OSCAR FUCK YOURSELF: UNA ESTATUILLA PARA LOS PATRIOTAS

OSCAR FUCK YOURSELF: UNA ESTATUILLA PARA LOS PATRIOTAS

por - Críticas, Varios
15 Feb, 2013 12:04 | comentarios
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Argo

Por Roger Koza

Tras el Premio Nobel de la Paz 2009 a Barak Obama, gran intérprete de una fantasía liberal propia de un guionista de California, varias películas de las nominadas al Oscar 2013, los títulos con más chances, sintetizan oblicuamente un clima ya pretérito de campaña. En Lincoln, de Steven Spielberg, parte de la discusión pasa por el alcance de la abolición de la esclavitud (entre otros dilemas: si los negros pueden votar hoy, tarde o temprano podrán votar por un presidente negro); en Django sin cadenas, de Quentin Tarantino, las alusiones al clima de época son menos directas, aunque no es difícil imaginar a quién votaría el esclavo interpretado por Jamie Foxx; en La noche más oscura, de Kathryn Bigelow, un funcionario de alto rango, antes de tomar una decisión capital (una misión para asesinar a Bin Laden), caracteriza al Premio Nobel: “El presidente es un tipo pensativo y muy analítico. Necesita pruebas”. Hollywood siempre ha sido una práctica política por otros medios y el entretenimiento nunca ha estado deslindado de lo político. ¿Acaso Argo, de Ben Affleck, la gran candidata de esta edición, no es la quintaesencia del espectáculo como política y la política como espectáculo?

La novedad de este año reside en que una agencia de gobierno controversial como la CIA es, indirectamente, la estrella secreta de la noche. Un breve ejercicio imaginario: pensemos dos filmes argentinos, amados por el público y legitimados por los especialistas, en los que se celebrara a la SIDE como una institución heroica. ¿Resulta inquietante e incómodo? Tal vez si estuviera Darín funcionaría, o Natalia Oreiro, no menos hermosa que Jessica Chastain, que en el filme de Bigelow encarna a Maya, la dulce y fálica investigadora (un poco el alter ego de la propia directora), capaz de descubrir el escondite del hombre más temido y más odiado por el pueblo estadounidense.

Tanto en Argo como en La noche más oscura la CIA es una institución piramidal y pragmática cuya racionalidad es enteramente política, pero que deja intersticios para la creatividad de sus agentes. El gran mito americano del individuo triunfa en un espacio simbólico disociado del genio y de la desobediencia. El descabellado plan de Tony Mendez para rescatar a los seis diplomáticos refugiados en la embajada de Canadá, tras la toma de la embajada estadounidense en Teherán, el 4 de noviembre de 1979, parece una invención inverosímil de un guionista que privilegia descaradamente la fantasía. ¿A quién se le podría ocurrir hacer pasar a los diplomáticos como miembros de un rodaje de un filme clase B que visitan Irán para buscar locaciones? Se dirá que la realidad supera a la ficción, pero lo cierto es que existe una circularidad naturalizada entre ficción y realidad, y en Argo, en tono humorístico y lúdico, se lo puede verificar. Por otra parte, ¿no fue primero en el cine (King Kong y Duro de matar 3) donde se visualizó la demolición de las Torres Gemelas, esa doble erección simbólica de un sistema económico todopoderoso?

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La noche más oscura

En La noche más oscura, después de un aviso casi innecesario sobre el origen del relato, el sonido se impone a la imagen. En una total oscuridad se escuchan distintas grabaciones de aquel fatal 11 de septiembre de 2001. Es un comienzo clave porque desde ese momento las reglas de juego serán otras: la tortura ya no será una interdicción (política), los operativos militares no necesitarán un fundamento preciso (Bigelow y su guionista Mark Boal citan sarcásticamente a Donald Rumsfeld: “No sabemos lo que no sabemos”, un silogismo incompleto precioso cuando él y sus socios especulaban sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein) y se considerará inevitable que en toda misión castrense haya efectos colaterales. El punto de vista de Bigelow, ligeramente ambiguo, es más bien culposo: sí, al terrorista se lo tortura hasta que confiesa, y es un acto moralmente vergonzoso pero políticamente necesario; sí, para matar a Bin Laden se mató a un par de niños de su entorno, pero el fin justifica los medios (y las muertes). La otra ambigüedad del filme pasa por el móvil consciente e inconsciente de Maya: la justicia es equivalente a la venganza, aunque una vez cumplida el sabor de la revancha será amargo e incómodo.

Los patriotas copan todas las expectativas del 24 de febrero, y la CIA será uno de los protagonistas de la noche. Dos películas muy diferentes entre sí le rinden discretamente pleitesía. ¿A quién le dedicará Bigelow el premio si gana por segunda vez? ¿A Michael J. Morell? Si bien la oscuridad de La noche más oscura es ostensible, no será por su tibia ambigüedad que la famosa academia prefiera el filme del simpático carilindo. Más luminosa y divertida, Argo es al cine político lo que fue El artista al cine mudo en la edición anterior: un fabuloso ejercicio de mistificación, una buena política para los plutócratas de Hollywood.

Este texto fue publicado por el diario La voz del interior durante el mes de febrero 2013

Roger Koza / Copyleft 2013