LA TERMINAL

LA TERMINAL

por - Críticas
13 Abr, 2024 11:09 | Sin comentarios
Como en todas sus películas, la percepción es un indiscutible foco de su obra. Junto con La casa y La orilla que se abisma, Gustavo Fontán vuelve a reunir la sensibilidad poética con la física del cine.

MICROCOSMOS

Podría haber sido la de La Cumbre, la de Carlos Paz o la de Villa Giardino, pero Gustavo Fontán eligió quizás la menos agraciada de las terminales de ómnibus del Valle de Punilla, la de La Falda. Nada la distingue. Su arquitectura remite a diseños pretéritos de funcionalidad, la sala de espera es como cualquier otra, excepto por la disposición de los bancos, que miran hacia una sola dirección. Las ventanillas para comprar los pasajes son similares a las que se pueden observar en tales sitios. La ubicación tampoco reviste sorpresa alguna: linda con un supermercado y una estación de servicio que permanecen en fuera de campo, igual que el hotel típico de las colonias de vacaciones de sindicatos. No hay contracampo en La terminal, solamente se pueden ver el interior, los transeúntes, los colectivos. Cuando la cámara podría registrar el afuera, se privilegia un encuadre y un foco en que el exterior es un horizonte difuso. ¿Por qué entonces filmar una terminal?

Quien haya visto La deuda del propio Fontán recordará los últimos minutos de aquella película en que la protagonista viaja en tren y al llegar a la estación se diseminaba como una figura más entre los tantos anónimos que llegaban ahí. Esos últimos minutos se enrarecían, la experiencia estética se imponía ante la voluntad narrativa: la luz, los sonidos, los cuerpos de los pasajeros, los movimientos del tren se substraían de su dimensión ordinaria a través de una operación formal que desligaba el todo de una visión y escucha mecánica. La terminal comienza en donde culminaba La deuda. Aquel prodigioso percepto en el epílogo se convierte acá en el concepto general de registro de la película. De lo que se trata es de desnaturalizar la imagen del mundo justificado en lo productivo por un mundo que se presenta como tal, un poco antes de ser definido por su utilidad. ¿No ese instante previo a lo dado y nombrado, el territorio de la poesía, esa posibilidad de la lengua por la que el mundo puede describirse permaneciendo en lo indeterminado y revelando otros semblantes de lo que existe? 

Si un poeta quisiera dedicarle unos versos a una terminal como la de La Falda, y en vez de una lapicera o una computadora tuviera una cámara, entonces haría una película como la de Fontán. Acá no se trata de narrar, sino de observar y escuchar un mundo conocido que visto y escuchado como la puesta de escena lo propone es un mundo desconocido. Eso no significa solamente una gimnasia inesperada para quien mira y escucha, en tanto que las imágenes y los sonidos no participan de un régimen audiovisual donde cada imagen existe para dejar de existir y ser reemplazada por otra. La imagen de Fontán es un plano cinematográfico, esto es: un plano que ha extraído del mundo un momento de este que será resguardado y recuperado en cada proyección. 

Fontán es una cineasta de fuste. No filma porque sí. Estudia el espacio elegido, dedica tiempo a reconocer el comportamiento de la luz, los desplazamientos de los pasajeros y de todos aquellos que pasan por ese espacio de tránsito, agudiza sus tímpanos para retener el sonido íntegro del escenario por filmar. Cuando empieza el rodaje, la luz de sol, los actos y acciones regulares de la terminal y el azar que impone la entrada y salida de pasajeros ya son conocidos por el cineasta y su equipo de colaboradores. De ahí en más, con paciencia, hay que esperar por las apariciones. ¿Qué es una aparición? El reverso de lo obvio que habita en muchas de las acciones mecánicas de la conducta y la circulación estipulada en un espacio como el elegido. Cuando la cámara-ojo se desentiende de los rituales y los hábitos perceptivos, el mundo deviene otra cosa. Una mancha de aceite en el asfalto adquiere por el paso de la luz una expresión abstracta que reviste una hermosura hasta ese momento inadvertida.

Quién está detrás de cámara es el extraordinario fotógrafo Ezequiel Salinas. Fontán da la orden: la cámara nunca deja de moverse, como si el movimiento del lente simulara la atención de una entidad inteligente y curiosa que debe detectar todo aquello que existe y luce como una existencia resplandeciente. Puede ser un hombre tocando la guitarra, o la mano de un vendedor de flores y plantas que recibe dinero de un comprador y al finalizar la transacción permanece sorprendido de que una flor pueda tener valor de cambio. La terminalacopia actos fragmentarios diversos en los que se llega a divisar algo extraordinario en lo ordinario. Por ejemplo, el paso de un escobillón tiene otra valencia y otro aspecto. A esta conducta de registro, Fontán la llama hoy “merodeo”. Hay que aventurarse a las inmediaciones de lo que existe, al contorno de la figura, al asombro en la repetición, al lado B de la vida oficial.

A lo largo del viaje perceptivo que es La terminal, en fuera de campo, se escuchan periódicamente comentarios breves sobre historias de amor. Hablan los pasajeros, esos que llegan a la terminal para ir a otra ciudad a trabajar y estudiar y muy pocas veces para ir a conocer un lugar desconocido en una experiencia de ocio. Esos hombres y mujeres quizás tienen como interrupción de una vida amarrada a la costumbre y la necesidad solamente el amor como evento que desvía su existencia de la obligación y la subsistencia. Dicen poco y nada, y el tono de la voz, en todo caso, connota algo más determinante entre las palabras. Esas historias entrecortadas no son enteramente felices, pero sí esenciales en la biografía de los que han querido confiarlas. Es un murmullo en un sonido envolvente en el que la entera terminal suena como un todo, un sonido indefinido con timbres que se reconocen cada tanto sin acceder a un protagonismo sonoro.

La terminal es una película que no se parece a ninguna otra. 24 años atrás, Serguéi Loznitsa había ensayado algo parecido en una película titulada Polustanok. El concepto era similar, aunque los pasajeros que descansaban y esperaban en la noche parecían haber perdido por completo la energía vital, como si fueran víctimas de un síndrome asténico, sobrevivientes, apenas, de un experimento psicosocial minuciosamente penoso, cuando no mortífero. Quizás era una gran alegoría sobre el fin de una era política y el inicio de otra, incierta, para los europeos del Este. No es el caso de Fontán. La terminal no es ninguna alegoría, es una expresión poética arraigada en una convicción materialista sobre lo existente, expresión que descubre el mundo como un acto gratuito de hermosura y gracias a la cual la vida humana recobra su dignidad a secas. El amor que la cámara les dispensa a cada hombre y mujer vistos a la distancia es poco frecuente en el cine de hoy. Poesía y justicia: no parece exagerado decir que cada hermoso plano de Fontán es también y ante todo un homenaje.

La terminal, Argentina, 2023.

Escrita y dirigida por Gustavo Fontán.

*Publicado en Revista Ñ en el mes de abril.

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