
UNA PELÍCULA SIN EPISODIOS NI PAISAJES (16)
Al despertarse por las mañanas tomaba conciencia de que debía prepararse para una lucha que a veces era un juego malicioso y otras un menoscabo cruel. Como un animalito defendía algo que los hombres codiciaban y sin lo cual la vida perdía interés para ellos. Por eso le repugnaban las actrices del cine: eran gatas que parecían aceptar la ley con mansedumbre, aunque exigiendo por ello vestidos, comodidad y fama. Se veía claro que los hombres las manejaban a su antojo. Eran famosos sus matrimonios, sus divorcios (seguramente ellos inventaron el divorcio para deshacerse de ellas), sus escándalos. En las películas aparecían como auténticas vírgenes y hasta como dominadoras del hombre. El amor que despertaban y sentían era generalmente santificado y legalizado. Siempre eran felices. Muy pocas veces la chica resultaba una cínica o una perversa. Y mucho menos se daba el caso de un hombre distinto a los demás (Chaplín) que resultara bien ubicado en la tierra. El torpe era castigado y perseguido.
Siglos y siglos de servidumbre carnal y mental se deslizan por las caderas de la platinada Jean Harlow, tan hermosa, hueca y desprovista de orgullo, tratando por todos los medios de despertar el deseo que, por otra parte, serían bien pronto satisfecho por el galán. ¡Pobres gatitas, blancas, suaves y rubias; corriendo de Hong Kong a Nueva York, saltando de un barco a una voiturette, para entregarse al rufián de bigotito que no tardaría en hartarse de ellas!
Esta era la única información que le llegaba del mundo: las películas que pasaban en el biógrafo del Ingenio y las revistas como Caras y Caretas, donde muchachas de apellido distinguido aparecían en malla, exhibiendo también ellas lo único que, al parecer, les era dable ostentar, o en trajes de baile («Presentación en sociedad», «Fiestas mundanas»). Allí estaban las gatitas, perfilándose como sacerdotisas del culto del hombre, bien adiestradas ya en la humillación y el perdón.
Charito, con su energía enervada en aburrimiento, con el aburrimiento y el rencor calentándose bajo el sol de los días extremadamente largos y las noches sofocantes, parecía desplomarse sobre sí misma, acogotada por un peso incomprensible.
¿Qué hacer? ¿Adónde ir? ¿Pero es que se puede vislumbrar la posibilidad de salir de este infierno? Aquí es donde uno ha venido a dar, así como otros van a caer más cerca de la felicidad.
Libertad Demitrópulos, Los comensales (1967)
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