LA TERCERA ORILLA (02)

LA TERCERA ORILLA (02)

por - Críticas
20 Mar, 2014 04:14 | comentarios

La tensa superficie de la clase

vlcsnap-2014-03-20-01h09m07s228

Por Marcela Gamberini

La mirada de Nicolás es el eje y sostén de La tercera orilla, la nueva película de una de las mejores directoras argentinas contemporáneas, Celina Murga. A través de los ojos de Nicolás transcurren las sensaciones de odio, miedo, violencia, desamparo y soledad. La transparencia de su mirada es la transparencia de una puesta en escena que destila sencillez y honestidad, de una paleta cromática cristalina y azulada. Un padre de dos familias que se saben una a la otra pero no se reconocen abiertamente. Familias paralelas que se tocan en la mirada callada y tensa de Nicolás; sus dos hermanos y la madre por un lado, por el otro un hijo y otra mujer. El Padre, así con mayúscula, es el voluminoso sostén económico de ambas pero no el afectivo, ni el comprensivo, ni el emocional. Ese Padre ejerce su dominación que es la dominación de una clase, con sus privilegios y sus bajezas, con sus derechos adquiridos y con su moral un tanto dudosa. La clase, sugerentemente, está presente en los gestos dominantes, en la cabeza en alto, en las palabras altisonantes del Padre. Pero también está presente en los peones del campo, en los animales moribundos, en el gesto del hijo desesperado, sobre el final de la película. Murga resuelve con maestría y con conciencia crítica una puesta en escena acorde con el relato que lleva a cabo, que fluye como un río sin orillas, sin subrayados, sin remarcaciones, sin juicios de valor. El relato va tomando forma, va adquiriendo densidad a medida que avanza, de hecho la elusividad del comienzo se va aclarando de a poco, la dosificación de la información es exacta. Vamos viendo, sabiendo y sintiendo a medida que el relato crece en información y se va haciendo espeso, cargándose de amenazas, de peligros latentes, de sugerencias; el relato crece, como crece Nicolás, lenta y parsimoniosamente.

Justamente esa dosificación de la información es lo que le da un tono, un ritmo particular a la película. Todo se mueve entre mostrar la tensa cotidianeidad de una familia poco común hasta las escenas de amenaza explícita. Desde que empieza la película siempre hay un germen, algo está a punto de explotar, de romperse para siempre y explotar. Sin duda el momento del karaoke entre los hermanos es vital para la sanidad de la película (y del protagonista) una secuencia sublime donde los adolescentes cantan a viva voz Rezo por vos. Este himno funciona como disparador para que junto con Nicolás liberemos tensiones. La película, que había estado contenida en la mirada y en el silencio de Nicolás (que habla a veces pero se comunica poco y nada) en el momento del karaoke estalla, explota, moviendo las fibras más íntimas del espectador.

vlcsnap-2014-03-20-01h08m31s115Los materiales con los que filma Murga siempre son genuinos, su cine no tiene ningún gesto impostado, fluye en la naturalidad de las caminatas de Ana en Ana y los otros, en la conducta peligrosa de los chicos de Una semana solos o en la emotividad de la cercanía de su cámara en Escuela Normal. Celina Murga piensa sus historias en escenarios preexistentes, esos escenarios son pueblos chicos, son countries, son escuelas. Son espacios comunes, reconocibles y cercanos, no por eso menos peligrosos ni amenazantes. Sus lugares, son espacios eternos y sus historias son tan individuales que se vuelven universales porque los sentimientos con los que trabaja no nos son ajenos. Desde espacios pequeños Murga interroga la condición humana, su clase, su forma, sus conductas, sus sensaciones, sus peligros, sus bordes, sus orillas. El material con el que trabaja es fronterizo, es la zona inexacta y lábil donde el respeto se trasforma en miedo, donde el afecto se mezcla con el dinero, donde el río se hace tierra, donde el dominado se cruza con el dominante, donde el adolescente se vuelve adulto, donde el sometido seduce al que somete.

Si en Una semana solos la ausencia de la figura del padre, de la autoridad, de la ley era eje simbólico del relato, acá, en La tercera orilla, Murga elije poner en el centro de la narración el juego amenazante de la presencia-ausencia de la figura paterna que configura el devenir del relato. Nicolás está tironeado entre dos mundos que le son ajenos, el del padre y el de la madre. En este último, sintomáticamente, el mismo  ocupa la figura paterna (no sólo en el baile del vals con la hermana sino en el cuidado que ejerce sobre la madre o en la obsesiva protección de su medio hermano, entre otras secuencias).

La superficie de la clase siempre es tersa y tensa a la vez. Nicolás, en el cuerpo del excelente actor debutante Alián Devetac, recorre esa superficie con temor, entendiendo de a poco que no pertenece ni a la de su madre, ni a la de su padre. Que tendrá que salir de esa microsociedad endógena, un poco hipócrita, antigua, repleta de preconceptos. Entenderá no sin dolor, no sin conmovernos, no sin furia, que es necesario que encuentre su propia voz, su música, su camino, en definitiva, su propia tercera orilla.

Marcela Gamberini / Copyleft 2014