
EN MOVIMIENTO (01): LUCAS, CAMERON Y LOS PADRES DE YẾN
Ya empezó la cuenta regresiva: en ocho días me despido de Hanói. Me voy con la frente en alto: jamás interpreté el papel de turista. Ningún tour, ningún paseo de compras. El senderismo y las playas les pertenecen a los blancos de bermudas que hablan a los gritos y en la tarde toman una cerveza tras otra mientras esperan el turno en el spa. Hanói debe ser la ciudad por metro cuadrado con más cafés y spas por de todo el planeta. Extraña constatación: nunca se parecen entre sí, sobre todo los cafés: la personalidad de cada local es indisputable.
Fueron días minimalistas: lectura, estudio, escritura, caminata, asanas y agujas. Una comida al día, tres jugos, un café, dos tés de jengibre. Debo haber alcanzado un récord: desde el 3 de diciembre ceno tofu; a veces con arroz, otras con pescado. Nunca falta en la mesa. Mismos lugares, horarios similares. Tres turnos de trabajo. Ahora suena Electric Counterpoint de Steve Reich interpretado por Pat Metheny mientras redacto la primera entrega de un diario que pienso escribir hasta el día en que deje de viajar.
He tenido mucha suerte en los últimos años. Sin ser adinerado, teniendo con esfuerzo lo que necesito para vivir, mi trabajo me deja poco pero me lleva a todos lados. Es mi discreto orgullo profesional, una plusvalía a favor. Es también una minúscula batalla ganada contra mi padre. Hoy podría decirle que sigo siendo el mismo que fui a los 15. Nunca me traicioné; hice lo que creí y mi mayor recompensa fue conocer el mundo. Carlos decía que con el tiempo iba a cambiar. No. Él sí, con seguridad. Le hubiera gustado viajar y hacer algo parecido, pero eligió la seguridad económica y una profesión para garantizársela. ¿Qué diría hoy el odontólogo? Lleva casi treinta años muerto, apenas lo recuerdo. Tengo un puñado de fotos de él (no sé muy bien en dónde están), y el registro de su voz se me ha olvidado por completo. El único sonido que retengo de él es aquel que reconozco en mí cuando se suscita un entretejido orgánico molesto entre la falta de aire, la congestión y la garganta que necesitar carraspear para aliviarse. Esa consuetudinaria música de asmático tiene una melodía que escuché primero viniendo de mi padre. Es una mímesis microscópicamente siniestra. El muerto alojado en mi garganta.
Yến tiene 57 años y es la mujer que llama a los transeúntes para que conozcan el spa y sus servicios. Trabaja ahí desde hace más de veinte años. Debe decir en inglés “A massage” unas mil veces al día. El turno es de 12 a 11. De vez en cuando, da algún masaje, de lo contrario, el plantel consta de chicas jóvenes. Como resido en el mismo edificio del spa, la veo todos los días. Hablamos como podemos, pero con los traductores automáticos de hoy se puede mantener una conversación aceptable.
La habitación está en el segundo piso; es modesta pero muy cómoda y agradable; tengo una mesa de madera para apoyar libros o la computadora, y la luz es buena. Mi (sentido de) hogar se ciñe a la combinación, en este caso, de la madera de un mueble, el recorrido de la luz del sol en el interior y la cálida iluminación nocturna. Eso basta. Por otro lado, los vietnamitas tienen buen gusto para todo. Con poco y nada, inventan un espacio. Hay cafés que existen en pasillos impensados. Siempre visten bien, decoran con gracia, establecen relaciones inesperadas con los colores, pero no parecen guiarse por reglas generales de estética.
Los padres de Yến fueron policías, antes lucharon en la guerra. Lo poco que recuerda de su infancia es un escondite al que la llevaba su abuelo durante los bombardeos. En ese entonces, vivía en otra provincia, en Nghệ An, “donde nació Bác Hồ”. Nosotros lo conocemos como Ho Chi Minh, ellos también, pero ese es un modo amoroso de referirse al padre de la liberación vietnamita. Unos minutos más tarde, agrega que solamente guarda en su memoria un estado de ánimo signado por el pánico. Le pregunto en la misma conversación qué siente cuando tiene que atender a estadounidenses. Hace silencio, primero, piensa un poco: “No les guarda rencor”. Por WhatsApp, le pido a Yến que me envíe fotos de sus padres. Al instante recibo una foto de la tumba. Están juntos. Yến me dice que la dos únicas fotos que tiene son las que están enmarcadas en la lápida. Con mis dedos amplío la fotografía y llego a reconocerlos. Los rasgos de la hija son más parecidos a los de la madre. Dice cosas preciosas de su madre; a su padre lo conoció muy poco. Yến tiene dos hijos de dos padres distintos. Ya son grandes. Me manda la foto del que todavía vive con ella. Diez minutos más tarde, otra del mayor. Los dos son muy pintones.
Un día después de la conversación con Yến, un querido amigo cineasta y escritor discute conmigo por WhatsApp sobre un cineasta estadounidense. Me pregunta si he visto un diálogo reciente entre James Cameron y George Lucas, en el que este último se refiere a los combatientes de Star Wars en relación con el Việt Cộng. La asociación me parece descabellada, pero pensándolo un poco resulta comprensible. Cameron añade que hoy a ese grupo de resistencia se lo caracterizaría de terrorista. El diálogo debe tener algunos años, todavía no se había iniciado este período histórico vergonzoso. Los videos que circulan diariamente sobre la acción de ICE, un grupo de tareas sin más, son escalofriantes. Parecen escenas de películas distópicas, pero son tomas de teléfonos. El ICE debe ser el sueño húmedo de la ahora senadora Patricia Bullrich, cuya verborragia incontinente la llevó a lanzar otro enunciado indecente de los tantos que salen de su boca. Adjudica al terrorismo la carbonización de la Patagonia. ¿Habrá visto Yến en su niñez la de Lucas? ¿Su mamá habría reconocido en Carrie Fisher a una camarada?
En Hanói fui solamente una vez al cine. La película fue Avatar: fuego y cenizas. ¿Qué decir de este tercer intento (y habrá más) de forjar una cosmología posapocalíptica? Llegan las cifras desde Argentina: un millón de personas pagaron su entrada para conocer el universo de Cameron. Guillermo Francella, sin ser un na’vi, por ahora sumó más entradas. Por ahora, la antropología reaccionaria doblega a la metafísica no menos reaccionaria de Cameron. Por acá, todo es distinto: a los vietnamitas no les interesó la de Cameron, al menos en el día del estreno: éramos cinco espectadores en la sala.
Las de Avatar no tienen mucho que ver con la guerra de Vietnam, excepto por la obscenidad militar que se despliega y que en el film se pretende señalar como depredadora. Debe ser difícil para los habitantes de Hanói y otras ciudades reconocer las huellas del Việt Cộng en la defensa a la que se ve obligada la comunidad na’vi cuando es atacada por nuestra especie y otras. El militarismo retrógrado es lo único que puede reenviar un signo de Avatar al pasado. Tampoco las entidades azules de rabos extendidos pueden invocar en su modo de vida a los comuneros de 1871, aunque es probable que algún miembro de la comunidad de Findhorn pueda reconocer la espiritualidad que se representa infantilmente en las escenas donde Kiri conecta con Eywa y recurre a su poder para detener la destrucción de la guerra. Como suele suceder con la iconografía New Age, el exceso es inevitable, la simbolización es constante y el kitsch se impone. El azul y el celeste son colores hermosos, pero Cameron les ha quitado su encanto. El hiperrealismo de esa estética, la nitidez elegida como vehículo de una experiencia directa es el mismísimo espanto. ¿Qué más se puede decir?
Quaritch, el malvado de Avatar, es más humano que el presidente Donald Trump; al menos hay una escena clave en el relato donde este antihéroe toma una decisión noble que resulta inimaginable en el hombre que preside el país que retoma el énfasis de su destino imperialista. Al presidente estadounidense ni siquiera tres tiros directos al cuerpo y al rostro de una mujer de 35 años al volante lo conmueven. Dice algo sobre el caso y sigue hablando de otra cosa, en ese ejercicio verbal que desconoce cualquier barrera moral, porque él es la medida de todas las cosas. Cuando brindó su primera conferencia de prensa después de la operación reciente en Caracas, como es sabido repitió la palabra “petróleo” en dieciocho ocasiones y jamás usó la palabra “democracia”. Trump dice la verdad. Lo curioso es que es difícil creerle. En Sartre Against Stanilism, de Ian Birchill, se puede leer una cita del filósofo francés que dice así: “Cuando las autoridades se dan cuenta de que es útil decir la verdad, es porque no pueden hallar ninguna mentira mejor. De inmediato, la verdad, en boca de las autoridades, se vuelve una mentira que se corrobora por los hechos”.
Roger Koza / Copyleft 2026
*Fragmentos de un diario de un libro futuro



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