
MEMORIA DE UN NIÑO
PALABRAS DE HISTORIA
El cineasta Germán Scelso filma con circunspección y convicción; el valor de producción es una demanda a la que le da (felizmente) la espalda. Desobedece en todos los sentidos: no participa del dogma de la nitidez (sus imágenes pueden estar rotas, a veces deslucidas o indiferentes a la hermosura o la prolijidad), menos todavía se alinea con los imperativos del documental contemporáneo (tanto los de Netflix, que tienden a suponer a un espectador sin inteligencia crítica, e incluso lo promueven, como los de los festivales de cine, con las taras estéticas que se precisan para denotar a un artista del cine), y siempre ha elegido los temas que él considera apropiados. Su mayor virtud como cineasta es conocer cabalmente la potencia de su medio para incomodar legítimamente y hacer pensar. Es, entre nosotros, un cineasta fundamental; un cineasta a secas.
En esta ocasión, Scelso se ciñe casi exclusivamente a registrar las respuestas de su madre, a la que filma intentando que ella olvide que del otro lado está su hijo. Es una propuesta (deliberadamente infructuosa) de distanciamiento formal, que al ser expuesta tiene para el observador otra valencia: el punto de vista de quien habla no está escindido de una enunciación afectiva, pero ese procedimiento desmarca a la película de un documental familiar. ¿Por qué entonces escuchar a la madre del cineasta?
Sara sobrevivió a los campos de concentración de la última dictadura cívico-militar; cuenta frente a cámara el momento en que se la llevaron, los tormentos vividos en cautiverio, la preocupación por el destino de sus dos hijos durante el secuestro, el último encuentro con su marido desfigurado por los golpes de los verdugos y todo lo que vino después de salir con vida de ese compendio arquitectónico del terror. En efecto, Sara puede describir los modos de tortura sin perder la compostura, incluso es capaz de recomponer la escena del momento en que la violaron. Es bueno recordar que Scelso es quien está detrás de cámara. El sentimiento del cineasta como hijo permanece en fuera de campo. Lo que importa acá no es la terapia de una familia, sino la certeza de que lo que debe prevalecer es la verdad. Las palabras pueden encubrir, es cierto, pero también son el único medio que existe para que la conciencia y los hechos queden reunidos en la experiencia.
Memoria de un niño no se constituye en una única entrevista. A veces, Sara luce muchísimo más joven, y eso coincide con una época en que la protagonista había tomado la decisión de dejar de pronunciarse sobre las atrocidades castrenses. Sara colaboró para los informes de la CONADEP, también trabajó con las Abuelas de Plaza de Mayo. Las razones por las que en cierto momento dejó de hablar, después de una primera época en la que dar testimonio era un imperativo, apenas se discuten y por algún que otro comentario se puede llegar a intuir. Lo que no resulta enigmático es la razón por la que ha decidido retomar la palabra. Es que el nieto tiene que saber qué pasó en su país y cómo un período histórico afectó para siempre la vida de su abuela. Los últimos minutos de la película son discretamente geniales. Las anécdotas que comparte frente a cámara son extraordinarias.
¡Qué cineasta diestro es Scelso! Le basta filmar tres o cuatro planos del centro clandestino de detención Protobanco, en La Matanza, para dejar de imaginar el lugar de lo inconcebible y constatar el espacio de la abyección. La gramática de su cine es habitualmente la de los trazos invisibles. Un movimiento de cámara, un corte, el ángulo elegido o la atención puesta en un gesto del entrevistado son suficientes para conjurar las condiciones materiales de realización. La austeridad involuntaria no impide que el cine pueda vivir a través del trabajo de Scelso.
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Memoria de un niño, Argentina, 2026.
Escrita y dirigida por German Scelso.
*Publicada por el diario La Voz del Interior.
Roger Koza / Copyleft 2026


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