un poco menos rancia: Son sólo fantasmas dentro de un sueño

De una vida que no tenemos

Caminan a nuestro alrededor todo el tiempo

Hay una taza de café esperando en cada esquina

Algún día vamos a despertar y ver que la esquina se ha ido

Pero los muertos seguirán dando vueltas solos en este mundo

Serán viejos amigos dando vueltas

En un pueblo de alguna manera familiar

Que viste una vez cuando miraste por encima de tu celular

 “Entonces, Ronnie, cómo termina”, pregunta Murray a Driver, y decimos Murray y Driver porque estos dos nombres, allí, ya saben que son autorreferencias no-muertas. Driver le responde pero como responden en cualquier película de acción, cuando ya es demasiado tarde para creernos la broma intravenosa.

La que sabe cómo terminar –terminar bien para retirarse con dignidad– es la samurai escocesa de Swinton, que no se Tilda al emular a la Pizarnik de la frase “Alguna vez me iré, como quien se va” y se va –no diremos cómo– como quien se va –no sabemos a dónde– hacia el fin de la película y al confín de la galaxia.

Tarde, JJ.

Pero aún te bancamos.

Miguel Peirotti / Copyleft 2019

 Los muertos no mueren / The Dead Don’t Die, Jim Jarmusch, EEUU, 2019.