
LOS DÍAS POSIBLES. LA TRILOGÍA DE LA TERNURA.
EL TIEMPO DEL DESEO
El deseo por alguien a quien se ha amado no responde al sistema ordinario de medición del tiempo. Pasan los años, incluso las décadas, un nombre, una carta perdida, una foto o el encuentro en sí con alguien a quien alguna vez se amó demuestra que quince años atrás fue ayer y el instantáneo anhelo de hoy puede ser un porvenir. Nadie sabe muy bien cómo se precipitan las reglas del deseo. Los decálogos son inútiles, como los sortilegios del calendario y su ilusión de orden.
En Los días posibles, dos hombres que se amaron y se dejaron de ver por más de una década se reencuentran. El azar los reúne al mediodía en una de las peatonales del centro de la ciudad de Córdoba. Se abrazan, caminan, toman un café, se ponen al día. El mundo de uno es bastante distinto del mundo del otro. Profesional y padre de familia, en un caso, bohemio, buscavidas y soltero, en el otro. No son diferencias insalvables, pero sus vidas se han bifurcado. La tensión y la alegría signan ese día, también el suspenso que se extiende en el breve tiempo que queda hasta la noche tras no haberse visto por años. Al caer la noche, los dos irán a la casa del profesional. El bohemio conocerá a la esposa y a la hija. Cenarán juntos. Estas son meras descripciones de lo que sucede, pero lo que importa es cómo pasa lo que pasa, qué les pasa a todos y cuáles son las consecuencias, si las hay desde ese día en adelante.
En el cine de Guerrero, la intimidad es una constante. Puede involucrar o no los placeres amorosos, puede tratarse de hombres con hombres o no; no es eso lo que importa: la naturaleza del vínculo es lo decisivo. Que la película sea la primera de una trilogía y que se circunscriba a la ternura resulta mucho más que el aviso de un tema que continuará en las que vendrán. Elegir filmar la ternura indica un interés muy preciso, porque se trata de una cualidad de la vida afectiva a la que no parece adjudicársele mucha estimación en el presente. La sevicia y el embrutecimiento tiñen y degradan la vida pública; el egoísmo más ramplón se encomia como una virtud del alma.
Lo más curioso y paradójico es el modo elegido para filmar lo más íntimo. La regla es acá la distancia. Los planos generales son frecuentes en diálogos que no son secundarios. Los encuadres tienden a la figura geométrica, como en El tercero y un poco menos evidentemente en Siete perros, otras dos notables películas del cineasta. Pero la distancia es lo inesperado. También, la economía de explicaciones y palabras decorativas. La austeridad conjura el sentimentalismo y las resoluciones dramáticas nacidas de la didáctica y el confort.
Hay escenas al paso cuya virtud es ostensible. El uso de un material filmado con los dos protagonistas unos veinte años atrás añade a la ficción una evidencia y una memoria concreta de ese vínculo retomado. Está también la escena de la preparación de la improvisada cama en el suelo con las sábanas limpias para que duerma el invitado; es quizás el momento en el que se justifica plenamente el nombre de la trilogía. Plano a plano, Guerrero invita a los desconocidos que están siendo testigos de todo esto a repasar el título y resignificarlo. ¿Qué pensar ahora sobre la noción de lo posible y la extensión de esa promesa en el tiempo? La escena del final podría ser una hermosa postal de una utopía afectiva. Cada quien determinará imaginativamente qué pasará el día después. Dice mucho de la película, dirá también mucho de sus espectadores.
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Los días posibles. La trilogía de la ternura, Argentina, 2026
Dirigida por Rodrigo Guerrero.
Escrita por Rodrigo Guerrero, Martín Suárez, Mariano Burgos, Carolina Cismondi y Emma Piatti.
Intérpretes: M. Suárez, M. Burgos C. Cismondi, E. Piatti.
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Publicada en La Voz del Interior en el mes de junio.
Roger Koza / Copyleft 2026


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