
PLACERES VISUALES
Hace un par de años, un amigo perdió al amor de su vida de la noche a la mañana. Su paliativo fue el entretenimiento audiovisual adentro, en modo pandemia, porque no tenía ánimo para salir. Ni siquiera podía leer, entrenar o ejecutar cualquier otra práctica saludable o expansiva. Para más, es ateo, de modo que el solaz de la religión no era una alternativa. Se dedicó a volver a ver westerns, sobre todo algunos John Ford y Howard Hawks. Lo consolaba la certeza del duelo final, saber de antemano cómo iba a terminar la historia, quién iba a ser el muerto. Jura que no podía sentir lo mismo viendo series o TikTok, aun reconociendo que son útiles para evadirse como un adicto, y que la incertidumbre ante cualquier película nueva le parecía imposible de sobrellevar. Otro amigo coincide en retardar el ingreso a los consumos de época guiado, no por el dolor, sino por una lógica similar a la de Mariano Llinás cuando justificó la extensión de Biografía de Jorge Luis Borges, diciendo: «Dura menos que tres capítulos de Mandalorian». Como la matemática que la sostiene, su coartada es pura y dura: «En lo que lleva ver una temporada meto cuatro o cinco clásicos que todavía no vi; en dos temporadas, diez». Aunque, a diferencia de mis dos amigos, uso redes y plataformas y trato de no perderme algunos estrenos, por lo de «Dios los cría y ellos se juntan», también veo y reveo viejas películas, pero bajo parámetros que no tienen relación con duelos u optimizar el tiempo, sino con la más elemental búsqueda de placer visual.
Un ejemplo: la década del 50 y su afición, sobre todo en Estados Unidos, por explotar al máximo la novedad del color, lógicamente favorecida por los avances en los soportes, pero definida principalmente por el trabajo de arte, vestuario y fotografía, joyas de la corona. Salvo las excepciones ilustres, es un período que no destaca por las historias. Sus contribuciones en este campo se deslucen por la abundancia de películas lentas, otoñales, pacatas, a veces oscurecidas por representaciones pueriles del psicoanálisis o por la promoción de un único estilo de vida. Pero tanto en las que pretenden tapar los ecos de la posguerra con el ruido del hielo en el vaso como en las buenas, es frecuente que el color, la luz y los elementos sobre los que operan estallen en una suerte de éxtasis. Primerea la tendencia Vicente Minnelli a mitad de los 40 con su musical Nos vemos en Saint Louis, que será sucedido por otros como Un americano en París o Gigi. Hollywood se mete en una de las vertientes más estilizadas de su historia. No se ve venir el naturalismo que estará de moda en las décadas siguientes, ni surge algún dejo de nostalgia por la desprolijidad encantadora de los 30. La pantalla parece la tapa de una Pulp Magazine o un cuadro de Norman Rockwell.
Climas cálidos, intenso uso de los rojos, alucinados fondos pintados a mano en violetas y celestes, equilibrio de valores, uso estratégico de difusores en cámara. Para los decorados, profusión de laminados, empapelados y cortinas con todos los estampados imaginables, mientras que los trajes y vestidos se confeccionan en seda, rayón o satén, telas ideales para lanzar destellos. Las cinturas se encorsetan, los hombros se destacan, las pieles son de ilustración y las melenas disparatadamente radiantes. Vemos mucho de esto en clásicos como Johnny Guitar, western de Nicholas Ray con imágenes icónicas: Joan Crawford de camisa amarillo brillante y pañuelo al cuello del mismo carmín furioso que su labial, o con un corbatín del mismo turquesa reforzado que sus ojos. Lo vemos en Cantando bajo la lluvia, donde Gene Kelly y Stanley Donen utilizan extravagantes paletas diferenciadas por secuencia. También en varias de Hitchcock, La ventana indiscreta, Para atrapar un ladrón o Vértigo, cuyo manejo del verde todavía sigue dando que hablar. Y de Douglas Sirk, Imitación a la vida o Todo lo que el cielo permite, llenas de sabios contrastes entre rojos y verdes o negros, acoplándose temerariamente a fondos virados al magenta. La exuberancia de esta clase de imágenes alcanza para tapar tramas deficientes o ayudar al éxito inmerecido de películas mediocres dirigidas por grandes, como pasa con Hawks y Los caballeros las prefieren rubias. Incluso la excesiva duración a causa de infinitos diálogos, como en La condesa descalza, dirigida en 1954 por Joseph L. Mankiewicz, puede perdonarse. Sin sonido, hasta se puede disfrutar de bodrios mucho peores. Por ejemplo, la inglesa El hombre que nunca existió, de Ronald Neame, que compensa su morosidad con algunas proezas fotográficas sobre la piel de Gloria Grahame, la actriz que se ponía algodón bajo el labio superior a falta de ácido hialurónico.
A la francesa, el fenómeno toma formas más singulares, de la ternura elegante de Albert Lamorisse en El globo rojo al preciosismo irónico de Jacques Tati en Mi tío, mientras que, en Japón, Yasujirō Ozu prueba que es tan genial como lo fue en el blanco y negro, punteando la pantalla con publicidades, kimonos y neones. Lo hará también durante la década siguiente junto a otros, como Seijun Suzuki o Yasuzō Masumura, que toman varios de sus finos recursos cromáticos. Mención especial merece Miedo a morir, olvidada película yakuza en la que Masumura dirige a Yukio Mishima, cuyo saco blanco es perforado por el rojo en la última escena, rodada en el gris metalizado de una escalera mecánica.
Entre los 70 y los 90, algunos como Rainer Fassbinder, David Lynch o Alan Parker recogen, con resultados dispares, el guante de los 50 en Terciopelo azul, Martha o El corazón del ángel. Mientras las dos primeras juegan con la reinterpretación y el homenaje, la tercera no pasa de la copia opaca. A principios de siglo, la exitosa serie Mad Mentambién busca recrearlos lo mejor que puede, pero con una lealtad enclenque, poniendo sin embargo sus vibras por un rato en el candelero, junto a otras producciones más olvidables. No alcanza con ambientar algo en los 50 ni con el guiño para decir que estamos ante un legado visual que haya prosperado demasiado, o que haya sabido ramificarse en otros formatos sin perder su gracia original o lo más valioso que tenía.
Quizás porque nuestra época converge con aquella en el gusto por el artificio y la fascinación por la técnica, encontramos resabios de aquel cine en algunas imágenes generadas con IA, lustrosas e idealizantes como las que las inspiraron, pero demasiado saturadas, desequilibradas, duras. No hacen pensar en un renacer o continuidad, más bien incitan a huir hacia un pasado que no se ha vivido, como mis amigos de los westerns y el tiempo optimizado. Me gusta pensar que hay una intención más contracultural que reaccionaria en ser tan sensiblemente retrógrada como para gozar de ese universo septuagenario, visualmente profundo y espeso, pero paradójicamente ligero y blando, como el algodón que rellenaba el labio de Gloria Grahame.
Nancy Giampaolo / Copyleft 2026

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