EL DESPECHO Y LOS AFECTOS FEROCES

EL DESPECHO Y LOS AFECTOS FEROCES

por - Libros
09 Mar, 2026 10:47 | Sin comentarios
Cada año se publican tantos libros sobre cine que varios quedan fuera del radar de los lectores. Este es uno que merece atención y lectura.

SALIRSE DEL CAUCE

“El individuo humano no tiene que estar anclado a nada, ni a nadie”, dice Chavela Vargas. Y se explaya: “Soy libre. Tengo alas maravillosas. Yo nací con esa sed de luna, sed de noche, sed de sueños”.

Todos sabemos que Chavela Vargas fue −o mejor dicho: que Chavela Vargas es− una diosa, pero una diosa marginal, que se aventó al mundo con un pantalón de indio. Su canto encarna pasiones insaciables. Un apetito y una avidez ardientes que nunca se colman ni tampoco se calman. Lo que probablemente no sabíamos antes de leer a Camila Arbuet Osuna es hasta qué punto la pasión despechada −que Chavela grita al filo del llanto− pone en crisis los órdenes familiares y burgueses. 

En este sentido, Camila Arbuet Osuna vislumbra que “el despecho también supone el reconocimiento feroz de nuestro deseo mediante esas escenas que inventamos en nuestra mente como escenarios de fuga, como fantasías que descalibran los discursos sobre lo posible y destruyen el principio de realidad, como un llamado desviado al puro presente, una osadía que la melancolía de izquierda aún no encuentra”. Y no sólo la izquierda: ante una corriente del feminismo que se desvive en multiplicar imperativos: un amor sin riesgo, una vida sin dolor, un manual para acabar con relaciones tóxicas, este libro desconcierta los preceptos morales y las etiquetas que prescriben normas de comportamiento. Porque el individualismo y el productivismo obligan al cuerpo a silenciarse. En cambio, el cine de Pedro Almodóvar, las rancheras de Chavela Vargas, la literatura de Camila Sosa Villada −que aquí se desandan con total admiración− contravienen las zonas de confort. 

Y en una puesta en abismo, todo el libro se puede leer como un volcán que violenta los rutinarios y previsibles protocolos académicos que determinan qué y cómo investigar. Frente a tanto esfuerzo por pretender a toda costa figurar, es aventurado concentrarse en lo que no se ve. En efecto, una de mis hipótesis o claves de lectura de El despecho y los afectos feroces es que se inclina hacia lo que no se percibe con claridad. Ante la mirada −ese sentido tramposo que estructura mundos ilusorios donde se naturalizan jerarquías burguesas al servicio de fantasías masculinas−, Pedro Almodóvar, Chavela Vargas y Camila Sosa Villada tuercen la estética realista y disputan otros modos de ver.

En un pasaje que en una resuelta primera persona se titula: “Ya no soy una romántica”, Camila Arbuet Osuna vuelve sobre el monólogo de Jean Cocteau, La voz humana, llevando su atención a las viejas despechadas, que después de perder a su último y gran amor se quedan solas. Viejas y, para colmo, solas. 

Transcribo uno de los tantos párrafos arrebatados del libro, que contiene y despliega una avalancha de ideas para encender la discusión; pero en presencia de la autora me parece mucho mejor que no nos perdamos la oportunidad de escuchar su propia voz:

“La problematización de la edad fue desde el inicio mismo de la obra de Cocteau un tema. La pieza fue escrita tres años antes de su estreno para una Édith Piaf adolescente que se rehusó a interpretarla por temor a no poder sostener la tensión dramática del monólogo; desde ese momento el desafío que plantea el texto quedó vinculado a la experiencia de los años. Siguiendo la larga tradición melodramática –inmortalizada en la letra del tango de los hermanos Expósito “primero hay que saber sufrir, después amar, después partir”–, la escena de despecho presupone entonces la madurez en la experiencia de varios desamores, una experiencia que conforme pasa el tiempo también va desplazando sus bordes. Así, cuando Rossellini rodó su versión de la obra de Cocteau, Magnani tenía cuarenta años, en la película de Kotcheff Bergman tenía cincuenta años, cuando Almodóvar hizo la propia Swinton tenía sesenta y cuando Ponti filmó la suya, su madre, Sophia Loren, tenía ochenta. La importancia de la edad va acentuándose a través del tiempo en el propio diálogo y el corrimiento de la edad de las actrices hace que la ilusión que une madurez y despecho en la industria del cine exija adaptarse al desplazamiento de la esperanza de vida, así como a las esquivas representaciones de una vejez erotizada. En sociedades capitalistas y patriarcales que promueven la ficción de que una puede ser joven hasta el minuto antes de morir y que la vulnerabilidad de la vejez hiere la sensualidad, que el despecho necesite madurez y erotismo a la vez es un problema, uno que reiteradas veces se resuelve trágica y pedagógicamente con el triunfo de la juventud y la muerte de la molesta ridiculez.” (2025: 78-79)

Este es un libro que en cada relectura entrega nuevas capas de sentido. Medio siglo después de los movimientos de liberación sexual, nuevos tabúes y pudores hacen de la vejez un estado corporal vergonzoso. Especialmente para los cuerpos feminizados, los años conllevan un menoscabo de la belleza y de la sensualidad. Sobran los ejemplos para constatar la estruendosa vigencia de una moral publicitaria que hace de la vejez un derecho negado, sobre todo para las mujeres; incluso, para las que se creen las más feministas de todas. 

El fragmento antes citado me recuerda dos apariciones de Simone de Beauvoir en la prensa internacional. Por un lado, en el centenario de su nacimiento, la tapa de la revista Le Nouvel Observateur publicó una fotografía suya desnuda, de espaldas, peinándose frente al espejo del baño. Cuando le sacaron esa foto, sin su consentimiento, tenía poco más de cuarenta años. Pero el revuelo que causó esa tapa de 2008 no tenía que ver con nada de eso, sino con el hecho de que el cuerpo de Simone de Beauvoir había sido retocado digitalmente para borrar “imperfecciones” (léase: celulitis, estrías, arañitas, flaccidez). Lo intolerable ya no era la desnudez sino la exposición de un cuerpo cuyas líneas se apartaban de la senda lisa y recta de la juventud.

Por otro lado, en 1960, a la salida de una conferencia en la Facultad Nacional de Filosofía de Río de Janeiro, la cineasta brasileña Helena Solberg, que tenía diecinueve años y trabajaba en un suplemento de noticias del diario estudiantil O Metropolitano, se tomó un café con Simone de Beauvoir. Ella había viajado junto a Jean-Paul Sartre, por invitación de Jorge Amado, en un momento agitado para los sueños que guardaban los comunistas: guerra de independencia de Argelia, guerra de Vietnam, Revolución Cubana. En una crónica de 2014, Helena Solberg recuerda que Simone de Beauvoir tenía una apariencia inquietantemente conservadora: “Llevaba el pelo recogido en un rodete severo. Tenía la piel muy pálida y un rostro lavado, estilo bretón” (Solberg, 2014: s/n). Por cierto, ese aire mesurado y discreto había decepcionado al auditorio de jóvenes cariocas que no esperaban tanta sobriedad, a lo mejor acostumbrados a la sensualidad de Juliette Gréco, “la musa del existencialismo”. 

Traigo estas dos escenas, que no forman parte del libro, porque una vez atravesada su lectura hay una pregunta que me asalta con recurrencia. ¿Qué pensaría Camila Arbuet Osuna? ¿Qué diría de esa tendencia que tienen algunas a despotricar contra los ideales de belleza al tiempo que se empeñan en neutralizar el paso de los años con ropas por demás aburridas que las tapan todo lo posible? ¿Esconden sus pieles del régimen visual del espectáculo o sucumben al miedo a la vejez? ¿El monopolio de la visibilidad total se puede acaso desarticular con una política del vestuario? ¿Qué objetaría la autora a los retoques digitales de la cola de Simone De Beauvoir, qué opinaría acerca de su estilo tan sobrio y sus críticas lapidarias a la coquetería? 

Las cosas, naturalmente, nunca son tan evidentes. El primero de enero de 1960 la autora de El segundo sexo había publicado en una editorial británica un ensayo hasta hoy prácticamente secreto, que tituló Brigitte Bardot and the Lolita syndrome (poco tiempo después, una perdida editorial de Buenos Aires lo tradujo como Brigitte Bardot y el personaje de Lolita). Si bien reconoce que la mujer de formas opulentas, como Marilyn Monroe, apreciada por “sus rotundos atractivos físicos”, sigue teniendo poder sobre los hombres, Bardot inventa una figura nueva, una especie de ninfa ambigua, una Eva que conjuga “la fruta verde” y “la mujer fatal”: “la niña-mujer” que, por la diferencia de edad, instala una distancia que aviva el deseo. Destaco esta descripción de los rasgos infundidos por la actriz a los personajes que le ha tocado interpretar porque, aun cuando pareciera basarse en el lugar común que considera a Brigitte Bardot una creación de Roger Vadim, como si ella fuera apenas una corriente transmisora de las fantasías masculinas, Simone De Beauvoir se detiene (felizmente) en la potencia del cuerpo ante la cámara. 

Como sea: Camila Arbuet Osuna desarma las verdades que se empeñan por delimitar la senda del bien y por evitar lo que estaría mal, según los dictados vociferantes de una moral utilitaria y omnipresente que pretende cancelar incertidumbres y acallar lo que no consigue asimilar. Al fin y al cabo, se trata de imágenes e imaginaciones, figuras inestables, deseos y ficciones. Así como el despecho no se puede separar de su puesta en escena, este libro despampanante pone a rodar la filosofía política, la historia social, las artes del espectáculo, los estudios visuales, el análisis cultural y la crítica feminista con una destreza admirable. Los cuatro capítulos −“El despecho, un afecto melodramático”, “La voz humana”, “Obstinación y buen sufrir” y “Furias indómitas”− recorren frenesíes amorosos, pasiones políticas y furores sexodisidentes que se oponen a los patrones de dominación que rigen el reparto desigual de bienes y poderes materiales, simbólicos y eróticos.

Exuberancia, pose, estridencia, performance, gesto, actuación: el despecho moviliza afectos vehementes que erupcionan el orden disciplinado y consentido. Y este impulso me trae también el recuerdo de los finales explosivos de dos piezas maestras de Chantal Akerman: el corto Saute ma ville (1968) y el (vaya si) largo Jeanne Dielman, 23 quai du Commerce, 1080 Bruxelles, que en 2025 cumplió su glorioso primer medio siglo. En consecuencia, el despecho desencadena una imaginación trágica o melodramática. La genealogía feminista, que Camila Arbuet Osuna traza con erudición y lucidez, revela que el despecho, además de improductivo, es interminable. Y qué mejor para el arte, el cine y la literatura que aquello que se escurre de la producción y de la reproducción de la vida. La posibilidad de imaginar, de proyectar, de fantasear otras insurrecciones, es decir: de crear nuevas ficciones. Una forma errante y escurridiza del deseo (de sexo, de amor, de venganza, de escritura) permite enfocar esos márgenes habitados por cuerpos densos, opacos, travestidos, pesados, menstruantes, hiperglamorosos.

Cuando fueron a escucharla al mítico Teatro Olympia de París, donde Édith Piaf entonó por primera vez: “Non, je ne regrette rien” (“No me arrepiento de nada”: de nada en absoluto), Jeanne Moreau le dijo a Pedro Almodóvar que no hacía falta que él le tradujera a Chavela Vargas, porque la entendía perfectamente. Hay una comprensión inmediada de esas palabras desbocadas. Sucede que la música configura una memoria afectiva. Chavela pone a funcionar un archivo sonoro atravesado por marcas de género. Un archivo que, por su naturaleza musical, pivotea entre la potencia de decir y la imposibilidad de mostrar, amplificando lo que no encuentra suficientes palabras para ser contado, lo que no tiene ningún registro visual, pero deja huellas en los cuerpos y en los vínculos. 

Siempre hay algo elusivo que escapa a ser capturado por el afán de visualidad, así como la palabra, cuando es poesía, no quiere otra cosa que ser música. Si la convergencia del feminismo liberal con las narrativas terapéuticas insta a las mujeres a poner en claro los propios valores y creencias, procurando que los fines de las relaciones coincidan con valores preestablecidos en vistas de afirmar un yo autónomo y seguro de sí, lejos de transformar las emociones en unos objetos mensurables y calculables, Camila Arbuet Osuna niega la pretensión de nombrar, de explicar y de fijar la naturaleza de la vida pasional y apasionada. Al escuchar las desviaciones minúsculas, pero abundantes, que resisten a la implacable tendencia a comunicarlo todo verbal y visualmente, no clausura las emociones en un discurso emocional.

Es que siempre se quiere más. Aunque no es precisamente el hambre lo que alimentaba el desenfreno de Chavela Vargas. Son las ganas y la necesidad de beber: “esa sed de luna, sed de noche, sed de sueños”.

Camila Arbuet Osuna. El despecho y los afectos feroces. Políticas feministas del desborde. Villa María, EDUVIM, 2025. 393p.

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