DOC BUENOS AIRES 2026 (04): LOS FRATERNOS DEL NORTE

DOC BUENOS AIRES 2026 (04): LOS FRATERNOS DEL NORTE

por - Festivales
24 Ago, 2026 02:34 | Sin comentarios
El gran cineasta argentino Alejandro Fernández Mouján no necesitaba ningún premio a su trayectoria. Bastaban sus películas. Pero en el Doc Buenos Aires se le otorgó una distinción. Dos de sus películas se exhibieron en el festival. La última, Dice que..., es una obra maestra.

Las Palmas, Chaco, Alejandro Fernández Mouján, Argentina, 2002.

El término “menemismo” no debería simplemente emplearse por lo que es: un epónimo. Sirve para glosar una época, una noción de país, un modelo socioeconómico. El epónimo generaliza. Sucede que el sufrimiento ocasionado por esa forma política es diferente en su sentido cuando se individualiza en alguien que se muestra y toma la palabra: “La salud pasa por la barriga”, dice un hombre. Una mujer dice de los trabajadores, después de que el ingenio Las Palmas dejó de existir y se subastaron las máquinas: son “amos de casa”. Fernández Mouján regresa a donde había filmado un par de años atrás Banderas de humo, pero ya nada es lo mismo: las edificaciones del ingenio son escombros, el abandono ha vencido y ese estado de cosas no se expresa en palabras, sino a través de encuadres geométricos que permiten comprender la dimensión del lugar y la degradación de las instalaciones; en ese ingenio se daba trabajo en 1982 a más de 1200 personas. ¿Dónde están ahora? ¿A qué se dedican? El cineasta filma y escucha: pasa un hombre y cuenta su historia, luego una mujer, después otros trabajadores, algunos más viejos, otros más jóvenes. Muchos son indígenas, lo que implica una situación legal inestable respecto de las tierras en que viven. El cineasta también se involucra con algunos, y acompaña a uno de sus protagonistas a empezar los trámites ante una institución competente del Estado para luchar por sus derechos. Todo sucede frente a cámara con elegancia, a tal punto que la textura de video deja de tener importancia. La nitidez no es una condición necesaria para ver: una idea de cine basta para conquistar las condiciones menesterosas de producción. En efecto, el viaje con los hombres que salen a cazar para garantizar la comida de sus familias cuenta con un seguimiento narrativamente idóneo: las elipsis son magníficas, la duración de los planos también. Si no fuera por las razones detrás de las atávicas acciones, se podría elogiar ese segmento como si se tratara de una gran secuencia de una película de aventuras. Sucede que el móvil de los muchachos con rifles en sus hombros es el hambre.

Dice que…, Alejandro Fernández Mouján, Argentina, 2025.

Un hermoso pasaje de Serge Daney reza así: “La ficción es situarse en el medio del mundo para contar una historia. El documental es ir al fin del mundo para no tener nada que contar. Pero hay ficción en el documento así como hay insectos en las rocas fósiles…”. Dos décadas atrás, Fernández Mouján fue a uno de los tantos lugares que pueden confundirse con el fin del mundo. Hizo una película, la estrenó en su momento, pero quedaba material filmado y otra película en estado latente. Este es el origen de Dice que…, un retrato. ¿Eso nada más? En verdad, del protagonista se dijeron muchas cosas, pero no es lo que le interesa a Fernández Mouján, más allá de que en el inicio un reportaje breve es suficiente para saber algo de su pasado y la situación serena que define en ese entonces su presente. Pero José Luis Alverenga, también apodado Lorenzo Lamas, solamente existe hoy como imagen y memoria; el film repone así a un fantasma, porque Alvarenga dejó de existir. ¿Quién fue? En varios planos prodigiosos se lo ve andando en bicicleta para ir a juntar leña. Algunas escenas familiares revisten una felicidad discreta. La austeridad de su casa en La Leonesa (Chaco), adonde regresó tras pasar años en diversos correccionales para menores y escapando de cada uno. El segundo acto se circunscribe a acompañar a José a cazar tatús en la selva con sus amigos. Todo ese segmento es un ejemplo de registro y montaje. La exigencia física para el cineasta es evidente, más allá de que nadie parece darse cuenta de que alguien está ahí con una cámara. En el epílogo, Fernández Mouján solamente necesitó un poema de Borges y notas de piano ejecutadas por Federico Pompou para conquistar la eternidad.