
TRES DÍAS EN MARSELLA
Marco Müller ha sido una persona decisiva en la historia de los festivales de cine de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Cuando dirigió los festivales de cine de Locarno y Venecia, demostró que siempre puede haber espacio para películas anómalas si el festival está dispuesto a tomar riesgos y trabajar con su audiencia el sentido de lo cinematográfico. Recientemente, en una entrevista, afirmó: “Los festivales deben revelar el futuro del cine, no convertirse en la última parada antes del streaming”.
En la ecología de festivales de cine del presente, muy pocos son capaces de “revelar el futuro” del cine. Entre los europeos, hay uno que resplandece: FIDMarseille. Todos los años, a principios de julio, el festival que hoy dirige Cyril Ceyrat sigue siendo una garantía para que otro cine encuentre su espacio. En ese festival encuentran su lugar cineastas inclasificables; en ese mismo lugar, María Aparicio, la reciente ganadora de la competencia de Giornate degli Autori de Venecia, pudo empezar su carrera internacional. En FIDMarseille se estrenaron Sobre las nubes y Las cosas indefinidas.
Marsella en el Hugo del Carril.
La iniciativa de que una versión acotada del festival visite la Argentina fue del editor de la revista de cine Caligari, Mauro Lukasievicz. Varias películas estrenadas entre 2025 y 2026 en Marsella se exhibieron la semana pasada en Buenos Aires. Ahora es el turno de que dicho evento se celebre en nuestra ciudad. En efecto, desde hoy hasta el miércoles, varias películas serán presentadas por Louise Martin Papasian, una de las grandes programadoras del FID. En la selección se verán títulos extraordinarios. Seis largometrajes y ocho cortometrajes sintetizan la propuesta. Todas las películas son buenas; algunas, excepcionales.
Un buen ejemplo de la selección es La otra cara del pasaje, de Philipp Hartmann, mejor cortometraje de la última edición del FID. Es una película auténticamente radical en su propuesta: el cineasta de Hamburgo retrata a su profesor Gerd Roscher, un hombre de 80 años cuya filmografía siempre estuvo asociada a seguir el trayecto de viajeros por zonas remotas. Debido a que su mujer no puede moverse por sus propios medios, todos los días el cineasta debe manejar unos 100 kilómetros desde su casa en el bosque hasta la ciudad de Hamburgo y esperarla durante 4 a 5 horas. Este viaje sin aventura, que implica además la espera aún menos interesante en las afueras de un supermercado cercano —un auténtico no lugar—, es la contradicción inicial con la que Hartmann indaga la relación del paisaje con la experiencia humana, la de los viajes con el paso del tiempo y, asimismo, la de la repetición con el descubrimiento.
Otro título notable es La conferencia de los pájaros, de Amin Motallebzadeh, una de las películas más misteriosas jamás realizadas sobre el fútbol. La muerte inesperada de un director técnico de un equipo de una liga de Europa es el punto de partida para una meditación sobre la finitud, los idiomas, la paranoia occidental respecto del avance del islam y la vulnerabilidad desconocida de los jugadores. El film en sí ostenta una hermosura inesperada, y el empleo del fuera de campo constituye una lección de puesta en escena.
Fantaisie, de Isabel Pagliali, es otro de los films que no se debería dejar pasar. El diario de una joven, leído en un momento por un hombre que simplemente lo encontró abandonado, es el puntapié para una exploración de ese espacio poblado de deseos y espectros que puede concebirse como fantasía. La solitaria protagonista piensa, recuerda, se filma, ve películas y trata de comprender qué significa ser consciente de la propia vida. Lo que en un primer momento parece ceñirse al espacio mental de la cineasta se convierte, en algún momento, en una fantasía en sí misma —o quizás no— que se vuelve realidad, instante en el que el personaje deja su casa y visita un bosque. El misterio y la hermosura de ese film son indelebles.
Hay muchas otras películas para ver, pero sin duda Ramón Vázquez, de Gustavo Fontán, es una cita ineludible. Marcelo Subiotto interpreta a Ramón. Poco se sabe de él, excepto su nombre y el destino hacia el que se dirige: Villa de Soto, donde vive su padre, al que no ve desde hace décadas. Sobre ese eje, Fontán inventa una especie de santo de los malogrados, un hombre que inspira confianza a otros y que el film acompaña desde la propia percepción del personaje, que cada tanto se desmaya y parece vivir entre dos mundos. Filme notable de Fontán, en el que su habitual experimentación con la percepción y la ocasional voluntad de narrar encuentran el equilibrio perfecto. Subiotto resplandece, también los secundarios, como Luis Ziembrowski.
*Publicado en La Voz del Interior en el mes de septiembre.
Roger Koza / Copyleft 2026


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