
BAFICI 2026 (01): ALGO DE LUZ EN LA OSCURIDAD
El mundo es otro. Es un enunciado recurrente, pronunciado en torno a tantas cosas que pasan que resulta difícil tener la clarividencia suficiente para comprender qué es exactamente lo que ha cambiado. ¿Es otro paradigma cultural, una mutación ontológica? No hace falta estudios sociológicos para advertir que un festival de cine en 1999 no puede ser lo mismo que en el 2026. En efecto, cuando nació el Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, reconocido velozmente como BAFICI, las películas se proyectaban en fímico y en algunos formatos digitales precarios; no existían las plataformas, la piratería digital era inimaginable y la relación del público con el mundo de las imágenes no conocía todavía la intensidad y ubicuidad del presente. La alienación a través de las imágenes no era parte central de la experiencia. Entonces ¿qué significa hoy hacer un festival de cine?
De los grandes festivales de cine en nuestro país, el BAFICI tiene un lugar decisivo. Quienes trabajan en él son personas formadas, que conocen el peso de nombres como Renoir, Bresson, De Oliveira, Kiarostami, Tsai Ming-liang, Hong Sangsoo. Saben de tradiciones y pueden diagnosticar con criterio el cine de hoy. En este sentido, están en las antípodas de la dirección del otro de festival grande que supo resplandecer hasta fines de 2023 y se celebra todavía en la famosa ciudad marítima asociada a la felicidad. Por ahora, el BAFICI resiste a las estocadas locales de un espíritu de época que desprecia las artes en general y al intenso desdén estatal por cualquier expresión cinematográfica que no pase por el necio razonamiento de la taquilla. La intención es destruir las bases materiales y simbólicas de todo aquello que jamás sintonizaría con el nuevo orden buscado; en este orden, no hay lugar para el pluralismo, para la aventura en común, para la inteligencia crítica, para la libertad. Por default, Bafici sigue siendo un espacio abierto para otras formas de hacer cine.
En la edición que comienza en unos días se proyectarán películas vistas en los grandes festivales, que no siempre se estrenan y a veces tampoco se incluyen en las plataformas. Menos aún las películas que no responden estrictamente a cierta tendencia curatorial que puede corroborarse en la mayoría de los festivales más conocidos. En las ediciones precedentes, ya no es el cine de autor, como siempre se ha concebido, el corazón del festival, lo que no significa desdén por esa noción. Prueba de eso es la retrospectiva dedicada a uno de los mayores cineastas vivos: el maestro catalán Pere Portabella, que a sus 99 años sigue brillando como lo hizo durante gran parte del siglo anterior. Es uno de los grandes de la historia del cine.
Hombre lúcido si los hay, hombre de pensamiento y de cine, cuya tenacidad y coraje han permitido que hoy, cuando roza un siglo de vida, no renuncie a involucrarse en el mundo y sus vicisitudes. Fue él que produjo Viridiana de Buñuel, Los golfos de Saura y El cochecito de Ferreri. Fue él quien hizo la película más importante para comprender la transición española, la grandiosa e insustituible Informe general sobre unas cuestiones de interés para una proyección pública. Ese mismo hombre hizo una película inclasificable como Puentes de Varsovia, un relato que tiene algo en su construcción a la lógica onírica y que demuestra un camino del cine muy poco transitado. Es también el mismo cineasta que retrató el misterio universal de la música, en El silencio antes de Bach.
Que exista un lugar en el que se puedan ver las películas de Portabella, dadas las coordenadas de nuestro tiempo, es casi un milagro terrenal. No tiene importancia que se trate de una retrospectiva que se hizo casi dos décadas atrás. El cine del maestro se necesita siempre, más hoy que nunca, frente a un mundo conducido por los canallas del lucro como fin último de la existencia.
*Publicado por Revista Ñ en el mes de abril.
Roger Koza / Copyleft 2026

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