BERLINALE 2026 (08): EL PALACIO DEL YING Y EL YANG

BERLINALE 2026 (08): EL PALACIO DEL YING Y EL YANG

por - Festivales
22 Feb, 2026 03:21 | Sin comentarios
Dos buenas, dos malas, o las ambivalencias de una competencia desangelada. Cuatro películas que pasaron por el Berlinale Palast: Soumsoum, la nuit des astres, Josephine, Yo (Love is a Rebellious Bird y The Loneliest Man in Town.

Siempre es bueno ver cine hecho en África, el continente cuya representación suele aportar pruebas de la ignorancia de los occidentales. Soumsoum, la nuit des astres, de Mahamat-Saleh Haroun, se acaba de estrenar en la Berlinale. Es bueno recordarlo: el cineasta de Chad no es un advenedizo; tiene varias películas en su haber, algunas muy buenas, como Daratt El hombre que grita. La dimensión de lo fantástico es la novedad en su nueva película, donde las mujeres ejercitan una desobediencia admirable frente al poder administrado por los religiosos.

Soumsoum, la nuit des astres

El argumento: una chica muy joven tiene visiones sobre el pasado y el futuro. En septiembre de 2024 entrevió que su comunidad podía dejar de existir. No es la única con tales poderes, e incluso es posible que su madre también haya sido una vidente. Tales condiciones psíquicas en una aldea típica de África central, organizada y administrada por el poder religioso de los hombres, no es una situación cómoda. Una amiga lo dice muy claro: “No existen las brujas”. El relato se ciñe estrictamente a observar cómo Kellou asume su lugar en la aldea sorteando los obstáculos de una comunidad que se rige por autoridad y funciona por obediencia.

En una escena fundamental, el profesor llama al frente a la joven para que sintetice Astonishing the Gods, una novela de Ben Okri que versa sobre lo invisible. Se ha buscado caracterizar algunas de las piezas literarias del escritor nigeriano como “realismo mágico”, etiqueta exotizante que los europeos suelen adherirles a quienes, fuera de Europa, practican lo que puede ser sintetizado con más justeza como formas especulativas o narrativas de metafísica filosófico-literaria. Okri rechaza aquella lectura generalizante, chapucera, incluso ofensiva. Habrá quien quiera aplicársela a esta película, con su representación del mundo de los invisibles.

The Loneliest Man in Town

También se estrenó en competencia la película más querible del festival: The Loneliest Man in Town, de Tizza Covi y Rainer Frimmel. El hombre que está más solo que nadie en la ciudad, al que alude el título, es Al Cook, que interpreta a un músico de blues que puede ser él o un doble con una vida muy parecida.

No se trata de un documental, pero Cook juega con su trayectoria, y la pareja que dirige saca provecho de la experiencia del músico de 80 años para retratar una época que se evanece. En el corazón de todo, el drama consiste en una especie de mudanza forzada. Cook es el dueño de un departamento ubicado en un edificio que quieren demoler; los otros dueños y habitantes ya se han ido. Se tendrá que mudar, por las buenas o por las malas. La gentrificación avanza. El consuelo es vender todo y viajar a Mississippi, la tierra de Elvis.

La pivellina era hasta ahora la película más conocida de la pareja. Pero The Loneliest Man in Town está destinada a ser un pequeño hit de festivales y carteleras.

Yo (Love is a Rebellious Bird)

Las dos últimas películas que se proyectaron de la competencia fueron apabullantes. Que estén en una competencia que presume tener jerarquía es incomprensible. Una es tan anodina como olvidable y se llama Yo (Love is a Rebellious Bird). La otra es de una impericia escalofriante: Josephine no es otra cosa que un compendio de atrocidades microscópicas con fines didácticos. Como la nieve, después de una mañana de sol, se derretirán sin haber dejado rastros. Es inexplicable que dos películas objetivamente mediocres ocupen el lugar de muchas que no están y algunas que sí están, pero en otros espacios. ¿Por qué London, de Sebastian Brameshuber, y Geunyeoga doraon nal, de Hong Sang-soo, ambas exhibidas en Panorama, no estuvieron entre las 22 de la competencia oficial? Películas hermosas, títulos que mejoran el cine y la vida de los espectadores.

Uno de los grandes temas del cine de todos los tiempos es la amistad. Destacable invención de nuestra especie, la amistad puede ser filmada de muchas formas, porque es un modo de asociación afectiva que tiende a desconocer reglas precisas. Lo único interesante de Yo (Love is a Rebellious Bird) consiste en que el retrato que una amiga hace de la otra está signado por la distancia generacional. 49 años de diferencia es un punto de partida fascinante, pero desperdiciado por un atolondrado amontonamiento de recursos “artísticos” que tal vez estimulen al nervio óptico, pero no mucho más.

Anna Fitch y Banker White dirigen; Anna está detrás y delante de cámara, junto a Yo, su amiga suiza que nació en 1924. Casi toda la película, la casa en la que esta vivió por más de 40 años es el lugar elegido, a veces en juego con una reproducción en miniatura de ese mismo hogar que sirve para dinamizar los fragmentos filmados por mucho tiempo. Hay curiosidades en la biografía de Yo, pero el método de indagación es más que nada un método de enumeración. Yo intentó estudiar Bellas Artes, probó LSD y tuvo un viaje espantoso, experimentó un amor destacado y nunca dejó de fumar cannabis. Parecen temas suficientes para desarrollar un relato, pero en la película permanecen como la potencia de algo que habría podido ser interesante.

Josephine

Josephine lleva la firma de Beth de Araújo. Se ciñe a una violación que tiene como testigo a una niña. El trauma no es acá el de la mujer ultrajada, sino el de Josephine, la testigo, quien por su edad no tiene recursos simbólicos para comprender qué fue lo que presenció. El relato incluye en el final el juicio al perpetrador, pero se circunscribe esencialmente a observar el desarreglo emocional de la niña y la incapacidad de sus padres para encontrar un modo de abordar un acto semejante.

Cualquier desgracia se puede filmar, pero la pregunta para todo cineasta es siempre la misma: cómo (en la respuesta puede vibrar, además, un “¿por qué?”). Tan solo el modo elegido para mostrar la violación ya no parece contemplar la fuerza retórica del fuera de campo, el anuncio de un problema metodológico constante. Es que hay otras decisiones de puesta en escena insólitas (el uso de ciertas subjetivas para otras escenas de sexo, la representación fantasmal del violador que merodea por la casa de Josephine) y un guion sobrescrito que pretende explicarlo todo. Película ideal para instalar el debate sobre la masculinidad violenta en escuelas perezosas a la hora de seleccionar estímulos cinematográficos. Película no ideal para festivales de cine que pretenden reunir lo mejor del cine contemporáneo para discutir no solo lo que ocurre en el mundo, sino también para preguntarse qué es el cine.

Roger Koza / Copyleft 2026