
ABURRIMIENTO Y SOLEDAD. SOBRE NO MATAR
Hace poco, dando clases en una escuela de cine, una joven directora me describió su próximo trabajo: un cortometraje de quince minutos realizado con nueve planos abiertos, dentro de los cuales pasaba poco y nada. Entonces le dije: «Ah, querés hacer una película aburrida». Lo negó con ahínco y toda la clase derivó en una conversación sobre la necesidad de conocer nuestras intenciones con respecto a esos otros que recibirán nuestras especulaciones sobre sus cuerpos. Me refiero a las y los espectadores. Y también en mi insistencia en que no está nada mal hacer una película aburrida; por el contrario, querer aburrir me parece una actitud de gran nobleza. En el aburrimiento surgen pensamientos y deseos que, en la sobreexcitación que generan otras emociones, no tendrían lugar. Además, no creo que el cine deba emocionar, como dicen muchos, ni tampoco que deba provocar emociones violentas como el asco, la rabia o la indignación, aunque también sean posibles. No creo que el cine «deba» algo, porque es un medio y un lenguaje lo suficientemente abierto como para darse incluso el lujo de aburrir.
¿Habrá sido esa, tal vez, la intención del equipo de No matar? ¿Será esa su operación política al mostrarnos testimonios sin ton ni son, sin relación argumental, sin tensión narrativa, sin ilación histórica ni formal, y ni siquiera reflexiva? ¿Nos aburren para que surjan en nosotras nuevos sentimientos de justicia? ¿O será este aparato propagandístico un intento de hacer una Shoah latinoamericana con un puñado de víctimas y un puñado de arrepentidos? No queda claro por qué este reducido equipo de tareas —audiovisuales, en este caso— nos invitó a una velada de aburrimiento tan total. No se entiende por qué, teniendo ese archivo impresionante de aquel mítico programa del polemista de derecha Grondona (casi el único momento de feliz tensión que presenta este panfleto), la película nunca se hace cargo de lo que significa un archivo en la construcción de la memoria colectiva. Y no se hace cargo hasta el punto de que no resulta claro si advierte que la película misma ya es un archivo de esta época tan poco elegante como poco ilustrada. Una obra digna de su época, que los cineastas del futuro podrán usar para dar cuenta de un tiempo que tiene más de cosplay y de chorreo que de ideología partidaria. Aunque detrás de la aparente no ideología hay una importante fuente epistemológica que alienta a este gobierno y que, aparentemente, también alienta a estos cineastas al trote: los mercados. La oportunidad de fundar esta nueva colonia por la que las élites económicas vienen derramando sangre desde que a este país lo llamaron banalmente república.
En medio de este presente, ¿qué es este objeto con ínfulas minimalistas que devela más una pereza por parte de sus creadores que la inteligencia de aquel movimiento estético que abogaba por un “menos es más”? Lo mismo podríamos decir de su extensión, ya que la acumulación de cabezas parlantes —en su mayoría, testimonios harto conocidos— que narran tediosamente cómo se arrepienten de haber tomado las armas o, en el caso de las víctimas, cómo las empresas en donde ocurrieron los atentados les dieron la espalda a los familiares, no los reconocieron ni los acompañaron, se prolonga en una repetición monótona y paupérrima en términos de investigación. En el grupo de las víctimas tampoco hay demasiada novedad; es decir, son personas que vienen apareciendo por aquí y por allá, contando su historia. Excepto uno, el más conmovedor, al que volveré luego. Pero, además, la película no se toma ni dos segundos para reflexionar sobre la complicidad empresarial en el genocidio perpetrado por la última dictadura cívico-militar que padeció la Argentina, ni por las anteriores. No: así, muy livianamente, pretende que nosotras, las espectadoras, seamos unas caídas del catre y que, a cincuenta años del golpe, no nos hayamos enterado de nada. No vimos películas, ni leímos los diarios (La Nación se la pasa publicando notas sobre las víctimas de “la guerrilla”), ni ojeamos alguno de los cientos de libros que se escribieron sobre la época. Pero quiero pensar que la película no nos trata como borregos; entonces me pregunto si estará hecha para un público internacional, es decir, para personas que nunca tuvieron acceso a toda la información que nosotras sí hemos tenido a través de libros, diarios, noticieros e incluso películas. Y, en ese caso, la falta de entendimiento con que estos cineastas abordan los temas no solo resulta problemática, sino también desconsiderada con el cine y con la historia.
La postura de esta película me recuerda a un video que circuló al poco tiempo del asesinato de Bin Laden, en el que un actor disfrazado del mismísimo Bin Laden les contaba a otros, vestidos de manera similar, cómo había sido el ataque a las Torres Gemelas. Les describía cómo un avión impactaba contra una torre y luego otro contra la otra; es decir, relataba lo que la humanidad entera había visto por televisión, si no el mismo día del atentado, en los días, semanas o meses posteriores, cuando en los noticieros no se hablaba de otra cosa. Entonces, lo que se infería de aquel video era que los extras, disfrazados de árabes y atentos al relato del jefe de la banda, eran casi extraterrestres, porque no había humano que no se hubiera enterado del atentado a las Torres. Era tan inverosímil ese relato como vivir en este país y no haberse enterado de que la guerrilla se cobró víctimas fatales. Tan escolar era aquella operación que el video desapareció al poco tiempo de circular en redes. Tan escolar y naíf como lo es esta película insípida, que se parece más a un podcast que a un film.
En el capítulo Hablar para sanar, con el que concluye este torpe ejercicio de montaje y de redundantes entrevistas, la entrevistada —que viene hablando desde por lo menos los años noventa— cuenta que sintió ahogo hasta que pudo hablar. Y en la tesis de este podcast, eso ocurre recién ahora, cuando este cineasta ha decidido que es hora de ir a por más, de ampliar los testimonios en nombre de una democracia —que en este momento atraviesa una de sus mayores crisis de representación—, casi como si viviéramos en Noruega. Como si no habitáramos una desigualdad social inverosímil, conducidos por una banda de malhechores que ya ha vendido el país y nos ha involucrado en conflictos que nada tienen que ver con nuestro territorio. Como si no viviéramos en un planeta donde decir “Palestina libre” puede implicar consecuencias judiciales. Como si todo eso no existiera, la película se traviste de ecuánime o, peor aún, de justa.
Pero es cierto que en la película se habla mucho; diría incluso que se habla de más, ya que se dicen tantas cosas —y de un modo tan confuso— debido a un montaje que intercala un testimonio con otro y que atenta contra cualquier continuidad narrativa. No digo histórica, que también habría sido una búsqueda posible, sino argumental, de la película misma, que ya comienza agotada desde su título y desde la cobarde placa excusatoria con la que da paso a unas citas —otra vez, sin ton ni son— para luego iniciar los testimonios que, hacia el minuto quince, ya han dicho todo. Matar está mal. Lo curioso es que recién ahora parezcan descubrirlo. O, más bien, como si estos cineastas, recién ahora, hubieran caído en la cuenta de que matar está mal, quisieran arrastrarnos a nosotras hacia ese despertar tan tardío.
Sin embargo, me desdigo: no, no nos dijeron todo. Porque hay un momento particularmente revelador en el que los arrepentidos describen lo que los excitaba del uso de las armas. Describen el power que les daba sentir su peso contra el cuerpo o salir armados a la calle. Hago una digresión: me crié en el campo, donde por aquella época casi todo el mundo usaba armas, y como yo adoraba a los caballos, siempre que podía tomaba uno para irme a campo abierto a acompañar a los hombres en las tareas rurales. Allí me enseñaron a disparar, con unos once o doce años. Usé escopetas y revólveres, y nunca me fue grata esa práctica: desde la primera vez que toqué un arma sentí pánico y, después de algunos disparos a unas latas de tomate, nunca más quise volver a tener un arma entre mis manos. Me dan miedo, muchísimo miedo y espanto.
Tal vez por esa percepción que tengo sobre las armas es que me llamó la atención cómo los arrepentidos, sin embargo, reivindican ese goce que les daba estar armados, y cómo, a pesar de los años transcurridos, siguen sin hacerse cargo de ese gusto —difícil de nombrar sin incomodidad— por llevar un fierro encima. Y, por el contrario, siguen acusando al fierro de haberlos llevado a esa locura de la revolución, el foquismo y el poder popular. Es bastante vergonzosa esa postura, por no decir pueril, ya que ellos mismos repiten la palabra pendejos, pendejitos, chicos y jóvenes unas diez mil veces a lo largo de las tres eternas horas en las que hablan de las cosas con una vaguedad pasmosa.
Entre las vaguedades está la Masacre de Ezeiza, en la que ninguno aclara que los primeros disparos surgieron del escenario. Tal vez ese relato los podría haber llevado a las fechorías asesinas de la Triple A y a las huestes de López Rega y sus alianzas con la burocracia sindical, los militares y la policía. Pero no, en este cuento de hadas sobre construir una sociedad que hable para no ahogarse, nada de todo eso existe. Apenas se dice: aparecían muertos de todos lados y ya no se sabía de quiénes eran. Pues esa hubiera sido una película valiente, la que reconstruya la herencia que nos dejó esa pila de muertos. El éxodo masivo que generó la Alianza Anticomunista Argentina y la ristra de muertos y de responsables no juzgados, en un país donde las huestes lopezreguistas siguen transitando la Casa de Gobierno. Hablar de eso sería osado.
O tal vez hubiera sido más osado tomar la historia del chico al que una ráfaga de ametralladora le mató al hermano de cinco años. Quedarnos con él, en su intimidad de autos y descubriendo a esas personas que lo rodean que dicen no estar al tanto de los muertos de aquella época. O, al menos, escucharlo más, ya que él sí es una novedad, a diferencia de todos los demás a los que ya vimos o leímos en diversos espacios. Pero esa sería otra película, claro, y con ese relato tal vez no le alcanzaba para convertir a la militancia de los setenta en un grupo de desaforados amantes de las armas, que parece ser la intención más a la vista que esta película muestra en todo lo que no muestra, pues no mostrar es su gran arte. Me podrán decir que ya se hicieron suficientes películas reivindicando aquella militancia y muchas igual de flojas que esta, pero puedo decir a favor de aquellas que quienes las hacían acababan de perder a sus compañeros y compañeras y había una urgencia en esos relatos. Acá no hay ninguna urgencia, sino más bien oportunismo.
Además de aquel video de Bin Laden, esta película me recordó una escena de Juan, como si nada hubiera sucedido, la genial película de Carlos Echeverría, antítesis de la de Villegas. Pero hay un momento en esa película que tiene relación con esta, aunque por razones opuestas: el testimonio del padre del desaparecido cuando los militares le dicen que su hijo debe estar por ahí, caminando por los bosques de la Patagonia, que no se preocupe, que ya va a volver, y que si no está volviendo es porque está en un lugar mejor. Es decir, la escena en que el padre narra el cuento para niños con el que lo intentaron convencer quienes habían secuestrado a su hijo. El tono de No matar me trajo a la memoria aquel testimonio y la descripción que ese padre hace de aquel relato siniestro que le hicieron los asesinos de su hijo: “Calma, estamos haciendo que los pendejitos se calmen, cuando vuelva será mejor persona”. Nunca volvió.
En esa línea fantástica hay un momento que quiero destacar de este experimento por lo más aburrido e impiadoso: cuando el más viejecito de los entrevistados comenta que aquella (la de los setenta) no era una vida plena y que él, en cambio, ahora sí tiene una vida plena porque pasea con su señora y se toma un whisky a la noche. Es una hermosa perla que este hombre entrado en años, que participó de organizaciones armadas y que ya ha contado de toda la adrenalina que le daba usar armas, considere haber llegado a la plenitud tomándose un whiskicito a la noche en un país donde el 30% de la población (según cifras oficiales) está debajo del índice de la pobreza. Ese mismo entrevistado dice la palabra fracaso al menos unas diez veces, si no más. La fantasía del bienestar burgués a costa de cualquier cosa (incluso de haber abandonado a sus compañeros o a aquellos que él mismo había convencido, sic del entrevistado) me afectó profundamente en términos de la falta de sensibilidad hasta para encarnar un fracaso y no enterarse del mismo.
Dicho todo esto, ¿por qué me infringí ver esas tres horas con cuarenta y seis minutos de ejercicio audiovisual? He aquí el cuento: un avión nos dejó varadas en la pista y me puse a leer los diarios; así encontré una nota en la que Diego Batlle desenmascara las motivaciones de este estreno en el BAFICI. El avión finalmente despegó con la curiosidad ya implantada y, al llegar a Buenos Aires, le pregunté a un amigo qué sabía sobre esto. Me mandó la meticulosa e inteligente nota de Nicolás Prividera y la sorpresiva defensa a la película del mediático Llinás. Luego de eso, pregunté a los amigos piratas si alguien ya tenía el link de la película.
La vi con ganas de que me gustara, ya que la violencia armada para mí siempre fue un peso, y creo haber sido bastante crítica con ella; lo que incluso, cuando estrené Los rubios, me hizo padecer la ofensa de varios miembros de la organización HIJOS. Después de verla, me quedé un rato navegando por internet, buscando noticias sobre su director Villegas, y encontré una nota muy linda de Lucía Salas, donde además hace una crónica de una función baficera en la que gritaron: “Presente, ahora y siempre”. Algo es algo, aunque parece que la mayor parte de la sala se molestó con ese cántico. Seguí navegando y me encontré con una nota de Quintín sobre Contramarcha, de María Moreno, y Diario de la grieta, de Juan Villegas. La abrí con una alta carga de morbo, convencida de que Quintín hablaría mal del libro de Moreno y bien del otro, lo cual me provocaría una gran indignación, ya que Contramarcha es un libro inmenso en su pluma e infinito en sus dispositivos narrativos. Pues Quintín escribe muy justas alabanzas al libro de Moreno y dice cosas bastante malas del otro. Porque Quintín será la representación de la derecha democrática, pero sabe leer, y eso se ve en esa nota y en las muchas que le he leído sobre literatura. Pues bien, hasta acá quería llegar.
Prividera se cruza con Villegas por la bibliografía que aparece en los títulos finales, aunque en mi opinión esa zona del análisis de Nicolás es la más débil, porque no importa cuánto ni qué haya leído Villegas, su problema es cómo lee, y eso se devela en su intento cosplay de demócrata noble, pero obliterando los cientos de detalles que llevaron a las organizaciones a la lucha armada, entre ellos los dieciocho años de proscripción, las sistemáticas dictaduras, la traición por parte de la burocracia sindical y el violento advenimiento de la Triple A. Cuando hablemos a calzón quitado de eso (sobre todo de la Triple A), el testimonio de los arrepentidos pero aún fascinados con las armas tal vez logre tener un lugar justo en el panteón de los recuerdos. Mientras tanto, estos cuentos no hacen más que seguir embarrando la vida social y política del país. De todas formas, la respuesta de Nicolás, citando los estatutos de verdad social que sostiene Alemania, es absolutamente brillante. Recomiendo a quien haya llegado hasta acá leer esa nota.
Pero aquella crítica de Quintín me hizo llamar a una gran amiga, macrista ella, para preguntarle si tenía aquel diario sobre la grieta, y claro que lo tenía, pero me aclaró: “mirá que es muy malo”. Pues me lo traje a casa igual y leí algunas partes, a ver si comprendía de dónde venía esta extraña voluntad de mezclar el agua con el aceite, que sería el mélange que acomete Villegas cruzando testimonios de víctimas con arrepentidos de las armas (entre los que se halla un músico —emoji de ojos muy abiertos—). Y encuentro una similitud entre este diario en primera persona y los testimonios de las víctimas: la soledad. Tanto el Villegas del diario como las víctimas de la guerrilla se quejan de lo mismo, su soledad. En el diario me llama mucho la atención que un muchacho de mi edad solo se cruce con kirchneristas. No sé por dónde se mueve este hombre, pero, siendo cineastas burgueses de la misma generación, no comprendo cómo no encuentra con quién compartir el horror antiperonista, pues está lleno de esa gente en el cine argentino y más allá también. Otra digresión: mi hijo fue a un primario progre y compartió aula con el hijo de un ministro kirchnerista y, por lo menos, cuatro hijos de macristas. Todos metidos en las mismas reuniones de madres y padres durante siete años. Es sorprendentemente asombrosa la soledad de Villegas en ese diario. Y en el caso de las víctimas, también es notablemente asombrosa después de tantos años transcurridos. Hasta las hijas e hijos de represores han armado grupos, asociaciones, organizaciones, clubes, lugares de encuentro donde descargar sus historias.
Y aquí llego a la nota del mediático Llinás y a la falacia que viene consolidando desde Argentina, 1985 sobre las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Según él, hace más de cuarenta años que nuestro país sostiene esa virtuosa política estatal. Parece olvidarse de la Ley de Obediencia Debida, la de Punto Final y los indultos. Digo que viene sosteniendo esa idea desde aquella película porque en la nota comete la misma omisión respecto de los organismos de derechos humanos. Cuando sucedió el Juicio a las Juntas, no fue porque un fiscal oscuro que había rechazado sistemáticamente los hábeas corpus de las familias de los desaparecidos de pronto sintiera un llamado o tuviera una epifanía. Aquel juicio sucedió porque las Madres, Abuelas y Familiares venían realizando un inmenso trabajo de militancia y reconstrucción social desde la misma dictadura hasta ese momento, de tal modo que a los poderes institucionales no les quedaba otra opción que escuchar esa voz popular. Eso hizo Alfonsín: escuchar a las Madres, que por aquel entonces representaban esa voz popular. Lo mismo sucedió cuando el kirchnerismo tomó los derechos humanos como política estatal. Eran los organismos —entre los que ya se había incluido HIJOS— los que venían ejerciendo una presión social tan contundente que incluso cuando asumió Rodríguez Saá por apenas unos días, lo primero que dijo en el Congreso fue: “Vamos al default y que entren las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”. Kirchner llegó después, pero el camino ya estaba trazado por ellas, que con su militancia habían logrado un consenso social tal que cualquier político quería capitalizar. Muy diferentes aquellos dos momentos históricos a los de ahora, donde la sobreexplotación de aquel consenso social ha erosionado aquel capital y estamos viendo cómo los buitres vienen a comerse la carroña.
Por otro lado, Llinás también figura en los agradecimientos del reducido equipo de tareas, aunque eso puede no significar nada, o tan solo que prestó una cámara o la batería de la misma. Sin embargo, me llama la atención su participación en el debate. Siendo él tan obcecado en el deber ser del cine, es llamativo que defienda este aparato que, a todas luces, no tiene ningún valor cinematográfico. Tal vez tantos jueguitos ficcionales con los espías y las emociones populares lo hayan llevado a confundir la realidad de la injerencia de un producto cultural con las especulaciones argumentales que hacemos cuando guionamos. Ni idea, pero llamar a esta película osada me resulta descabellado por donde se lo mire. Insisto: ¿acaso no abren nunca el diario La Nación? Salen notas a las víctimas varias veces al año. ¿Nunca las leyeron? ¿Acaso no leyeron ninguno de los libros que se citan al final? ¿Cuál es la novedad, la osadía, en una película que repite como un loro y entrecorta testimonios, confundiendo aún más una parte de la historia que ha sido sistemáticamente embadurnada, empezando por lo que hizo la dictadura con aquella militancia? Por otro lado, Pilar Calveiro publicó el primero de aquellos libros donde pone en cuestión la lucha armada en el año 2003. ¡Hace veintitrés años! Aquello sí que fue osado. Veintitrés años más tarde no es más que bullshit, la misma mierda de toro que Llinás acusa de producir a quienes nos gobiernan.
Finalmente, la soledad es muy dolorosa en general y no se la recomiendo a nadie, pero me gustaría dejar apuntado que hay algunas que son más voluntarias que coyunturales. Villegas tiene un montón de pares macristas con los que podría compartir sus incomodidades políticas y, si alguno de los que aparecen en este podcast graficado supiera leer algo de la historia de la humanidad —ya ni siquiera la de este país—, habría comprendido que las víctimas, incluso para dejar de serlo y pensarse como sujetos sociales con participación en la vida pública, se juntan o se agrupan para intercambiar sus circunstancias, llorar abrazadas u organizar un reclamo en conjunto. Como lo hicieron las Madres, las Abuelas, los Hijos, los sobrevivientes de Malvinas, las travestis, los cartoneros, las Madres del gatillo fácil y hasta las putas para regular a sus clientes.
Porque, como bien dice una de las placas de inicio, con firma de Sarlo: “Es más importante entender que recordar, aunque para entender sea preciso, también, recordar”.
Sin entendimiento, recordar también se vuelve un acto absolutista, y de ahí es de donde estamos intentando salir hace tantos años.
Albertina Carri / Copyleft 2026


Esta vez, el mediático se llamará a silencio. Solo se limitará a manifestar lo desagradecida que es la autora de la nota con quien, en forma noble y desinteresada, en circunstancias que no daremos a publicidad, se ocupó de que no le faltaran botellas vacías para evitar la sed.
Esto, para no mencionar el caudal de botellas LLENAS, que tambien la autora recibió de ese repudiable mediático, en circunstancias menos apremiantes.
Me pregunto a qué viene este comentario?
Acá se está hablando de cine, de política, nadie saca al aire ropas sucias.
Parece comentario de un abusador acusado de #metoo intentando defender lo indefendible!
Mariano, escribiste un texto «polémico» en este mismo sitio, en cuyo espacio para comentarios no dejaste de intervenir, pero ahora te vas a llamar a silencio (haciéndote el) ofendido?
La autora es desagradecida porque critica lo que escribiste, ya que alguna vez la ayudaste a «calmar la sed»?
Esa ayuda pasada implica que deba hacer silencio sobre tu defensa de una película que le parece deleznable, no digamos ya sobre la película misma?
¿Será posible que te metas en todo, Privi? ¡Es un chiste interno entre Albertina y yo, meterete!
No es ningún chiste, Mariano. Y no todo se resuelve con uno… Aquí se te hacen críticas muy concretas, en una «polémica» en la que te metiste vos solito. Veremos si los amantes de Saúl también se llaman a silencio.
Me-te-re-te
Es un texto innecesariamente agresivo. Que repitas tres o cuatro veces «equipo de tareas» para referirte a los que hicimos la película es de una bajeza que no esperaba de vos. Espero tu pedido de disculpas.
Hubiera sido más gracioso que directamente se refiriéra a vos como el «General Villegas»
Juan, alguna vez te pusiste a pensar que es tu película la que puede resultar (innecesariamente) agresiva, más en el contexto actual (lo que obviamente te señalan todas las críticas, incluso las bondadosas)?
La falta de historicidad de tu película, en la que en ningún momento se menciona que quien canceló toda posibilidad de juzgar los crímenes a civiles fue la Triple A y la dictadura, y el goce a la bartola de poner a los militantes de aquella época como unos pistoleros, es muy de grupo de tareas. Sumado al actuar en patota, ya que no solo esta película se alinea a los discursos oficiales, sino también a esa derecha democrática que patalea detrás de tu daddy Q, que sabrá leer pero poco comprende de procesos sociales e históricos.
Mi intervención fue solo para dar cuenta de que es en mi propia generación que se está actuando como unos viejos meados, aunque aún ágiles para hacer películas “al trote“.
El resto de las chicanas no merecen respuesta, pues ya Prividera dejó claro que ninguno se está haciendo cargo de realmente contestar, sino solo tirando más bullshit para seguir ensuciando. Operación que hace esta película aunque se disfrace de clean.
La película es muy ofensiva en su dispositivo reduccionista de víctimas y pistoleros, ojalá algún día vos le pidas disculpas al cine argentino por esta intervención tan miserable.
Hoy va a salir una respuesta a los argumentos de Prividera, en este mismo sitio.
Respecto a tu respuesta, lamento que sigas insultando y agrediendo, tergiversando las cosas, acusándome de cosas que no merezco. Más valiente de tu parte hubiera sido que me lo digas en la cara el otro día, cuando nos saludamos en la puerta de la FUC y no podías ni mirarme a los ojos.
Yo no tengo que pedir disculpas por una película hecha con total honestidad y profesionalismo.
Responderé a tus argumentos en otro texto, posiblemente.
quertido, ese día que te crucé en la fuc junto a mi familia. tanto mi hermana como mis sobrinos te quisieron bardear, pero les pedí que nos llamemos a silencio hasta tanto no ver la película. la vi al día siguiente de ese cruce, ya que ese mismo día que nos cruzamos acaba de llegar de viaje y acababa de enterarme de su existencia y como digo en la nota, hubiera preferido que me parezca un aporte y no un tremendo retroceso medieval de personajes que se hacen los lobos esteparios cuando tienen todo un aparato detrás.
Gracias por la aclaración. Ahora entiendo de otra forma tu incomodidad de ese momento. Y la acepto.
Tus insultos y agravios me siguen doliendo.
Albertina, estamos atravesando un momento crítico del país y del mundo, la discusión sobre como actuar ante eso es urgente, esta película nos permite discutir sobre eso, y celebro eso. Vos podes tenes otra idea. La película de Villegas es necesaria. No la desaprovechemos. Discutamos de lo que importa
Háganse cargo de la película tendenciosa y facilista que hicieron en lugar de responder puras canalladas.
Querida Albertina:
Nos hemos peleado a la distancia, pero alguna vez pudimos finalmente darnos un abrazo. Hoy puedo decir que me alegra hayas decidido intervenir en este seudodebate (en el que jamás se contestan las críticas), con tanta contundencia. Lamentáblemente vas a tener la misma falta de respuestas, escudadas ahora en la «agresividad» de tu nota.
Quintín escribió también en estos días un tuit que remataba «memoria-verdad-justicia=inquisición», así que la representación de la derecha democrática vaya uno a saber adónde quedó en la Argentina. Pero como «sabe leer» (ponele) no es agresivo…
En su momento yo también leí criticamente ese diario de Villegas, escrito con la misma desidia (o falta de comprensión digna del personaje limitado que autorretrata): https://www.conlosojosabiertos.com/diario-de-la-grieta/
Efectivamente, lo que quise señalar al mencionar su «bibliografía» (tan alabada por Llinás) es que «no importa cuánto ni qué haya leído Villegas, su problema es cómo lee». O cómo cualquier cosa que lea cae en saco roto. Incluyendo estas críticas.
Te dejo un abrazo.
Querido Nicolás,
a mi me alegra infinitamente que hayamos discutido en su momento, que nos hayamos dado un abrazo en aquel otro y que ahora estemos pensando juntos de nuevo sobre lo que significa la reconstrucción social en medio de tanto liberal haciéndose el desentendido.
Un abrazo grande.
No me lo puse a pensar ni lo pienso ahora que vos me lo señalás. Estoy convencido de que no es una película agresiva. ¿Qué es lo que «señalan todas las críticas, incluso las bondadosas»? ¿Que la película es agresiva o que el contexto actual la hace agresiva? La cantinela de «no es el momento» me parece ridícula.
Ambas cosas, el contexto sólo potencia todo lo que está mal en la película…
La cantinela de «no es el momento» es ridícula, efectivamente. Se lo podés decir a hernanii que usa ese argumento (y título) en Seúl. Pero ninguna de las críticas dice «no es el momento», sino que te señalan tooooodos los problemas (formales, argumentales, históricos, etc) que tiene No matar. Y sobre eso ninguno de sus defensores ha respondido nada (basta ver la nota de Llinás en este mismo sitio).
La primera crítica que salió, la de Diego Maté, respondió por adelantado todo lo que luego se dijo en cuanto a lo cinematográfico. Hernan, precisamente, critica la impugnación en base a que «no es el momento». Y lo hace muy bien. Volvé a leer las críticas en contra. Muchas dicen que no es el momento, de distinas maneras, incluyendo la tuya.
Maté «respondió por adelantado todo lo que luego se dijo»? Sería un curioso modo de escribir una crítica, salvo que ningun texto haya sido mejor que la previsible defenda de Maté. Y hasta en Letterboxd hay algunos muy buenos. Así que además de volver a leer voy a volver a escribir, para profundizar sobre todo esto… Vos tratá de pensar por qué hasta Albertina Carri, que no suele tener este tipo de intervenciones, se siente compelida a hacerlo y de esta manera.
Salcedo, andá a insultar a otro lado.
Cuesta reconciliar que el tipo que hizo «Sábado” -entre otras maravillas- estrene esta ‘cosa’ en el marco donde la Vicepresidenta es amiga personal y defensora de los represores, y en un clima donde los desaparecidos son negados y el terror es justificado, ni hablar de los estrenos que se manda cada 24/3 el Presidente. Tristísimo.
A quien le sirve una película así? Al nefasto de Noriega? A al pobre viejo patético de Quintín? A la derecha rancia? Pedi disculpas vos Villegas!
Dos cosas para decir: La pelicula es negacionista y que al pedo que están para contestar tantos comentarios. Viva la libertad carajo!
Bueno: Se trasheó la cosa. Ya será hora de ir terminando, como sugiere el humorista «Aresenio». El resultado de este debate es bastante decepcionante. Como nadie ignora, hay una gran parte de la opinión publica que piensa que algunos temas (la violencia de las organizaciones armadas, las víctimas civiles de sus actos, etc.) están silenciados por un discurso monódico. Esa idea, ampliamente usada por los negacionistas del gobierno, es lo que- a mi entneder- hay que desarticular. Por el contrario, la desaforada virulencia de las reacciones al film de Villegas -que alcanzan su corolario en estos últimos insultos personales que el administrador del sitio ha hecho bien en admitir, para que quede claro el tenor de la reaccion- y la casi unánime hostilidad del pensamiento progresista parecen empeñadas en darles la razón a esas opiniones. A partir de ahora, ante este recibimiento disciplinario, cualquiera que tenga intención de referirse a estos temas sabe que no importa qué medidas tome para demostrar sus intenciones democráticas: ya el solo hecho de meterse en el barro augura la cantinela admonitoria del comité de bienvenida. Buen trabajo, muchachos.
Ciertamente algunos comentarios no ayudan en nada, pero vos ya habías decidido abandonar la sala en tu primer comentario a esta nota. Porque «la desaforada virulencia de las reacciones» es una vez más la excusa para no contestar lo que se argumenta en este texto y otros precedentes.
No hubo ningún «recibimiento disciplinario», y siempre fue evidente que «cualquiera que tenga intención de referirse a estos temas» debe abordarlos con sensibilidad, dedicacion y honestidad intelectual. Decor que esta película es ejemplar de que «no importa qué medidas tome para demostrar sus intenciones democráticas» es absurdo. Las intenciones no se enuncian en cartelitos previos: si vas a meterte en el barro vas a tener que hacerlo bien, en todos los sentidos de la palabra. Todo lo contrario se hizo en esta película, que no puede soportar ni su propia discusión. Pero tal vez embarrar la cancha era parte del trabajo.
Pifiaste y la lugoneaste, Mariano. Es un gesto de nobleza reconocer que inocentemente confundiste camiseta y te pusiste la del rival. No dudamos de tu inteligencia y sabemos que pronto vas a reivindicarte, abrazo.
¿Qué sería «lugonearla»? ¿Volverse fascista? ¿O escribir el Lunario Sentimental?
No vi esta película de Villegas y no voy a verla. Desde que en 2010 Sergio Wolf decidió abrir su BAFICI con Secuestro y muerte y cerrar con la horrenda Los condenados y me dijo a mí personalmente que había tomado esas decisiones porque estaba harto de que se glorificara a la militancia setentista y se proponía terminar con eso, percibí de manera creciente un dispositivo que me atrapaba para discutir cosas que no eran interesantes a partir de películas malas. Eso se agravó en sucesivas ediciones, cuando casi todo el mundo todavía estaba entusiasmado con el festival. Con los años vino la censura a Tierra de los padres y la promoción de engendros abominables como El Olimpo Vacío (que Panozzo desde el catálogo anunció como «La película política argentina más poderosa en muchos años» (!!!), El diálogo, Esto no es un golpe y una serie de intentos de reponer la perspectiva «Dos demonios», en cuyas proyecciones se congregaban lo más rancio del macrismo y el futuro mileismo, mientras desde el Congreso las bancadas de derecha desplegaban banderas contra «el curro de los derechos humanos» y el malogrado secretario de cultura porteño Lopérfido usaba la presentación del festival para instalar una abyecta discusión sobre la cantidad de los desaparecidos. La continuidad politica del BAFICI desde 2010 se mantuvo hasta hoy, con un conjunto de programadores que están desde ese entonces y un intento persistente por imponer una agenda anti-organismos de DDHH. Así que con solo enterarme por el título y los textos de difusión que Villegas había hecho esto me bastó para comprender que no era para mí. Sospecho que la carrera de la película empieza y termina en el BAFICI, como pasó con las otras que mencioné, y que su funcionalidad es lograr que durante el mes posterior al festival las discusiones se agoten alrededor de interrogantes falaces e irrisorios. Las posiciones, mejor o peor articuladas, son idénticas año tras año, aunque cambien las películas. Y los energúmenos que antes se congregaban para ver los bodrios de Carolina Azzi y Pablo Racioppi ahora ya están en puestos oficiales maniobrando para imponer el fascismo como práctica natural de la vida cotidiana. Si en lugar de poner en la competencia esta, hubieran programado la infinitamente superior «Para hacer una pelicula solo hace falta un arma» de Santiago Sein, otro gallo cantaría: estaríamos discutiendo sobre las nuevas formas del cine político y de cómo la persitencia de la memoria cinematográfica y el riesgo artístico pueden permitirnos renovar las narrativas de la historia reciente y enfrentarnos con problemas más complejos y estimulantes. Pero este texto de Carri trae un nuevo brío, desde su arranque Albertina usa otra entonación, con un manejo justo del humor, dosis de ira y un arte de la injuria que no cae en la grosería ni en la careteada. Virtudes retóricas en función de una posición politica franca. A Carri ya la conocemos, sabemos que no nos quiere vender gato por liebre porque el peso de su autoría respalda cada palabra. De hecho no cuesta reconocer en esta voz a la narradora de Cuatreros. Un estilo de intervención que a veces es necesario encontrar para no morir de aburrimiento. Así que solo por llegar a este texto quizá se jusitifique la existencia de una película que, como empecé diciendo, nunca veré.
Nunca dije esta frase, ni parecida, que me atribuye Oscar Cuervo: «había tomado esas decisiones porque estaba harto de que se glorificara a la militancia setentista y se proponía terminar con eso»,
Eso es todo, Sergio?
La conversación no existió?
Las decisiones de programación no existieron?
Esa constante en la programación del bafici, continuada luego de tu partida, no existió?
Y sobre la película de tu compañero de Revista de cine no tampoco vas a decir nada?
El silencio es atronador.
El mecanismo de Prividera es de lo más insolito: se la pasa exigiendo a los demás que escriban y participen en los debates, y cuando lo hacen no escucha ni un sólo argumento, no se permite dudar ni una sola vez, se deshace en forma automática de cualquier idea que contradiga la suya. ¿De dónde vendrá esa pulsion por fomentar debates que en el fondo no le interesan y en los cuales repite con monotonía los mismos argumentos: exactamente los mismos? Pero bueno: A man must have a hobby
Lo insólito es que te la pases entrando acá (incluso después de enviar una nota) y sigas sin decir una sola palabra sobre la película. Nadie exige nada más que tu propio texto y participación. Los «colegas» silenciosos que menciona Villegas al menos toman la precaución de no ser bocones. Vos venís acá a denunciar lo que ejercés: no escuchás un solo argumento, no dudas ni una vez, te deshacés de cualquier idea que contradiga a la tuya, y repetís con monotonía sandeces. Lo mismo hizo Villegas con su película. Y cuando previsiblemente se les responde, se ponen a llorar «agresión».
Por si no te diste cuenta además lo idiota que suena todo eso sin decir una sola palabra sobre lo que sostiene Carri, en la nota bajo la que estás derrapando (incluso después de anunciar tu retirada porque ye mencionó). Respondele a Carri, Mariano, en vez de jugar al espejito.
Wolf, me lo dijiste después de la proyección de Los condenados de Isaki Lacuesta, cuando te comenté que me parecía una película indigna de la -hasta ese entonces- tradición del festival. La conversación ocurrió cerca de las 22 del 18 de abril de 2010 en el hall del Abasto, donde nos cruzamos. No había otros testigos y obviamente no lo grabé, pero defendiste tu decisión de ponerla como película de cierre por los motivos que antes cité. Podés cambiar una palabra por otra pero el sentido de tu decisión política me lo explicaste con claridad y la historia posterior del festival lo ratifica. Yo lo publiqué en el blog hace ya muchos años https://tallerlaotra.blogspot.com/2012/04/la-macrizacion-del-bafici.html. Si te sirve usá el link para incluirlo en el Archivo Bafici en el que estás trabajando. Podés desmentirme por supuesto. Es tu palabra contra la mía.
Cuervo: Estás en tu derecho de que Los condenados, de Isaki Lacuesta, te parezca indigna. Defiendo la decisión artística que me hizo programar como clausura del Bafici una película de un director importante en la historia del festival, que fue programado muchas veces, creo que desde la tercera edicion, antes y después de mis años como director, y en este caso particular, además, con una película que me parecía valiosa y no un invento del Bafici, ya que se había estrenado en Rotterdam y competido en San Sebastián, donde ganó el premio FIPRESCI. (Dicho sea de paso, Lacuesta, luego de ese Bafici, ganó dos veces el premio a mejor película en San Sebastián y el Goya como mejor director). Cambiar una palabra por otra claro que es importante porque ese cambio produce un cambio de sentido severo que termina poniendo en mi boca una mentira flagrante y grave. Aunque el argumento cae por el propio peso al obligarme a enumerar que escribí sobre el cine de los años ´70 y sobre el cine sobre los años ´70 por lo menos quince veces en libros y revistas (desde aquel texto en mi libro Cine Argentino. La otra historia a inicios de los 90, en uno compilado por Gerardo Yoel, en Clarin, en Página 12, en La mirada cautiva, en la revista Film y los dos últimos hace un mes en Panamá Revista), eso además de haber programado films de y sobre la militancia de los ´70 y la dictadura y las miradas sobre la dictadura, desde varios films de Jonathan Perel, Lucía Cedrón y un foco de Pablo Szir a Patricio Guzmán y Carmen Castillo. Decir que la historia posterior ratifica esa supuesta decisión, en una alucinada planificación sistemática y orquestada, entreviendo unificación de criterios (cuando siempre son los de cada director artístico, antes y después de mí, y no es lógico hacerse cargo de lo que los anteriores o posteriores programan) es directamente absurdo. Respecto del ofrecimiento para el Archivo Bafici de tu artículo en el blog, cuando lleguemos a organizar esa zona del archivo seguramente te contactaremos.
Wolf: no es necesario tu curriculum porque te conozco bastante desde los años 80. Muchas veces conversamos sobre cine y muy especialmente sobre el BAFICI, antes y también durante tu colaboración con el macrismo. Ratifico lo que me dijiste aquella jornada final de 2010: que programabas esas películas como apertura y cierre porque valorabas que cuestionaran los ideales setentistas, dado que ya estabas harto de que se glorificara a los militantes de aquella década. Me llamó la atención que, para darle un lugar tan destacado a Secuestro y muerte y Los condenados, no defendieras su valor cinematográfico sino su sesgo ideológico. Pero ahí entendí que tu gestión en el festival estaba perfectamente alineada con las políticas de Hernán Lombardi. A partir de entonces empezó una declinación del BAFICI que todavía no termina. Menos me sorprendió cuando en 2012 decidiste dejar afuera Tierra de los padres, no solo de las competencias sino absolutamente fuera de la programación, sin dar ninguna explicación:
«Si la protesta del director fuera por que la excluyeron de alguna competencia -escribía en ese momento Quintín-, los programadores podrían decir que había películas mejores y, como no hay criterios objetivos para seleccionar películas, habría poco que objetar formalmente. Pero excluir lisa y llanamente una película argentina del Bafici cuando tiene buenas críticas de personas confiables y es seguramente distinta de las otras de ese año, me pareció raro para un festival cuya tradición es programar películas radicales. A varios nos sonó medio inexplicable que la película no estuviera y no se nos ocurren en principio los motivos. No parece haber cincuenta joyas argentinas en ningún año del Bafici como para dejar afuera una película que, al menos, es capaz de generar estas polémicas».
También tengo en el blog las notas sobre la exclusión de Tierra de los padres, todo un hito. Si te interesan, cuando llegues a esa zona del archivo BAFCI te paso los links.
Lo que vino después con Panozzo y Porta Fouz y con a agobiante presencia de Lopérfido solo empeoró lo que vos habías arruinado. No se trata de una «alucinada planificación sistemática y concertada» sino de una coincidencia objetiva. Ni hace falta que uds lo concertaran: por los frutos se los reconoce. Si cité tus palabras de 2010 fue porque la defección que percibí ya no sorprende 16 años después. Por eso es que no pienso ver la de Villegas.
A los participantes: no he moderado ningún comentario (porque estoy en el contexto de un festival de cine), porque todos los lectores ya tenían permiso, y el único que sí lo precisó no tenía ningún insulto. No borraré ninguno de los publicados, porque se le ha respondido. Pienso que se puede decir todo, pero el límite sigue siendo el insulto. Es tan innecesario como una debilidad en cualquier argumentación. RK.
Cuervo: eso que decìs que te dije es mentira y lo sabés, aunque lo repitas.
A diferencia de muchos, creo que la pelìcula es oportuna, creo que en tiempos en los que los procesos de concentraciòn de riqueza llegan a niveles que no hemos visto en la historia de la humanidad, contando nuestro país con el triste privilegio de contar con un presidente que es el innoble escudero del imperio que ldera tan cruel y vertiginoso proceso de exclusiòn social. No soy ninguna especialista en cine, nada mas lejos me pareciò la película que aburrida, no puedo sino sacarme el sombrero frente a un director que tan solo con una una cámara capturando el relato del entrevistado sentado en una mesa con un fondo blanco y una làmpara puede mantener la atenciòn de su pùblico y mantender un cine lleno, sin señales de cansancio alguno durante 2 horas enteras, y volver, todos, despuès del intervalo, a continuar viendola hasta el final, y ello tan sólo con la toma en primer plano de cada uno de los entrevestados hablando. Tampoco soy inocente y entiendo cual es la funcionalidad que una pelicula como esta puede tener. Eso no me va a dejar sin abrazar a quienes padecieron los 70, que fuimos muchisimos y de formas muy diversas, pero sobre todo no me va a dejar sin darle la importancia que tienen películas como estas para que nos preguntemos por donde ir, y escuchar por donde fueron algunos en situaciones similares que vivio nuestro pueblo, y cuales fueron las consecuencias de esas decisiones.
Estimada Albertina Carri,
Algunas correcciones sobre su interpretación de la historia:
No fueron las Madres de la Plaza las que obligaron a Raúl Alfonsín a convocar a la CONADEP y luego al Juicio a las Juntas. Antes de asumir el presidente ya tenía en sus manos el proyecto elaborado por dos prestigiosos juristas, Jaime Malamud Goti y Carlos Nino, quienes habían trabajado en Europa acerca de cómo impedir que el terrorismo de Estado quedara impune, como sí proponía un buen porcentaje de la sociedad argentina. Los partidos de la oposición y las madres se opusieron a la CONADEP, exigiendo en cambio, que se formara una Comisión Bicameral en el Congreso para abordar los crímenes de la dictadura militar.
Estoy seguro de que usted y yo coincidimos en la caracterización del actual presidente, pero no se puede afirmar que la “Triple A se pasea hoy por la Casa de Gobierno”. Es una banalización. Sí lo hizo en los setenta bajo la presidencia de un hombre que autorizó, ascendió y felicitó a los miembros de esa tenebrosa organización. Usted trabaja con imágenes. Si desea le envío algunas que poseo en mi archivo.
La CONADEP y el Dr. Strassera cumplieron un papel fundamental durante el Juicio a las Juntas. No es justo desmerecer la tarea del Fiscal.
No logro comprender su ira, su desprecio hacia la obra de un colega suyo, un director de cine. Su crítica deja de serlo cuando recurre a adjetivos ofensivos, ironías elementales. Lo que hizo Juan Villegas es darle voz a los familiares de víctimas de la guerrilla. Es legítimo hacerlo. No se viola ningún código ético ni moral. No ofende a nadie salvo a quienes siguen aferrados a la romántica mirada de un pasado poblado por guerreros sin tacha, puros, angelicales y justicieros. Una imagen construida durante un gobierno que pretendió igualar el descuelgue de un cuadro con uno de los juicios contra perpetradores más importantes del siglo XX.
Está pendiente aún la realización de un documental que aborde otros casos que parecen estar cubiertos de polvo o neblina. Me refiero, por ejemplo, al de los familiares de los soldados asesinados en Formosa (5/10/1975), todos morochos, todos pobres, todos cabecitanegra, como ironizaba Arturo Jauretche. Madres, padres, hermanos de esas víctimas que por desconocer los mecanismos para llegar a la Comisión Internacional de Derechos Humanos fueron relegados, de manera vergonzante, a los márgenes de la historia. Igual que los nueve policías rosarinos (12/9/76) que murieron por una bomba junto con un matrimonio civil que circulaba por allí. Los nueve también eran cabecitas y pobres. Y no volvían de realizar ninguna acción represiva sino de custodiar un partido de fútbol.
Por último, yo soy, como usted dice, el “más viejecito de los entrevistados”. Le cuento que no es la primera vez que formulo críticas al accionar armado de los setenta, de los que participé. En el exilio mexicano, junto con compañeros argentinos, publicamos la revista Controversia. En el primer número escribí la primera reflexión sobre la violencia revolucionaria. Estamos hablando de 1978. Al regresar,en democracia,fui miembro de la revista La ciudad futura, en cuyas páginas seguí insistiendo en el tema. Luego fundéjunto con dos compañeros la revista Lucha armada en la Argentina, publicación que a lo largo de diez años abordó exclusivamente, y con una mirada crítica, el tema de la violencia. Las páginas fueron abiertas a intelectuales y ex militantes para que expresaran sus ideas. Solo rechazamos los textos de contenido insultante o malintencionado.
En cuando a la vida plena, ya escribí mucho sobre el tema. No insistiré. Solo quiero agregar que efectivamente disfruto el whisky con mi mujer. Cuestionar que lo hago en un contexto de 30% de pobreza es un argumento tan infantil que no creo necesario responder.
Finalmente, le deseo que siga con su valioso trabajo creativo
Cordialmente,
Sergio Bufano
Bufano,
No deja de ser asombroso leer las “correcciones” y reconvenciones de alguien que actúa hace años como “arrepentido” profesional. Debería al menos tener un poco de pudor, pero está visto que es mucho pedir.
Decir que esta película “no ofende a nadie salvo a quienes siguen aferrados a la romántica mirada de un pasado poblado por guerreros sin tacha, puros, angelicales y justicieros”, ofende la memoria de esos muertos, incluidos sus propios compañeros. Está claro que de haber sobrevivido algunos de ellos podrían haberse convertido en sujetos como usted, que habla medio siglo después con la fe de los conversos, aunque con la misma arrogancia de entonces. Ciertamente usted no fue ni es puro, angelical, ni justiciero. Pero a usted podemos juzgarlo (moralmente, Bufano) porque ha tenido cincuenta años para envejecer repensando su pasado.
Agregar después que esa es “una imagen construida durante un gobierno que pretendió igualar el descuelgue de un cuadro con uno de los juicios contra perpetradores más importantes del siglo XX” delata su persistente inquina contra el peronismo, sin la menor distinción ni agudeza. Como cuando nos descubre que Perón avaló la triple A (en cualquier momento descubre que era militar).
Su interpretación de la historia olvida también que Alfonsín hizo del llamamiento al juzgamiento (incluido el de la guerrilla de la que usted fue parte) parte de su campaña presidencial, para “pacificar” al país. Para ese mismo objetivo no dudó en motorizar luego las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
Afirma que “está pendiente aún la realización de un documental que aborde otros casos que parecen estar cubiertos de polvo o neblina”, pero no se refiere a la masacre planificada de sus compañeros sino a un hecho sucedido en Formosa en 1975… Sepa que esa película se hizo, pero es tan impresentable que no la defiende ni Villegas (y eso que su amigo Noriega intentó canonizarla en su libro “40.doc”, que no tenía otro fín).
La que falta es película y libro sobre el OCPO, que usted integró. Pero nos ha privado de esa historia. Si alguien la hace, esperemos le pregunte -por ejemplo- por el asesinato de Pedro Etchevehere en 1976, ya que le interesan tanto como a Villegas las víctimas civiles.
Conocemos su currículum, el que no parece conocerlo es Villegas en su película. Hubiera sido interesante que le contara de la revista “Controversia”. Lamentáblemente es uno de los últimos sobrevivientes de esa camada, que se ha rebajado ahora a la indignidad (no creo que la senilidad lo disculpe). Incluso la revista “Lucha armada en la Argentina” fue valiosa, aunque también Villegas parece ignorarla. Si en ella rechazaban “los textos de contenido insultante o malintencionado”, no habrían cabido en ella estas palabras suyas ni esta película.
Sobre “la vida plena” a base de whiskys (que no son para olvidar más que sus errores) lamentáblemente va a tener que insistir, porque no contesta lo que aquí le critica Albertina: “La fantasía del bienestar burgués a costa de cualquier cosa (incluso de haber abandonado a sus compañeros o a aquellos que él mismo había convencido, sic del entrevistado)”.
Finalizar “cordialmente” acaso sea parte del mismo cinismo.
A Bufano.
Gracias por este viejecitosplaining.
Tal vez su experiencia con Strassera y con López Rega sean bien distintas a las que mi familia tuvo con estos sujetos. Lo que ya dice mucho de quiénes somos. Y me llama la atención que un señor como usted que ha insistido tanto en investigar la mugre, no quiera reconocer que los lopezreguistas siguen circulando en los gobiernos democráticos e incluido en este. Evidentemente no leen el diario La Nación, ni las notas de Pagni, ni unos cuantos libros actuales.
Pero a partir de su intervención me voy a desdecir sobre algo de lo que escribí en “Aburrimiento y soledad“. Creo que Prividera tenía razón, hay que discutir la bibliografía, porque evidentemente estamos leyendo bibliotecas muy distintas. Lo que en muchos sentidos me alegra, ya que mi fuente de inspiración son los compañeros de mis padres que han sobrevivido con alegría, pero sin convertirse en unos viejecitos negacionistas y plenos del fracaso que encarnan. Es decir, una biblioteca que guarda una ética sobre los muertos, la historia y la memoria, que seguramente muchos de los que están respondiendo acá no comprenderían. Y usted sabe muy bien quienes fueron esxs amigxs ya que se presentó en el velatorio de Lila Pastoriza, acto que no hubiese cometido si Horacio, Alcira y Eduardo hubieran podido estar ahí de cuerpo presente.
Por último, no era necesario que me envíe su cv ya que es bien conocido su alegre derrotero.
Así que gracias de nuevo por sus cordiales aunque bastante insustanciales opiniones sobre el tópico que aquí se está discutiendo: el lenguaje cinematográfico convertido en un podcast de propaganda gubernamental ¡Y de qué gobierno!
Hay una relación directa entre las políticas de vaciamiento de la producción de conocimiento (la desfinanciación a la educación pública y a los institutos culturales) y los discursos plagados de ignorancia que volvieron a emerger como si no hubiera habido un ayer. Como si las décadas de discusiones sobre la militancia revolucionaria y el terrorismo de Estado no hubieran existido y estuvieran descubriendo en este mismo momento que existe el champán además del whisky.
Es impresionante la soltura con que quieren borrar la historia militante de este país.
Como dije en otro comentario, mi intervención fue para los cineastas del futuro, para que estén atentos a sus fuentes y a sus puestas en escena y que no olviden que una película que pretende ser política también es su contexto de realización. Veremos cómo los próximos interpretan estos legados. Mientras tanto, que siga disfrutando de su whiskicito mientras colabora con el gran sueño de la colonia.