
BLUE MOON
HAWKE CONTRA LAS MATEMÁTICAS
Por más de treinta años, Richard Linklater ha estado obnubilado por el peso y por el paso del tiempo. Ha dedicado películas enteras al registro de la intimidad (ese espacio etéreo e imperceptible que une a las personas, como una fuerza sobrenatural que sólo pueden ver los locos y los gatos). Ha recorrido una y otra vez la circunferencia diminuta de la mundanidad, pero de una mundanidad muy específica, que en cierto punto se resiste a considerar de forma literal su pequeñez: siempre parece aferrarse a la esperanza de que allí hay algo más, un secreto escondido que quizás sea la llave para abrir un compartimento del Universo. Por eso, ninguno de sus personajes (ni los enamorados regulares, Jesse y Céline, ni los jóvenes vagos y despeinados que deambulan por Texas, ni los soñadores soñados con rotoscopia) están abatidos por la rutina que obliga siempre a ver el mundo igual. Muy por el contrario, el cosmos de Linklater está poblado por criaturas que triunfan ante la fatiga del día a día. Pueden estar tristes, incluso averiados, pero tienen el poder de usar la palabra para reencantar la realidad.
En Blue Moon, su película más reciente, Linklater continúa aquel proyecto. Se trata de una biopic de Lorenz Hart, uno de los letristas que dejó su marca en el cancionero de Broadway, pero es un biopic que no está construida a la medida de las normas del género, sino a la medida de Linklater. Transcurre en apenas una noche de 1943, dentro de un bar, mientras Lorenz ahoga sus penas en whisky y habla y habla sin parar. Inmediatamente, podemos cazar algunas recurrencias: Linklater filma la palabra y se sumerge en el flujo de un tiempo acotado y a la vez espeso, donde caben todos los vendajes de una vida que dura mucho más que esa noche. Pero más allá de lo que podamos decir sobre la autoría, no deja de ser llamativo el carácter discreto de la dirección. No hay encuadres que complejicen nuestra mirada de los hechos. No hay planos que se sostengan más de lo usual para capturar la sensación de tiempo real. No hay una cámara que llame la atención sobre sí misma. Lo que hay es una dirección funcional, casi desprovista de personalidad.
A primera vista, Blue Moon podría considerarse una película sin inspiración, pero hay algo ligeramente refrescante en el gesto de un director reconocido que no busca impactar con trucos forzados. Ninguna decisión se desvive por ser innovadora, creativa ni particularmente elegante: sólo se limita a ubicar al espectador en ese presente, a sostener la ilusión de que habitamos el bar durante un par de horas. Si la cámara se mueve, usualmente se debe a que se mueve el mismísimo Lorenz. Él transita esas dimensiones estrechas, que se asemejan a las de un escenario, y nosotros lo acompañamos. De la barra a las mesitas, de las mesitas al piano, del piano de vuelta a la barra. Hay poco tiempo y poco espacio, por eso lo que importa es descubrir todas las posibilidades que se abren en esas condiciones.
A su manera, Linklater se esconde. Le da protagonismo a la escena. Pero se esconde sobre todo sabiendo que esos elementos escasos (los ambientes del bar, los diálogos y el drama) sólo cobran una entidad verdadera por la presencia suave y afectada de Ethan Hawke. A contramano de la composición formal contenida, la interpretación protagónica tiene algo de excesiva, prácticamente desbordada. Nos encontramos con un hombre cuyas emociones parecen manifestarse siempre al nivel de la piel, modelando el timbre de su voz (que se estira, se agudiza, se llena de exclamaciones y vibraciones, como si fuera una plastilina con la que se puede crear un universo entero), y moldeando también su propio cuerpo (con las cejas que se salen de su eje, las manos que se alzan en el aire, el esqueleto que se estremece y salta de la excitación). Linklater sabe que su rol es estar al servicio de esa fuerza.
Cualquier espectador que tenga una debilidad por las actuaciones de bajo perfil seguramente llame al trabajo de Hawke desmedido, teatral, hasta manierista. Y sin dudas, todas esas palabras podrían ajustarse a lo que hace él acá, aunque eso no lo convierte necesariamente en algo negativo. Si Hawke está desbordado no es porque desconozca cómo calibrar la emoción (de hecho, no deja de hacerlo en distintos pasajes del film), sino porque interpreta a un hombre que teatraliza la vida cotidiana, que está comprometido con una carrera por encontrar un sentido huidizo del mundo a través de las palabras (a lo largo de la película, recita los diálogos típicos de Linklater, que parecen engendrados para que los espectadores los transcriban en las notitas de su celular: “Eso es lo hermoso del arte, ¿no? Siempre te espera”). Pero, sobre todo, Lorenz está comprometido en encontrar algo de belleza en su entorno (acaso como un intento desesperado por tener una razón para pasar la noche y seguir viviendo un día más).
La actuación de Hawke parece salida del manual no escrito para conseguir prestigio en Hollywood. Se lo ve más enano, más viejo, completamente adaptado a la máscara de Lorenz. Es el tipo de interpretación extrema que suelen amar los votantes de la Academia, que a veces tiene tanto de actuación como de preparación militar. Es lo que hizo Charlize Theron al subir 14 kilos y quitarse el maquillaje para Monster (que le valió un Óscar en 2003), es lo que hizo Brendan Fraser al llenarse de prótesis para La ballena (Óscar a mejor actor en 2022), y es lo que hace Meryl Streep desde que tiene una carrera (la mujer con más nominaciones en la historia de la Academia, desde su creación en 1929).
Pero lo fascinante de la actuación de Hawke no es la transformación radical, sino los momentos en que su propia persona se filtra en Lorenz. Podemos ver su rostro juvenil asomándose entre las arrugas, esa mirada inocente con la que siempre jugó a ser el eje esperanzador de las películas (como en La sociedad de los poetas muertos o en Día de entrenamiento). Y especialmente, podemos percibir la intensidad que regula al desbocarse y jugar creativamente con el lenguaje; ese ritmo eufórico que lo va consumiendo mientras tantea las palabras, que no es más que una manera de tantear el mundo. “Ethan es el Cassady extrovertido”, dijo alguna vez el mismo Linklater, “es el loco por vivir, el tipo fuera de sí. Pero también es el que lo anota todo mientras vive, el que observa y lo asimila”. Esa energía entusiasta es la que une la autoría de las películas de Linklater y Hawke (lo que vemos en Blue Moon, en ese sentido, es otra iteración de lo que vemos en Boyhood, en Tape y en la trilogía de Antes del amanecer). Pero esa energía es también la que salva a esta interpretación de volverse una especulación clínica. ¿Dónde está la carne de Hawke y dónde la máscara de Lorenz? Frente a las actuaciones matemáticas de Streep, Hawke responde con una actuación pulsional.
El contraste con el protagonista lo ofrece su compañera Margaret Qualley, que está corrida de tiempo y de lugar: recita los diálogos como si hubiera confundido el set de Linklater con el de Sex and the City. Hawke, por su parte, introduce matices en su propia actuación desbordada. Usualmente lo vemos animado, vivaz, hasta que aparece algún ruido (un silencio, una mirada perdida, señales de un cuerpo que deja de estar presente aquí y ahora y se retrae a una zona diferente, más interna y oscura). De repente, la tristeza relampaguea, y el teatro pierde protagonismo. A medida que esa angustia se hace más evidente, también se esclarece el drama de la película. Aunque Lorenz se la pasa en el bar esperando encontrarse con su enamorada, lo que parece anhelar más dolorosamente es el reencuentro con un viejo amigo, con el que permanece distanciado.
Hawke y Linklater hicieron una película sobre la amistad disfrazada de película de amor. O más bien, hicieron una película que mira a la amistad como una forma del amor. Y para haber pasado tantos años fascinados con filmar a personajes que buscan dominar el arte de la conversación, finalmente escenificaron una emoción para la cual no tenemos palabras en nuestro diccionario: el duelo de perder una amistad. Lo que calla el lenguaje, lo enseña el cine.
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Blue Moon, Estados Unidos, 2025
Dirigida por Richard Linklater.
Escrita por Robert Kaplow.
Intérpretes: Ethan Hawke Margaret Qualley Bobby Cannavale Andrew Scott.
Iván Zgaib / Copyleft 2025


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