THE HOLDOVERS / LOS QUE SE QUEDAN

THE HOLDOVERS / LOS QUE SE QUEDAN

por - Críticas
15 Feb, 2024 12:31 | comentarios
Una de las grandes películas de Alexander Payne y una de las mejor del año precedente llega al cine.

LAS CIEGAS MARCAS

En un viejo poema del poeta y bibliotecario inglés Philip Larkin se dice:

“Y una vez que has recorrido la extensión de tu mente, lo que

gobiernas es tan claro como un registro de cargas;

no debes pensar que alguna otra cosa

existe.

¿Y cuál es el beneficio? Sólo que, con el tiempo,

identificamos a medias las ciegas marcas

que todas nuestras acciones llevan, 

podemos hacerlas remontar a su origen”.

Los que se quedan, la última película de Alexander Payne (el título en castellano es una traducción admisible para una palabra que indica restos, vestigios o sobras: holdovers), plasma detenidamente lo que el fragmento de Larkin compendia con la conjunción de dos palabras: ciegas marcas. A lo largo de sus dos horas y 13 minutos, el estudio pausado y diagonal sobre tres personajes, dos principales y uno secundario, permite asir cómo todo aquello que no se elige y que forma la contingente idiosincrasia de cualquier hombre o mujer, el ABC de su personalidad, no tiene que determinar enteramente el trayecto de una vida. Toda película, poema o novela que pueda ilustrar esa condición de existencia resulta dadivosa; dejarse arrastrar indócilmente por ese registro de origen es preponderante en la mayoría de los casos.

Las ciegas marcas del profesor solitario y su alumno rebelde, y también las de la jefa de cocina de la universidad, los tres personajes indelebles de la película de Payne, se exponen delicadamente escena a escena, en las palabras y los gestos. En cada acción y verbo empleado se pueden entrever el pasado de los personajes, pero es en la interacción donde se revela todavía más cómo operan las ciegas marcas. Lo que detiene la consecución de los deseos, aquello que obstaculiza el desenvolvimiento afectivo y los remordimientos y pesares que pueblan la conciencia aferrada al silencio se ha sellado con las ciegas marcas. La maestría de Payne consiste en rastrearlas y delinear a través de los borrosos signos que afectan la vida anímica de sus personajes; a través de lo que hacen y no tanto de lo que dicen, en una decisión que toman y no en una confesión extenuada de palabras. Saber filmar el tejido de las relaciones en su complejidad, y no solamente la evidencia lingüística de que dos o tres personajes pueden relacionarse mediante la palabra, tal es la virtud del cineasta, que tiene en su haber Los descendientesNebraska y Entre copas. En Los que se quedan Payne confiere a la interacción una cualidad estética de primer orden. Precisión, calidez y hermosura, o simple caligrafía de la intimidad, no hay quizás mejores sustantivos para describir lo que Payne dispone en imágenes y movimientos.

La época del relato se introduce lentamente. El mobiliario, la música diegética, la indumentaria y los peinados reconstruyen un tiempo; cada objeto filmado con conciencia anuncia una fecha del calendario; la historia lanza así sus primeros signos, que de inmediato refieren a un tiempo de transición en la cultura estadounidense, el período en el cual el pop y sus costumbres definieron una forma de vida. Con poco se dice todo: el siglo XX de ese país se articula en tres acontecimientos decisivos: las dos primeras guerras mundiales y la derrota de Vietnam. Tres episodios en que se apilaron cadáveres. Las tumbas de la universidad así lo confirman. En el cementerio, bajo la promesa incomprobable del presunto descanso eterno, los exalumnos caídos en batallas tienen su sepulcro. La mayoría dejó de existir antes de 1918 o 1945. El único muerto con fecha de 1970 se llama Curtis Lamb. Es negro, es el hijo de Mary, la mujer que cocina para los 300 estudiantes acomodados, todos blancos, de Barton. No es un mero dato estadístico que denota una verdad sociológica sobre el origen de los soldados rasos que murieron en Saigón o en Huế.

No muy lejos de Boston, se sitúa el campus de Barton. Los planos abiertos del inicio indica una estación reconocible: el invierno. La nieve se impone en el espacio, el blanco predomina sobre cualquier otro color. La Navidad está por llegar y por distintas razones algunos estudiantes en vez de visitar a sus familias permanecerán en el establecimiento educativo. Esta es la razón principal por la cual el profesor de Historia que interpreta Paul Giamatti deja de ser solamente el docente antipático de Angus, el estudiante que interpreta Dominic Sessa. El primero es un solitario, un hombre de libros, quien profesa por los griegos y los romanos de la Antigüedad una admiración absoluta. A quienes quiere les regala siempre los mismo: las Meditaciones de Marco Aurelio. El profesor es un estoico. Angus, en cambio, todavía no sabe qué quiere, pero entiende muy bien que ni su padre, ni su madre ni su padrastro millonario lo quieren bien. No es menos solitario que su profesor.

La relación entre el profesor y el alumno se modifica con la velocidad con que las nubes cambian imperceptiblemente en el devenir incesante. El crecimiento de la relación sucede en cámara y presupone hábilmente lo que se disipa en las elipsis. Hay una escena clave en el desenlace en la que una situación límite lleva a Giamatti a elegir un camino de altísimo riesgo. Lo extraordinario de esa escena y otra posterior directamente relacionada es que todo lo que hay que decir no se enuncia pero sí está contenido en la razón de la acción elegida. Dicho de otro modo: las premisas de un acto que responden a una decisión solo se esbozan en las distintas escenas previas en las que se labra un vínculo.

Todo está bien en Los que se quedan. Payne ostenta una sensibilidad polifacética. Percibe la importancia de la pertenencia etaria y de clase, reconoce la implicancia de la Historia en el presente de las vidas comunes y advierte que todo destino personal tiene un déficit esculpido por infortunios. Nadie está a salvo de verse quebrantado, pero nadie está impedido del todo de resarcirse en el camino y experimentar momentos discretos de felicidad. El modo en el que filma la llegada del primero de enero de 1971 es uno de los obsequios que dispensa la película a sus fieles observadores. La televisión anuncia el comienzo del año, Paul, Angus, la cocinera Mary y el ordenanza Danny festejan el advenimiento de otros 365 días. Las diferencias se disipan, el afecto es ubicuo. Al prender la bengala navideña, un travelling hacia atrás aprovecha la ventana de la cocina para reencuadrar a cierta distancia la celebración. Es una felicidad compartida, un instante que les pertenece a los personajes y que por respeto es conveniente acompañar por unos pocos minutos sin interrumpirlos. La gramática adoptada es la que necesita ese pasaje de comunión. El refinamiento estético mayor es aquel que se disimula.

Hay tantas citas de Marco Aurelio que suelen pronunciarse por motivos diversos, acaso porque se trata de una filosofía misionera o popular, como dijo alguna vez el especialista en filosofía antigua Pierre Hadot. En sus Meditaciones (o Pensamientos, según las traducciones), dijo: “No vagabundees más. No estás ya destinado a releer tus notas, ni las historias antiguas de los romanos y de los griegos, ni los extractos que reservabas para tu vejez. Apresúrate pues hacia la meta; di adiós a las vanas esperanzas, acude en tu ayuda si te acuerdas de ti mismo, mientras todavía es posible”. Esto último lo aprenden los tres personajes centrales, cada uno a su manera. Es otra forma de decir la necesidad para vivir mejor de conjurar eso que Larkin llama “ciegas marcas”, huellas no identificadas que en muchas ocasiones asfixian la voluntad de seguir en pie.

Los que se quedan / The Holdovers, Estados Unidos, 2023

Dirigida por Alexander Payne.

Escrita por David Hemingson.

*Publicada en Revista Ñ en el mes de febrero 2024.

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