
ABURRIMIENTO Y SOLEDAD. SOBRE NO MATAR
Hace poco, dando clases en una escuela de cine, una joven directora me describió su próximo trabajo: un cortometraje de quince minutos realizado con nueve planos abiertos, dentro de los cuales pasaba poco y nada. Entonces le dije: «Ah, querés hacer una película aburrida». Lo negó con ahínco y toda la clase derivó en una conversación sobre la necesidad de conocer nuestras intenciones con respecto a esos otros que recibirán nuestras especulaciones sobre sus cuerpos. Me refiero a las y los espectadores. Y también en mi insistencia en que no está nada mal hacer una película aburrida; por el contrario, querer aburrir me parece una actitud de gran nobleza. En el aburrimiento surgen pensamientos y deseos que, en la sobreexcitación que generan otras emociones, no tendrían lugar. Además, no creo que el cine deba emocionar, como dicen muchos, ni tampoco que deba provocar emociones violentas como el asco, la rabia o la indignación, aunque también sean posibles. No creo que el cine «deba» algo, porque es un medio y un lenguaje lo suficientemente abierto como para darse incluso el lujo de aburrir.
¿Habrá sido esa, tal vez, la intención del equipo de No matar? ¿Será esa su operación política al mostrarnos testimonios sin ton ni son, sin relación argumental, sin tensión narrativa, sin ilación histórica ni formal, y ni siquiera reflexiva? ¿Nos aburren para que surjan en nosotras nuevos sentimientos de justicia? ¿O será este aparato propagandístico un intento de hacer una Shoah latinoamericana con un puñado de víctimas y un puñado de arrepentidos? No queda claro por qué este reducido equipo de tareas —audiovisuales, en este caso— nos invitó a una velada de aburrimiento tan total. No se entiende por qué, teniendo ese archivo impresionante de aquel mítico programa del polemista de derecha Grondona (casi el único momento de feliz tensión que presenta este panfleto), la película nunca se hace cargo de lo que significa un archivo en la construcción de la memoria colectiva. Y no se hace cargo hasta el punto de que no resulta claro si advierte que la película misma ya es un archivo de esta época tan poco elegante como poco ilustrada. Una obra digna de su época, que los cineastas del futuro podrán usar para dar cuenta de un tiempo que tiene más de cosplay y de chorreo que de ideología partidaria. Aunque detrás de la aparente no ideología hay una importante fuente epistemológica que alienta a este gobierno y que, aparentemente, también alienta a estos cineastas al trote: los mercados. La oportunidad de fundar esta nueva colonia por la que las élites económicas vienen derramando sangre desde que a este país lo llamaron banalmente república.
En medio de este presente, ¿qué es este objeto con ínfulas minimalistas que devela más una pereza por parte de sus creadores que la inteligencia de aquel movimiento estético que abogaba por un “menos es más”? Lo mismo podríamos decir de su extensión, ya que la acumulación de cabezas parlantes —en su mayoría, testimonios harto conocidos— que narran tediosamente cómo se arrepienten de haber tomado las armas o, en el caso de las víctimas, cómo las empresas en donde ocurrieron los atentados les dieron la espalda a los familiares, no los reconocieron ni los acompañaron, se prolonga en una repetición monótona y paupérrima en términos de investigación. En el grupo de las víctimas tampoco hay demasiada novedad; es decir, son personas que vienen apareciendo por aquí y por allá, contando su historia. Excepto uno, el más conmovedor, al que volveré luego. Pero, además, la película no se toma ni dos segundos para reflexionar sobre la complicidad empresarial en el genocidio perpetrado por la última dictadura cívico-militar que padeció la Argentina, ni por las anteriores. No: así, muy livianamente, pretende que nosotras, las espectadoras, seamos unas caídas del catre y que, a cincuenta años del golpe, no nos hayamos enterado de nada. No vimos películas, ni leímos los diarios (La Nación se la pasa publicando notas sobre las víctimas de “la guerrilla”), ni ojeamos alguno de los cientos de libros que se escribieron sobre la época. Pero quiero pensar que la película no nos trata como borregos; entonces me pregunto si estará hecha para un público internacional, es decir, para personas que nunca tuvieron acceso a toda la información que nosotras sí hemos tenido a través de libros, diarios, noticieros e incluso películas. Y, en ese caso, la falta de entendimiento con que estos cineastas abordan los temas no solo resulta problemática, sino también desconsiderada con el cine y con la historia.
La postura de esta película me recuerda a un video que circuló al poco tiempo del asesinato de Bin Laden, en el que un actor disfrazado del mismísimo Bin Laden les contaba a otros, vestidos de manera similar, cómo había sido el ataque a las Torres Gemelas. Les describía cómo un avión impactaba contra una torre y luego otro contra la otra; es decir, relataba lo que la humanidad entera había visto por televisión, si no el mismo día del atentado, en los días, semanas o meses posteriores, cuando en los noticieros no se hablaba de otra cosa. Entonces, lo que se infería de aquel video era que los extras, disfrazados de árabes y atentos al relato del jefe de la banda, eran casi extraterrestres, porque no había humano que no se hubiera enterado del atentado a las Torres. Era tan inverosímil ese relato como vivir en este país y no haberse enterado de que la guerrilla se cobró víctimas fatales. Tan escolar era aquella operación que el video desapareció al poco tiempo de circular en redes. Tan escolar y naíf como lo es esta película insípida, que se parece más a un podcast que a un film.
En el capítulo Hablar para sanar, con el que concluye este torpe ejercicio de montaje y de redundantes entrevistas, la entrevistada —que viene hablando desde por lo menos los años noventa— cuenta que sintió ahogo hasta que pudo hablar. Y en la tesis de este podcast, eso ocurre recién ahora, cuando este cineasta ha decidido que es hora de ir a por más, de ampliar los testimonios en nombre de una democracia —que en este momento atraviesa una de sus mayores crisis de representación—, casi como si viviéramos en Noruega. Como si no habitáramos una desigualdad social inverosímil, conducidos por una banda de malhechores que ya ha vendido el país y nos ha involucrado en conflictos que nada tienen que ver con nuestro territorio. Como si no viviéramos en un planeta donde decir “Palestina libre” puede implicar consecuencias judiciales. Como si todo eso no existiera, la película se traviste de ecuánime o, peor aún, de justa.
Pero es cierto que en la película se habla mucho; diría incluso que se habla de más, ya que se dicen tantas cosas —y de un modo tan confuso— debido a un montaje que intercala un testimonio con otro y que atenta contra cualquier continuidad narrativa. No digo histórica, que también habría sido una búsqueda posible, sino argumental, de la película misma, que ya comienza agotada desde su título y desde la cobarde placa excusatoria con la que da paso a unas citas —otra vez, sin ton ni son— para luego iniciar los testimonios que, hacia el minuto quince, ya han dicho todo. Matar está mal. Lo curioso es que recién ahora parezcan descubrirlo. O, más bien, como si estos cineastas, recién ahora, hubieran caído en la cuenta de que matar está mal, quisieran arrastrarnos a nosotras hacia ese despertar tan tardío.
Sin embargo, me desdigo: no, no nos dijeron todo. Porque hay un momento particularmente revelador en el que los arrepentidos describen lo que los excitaba del uso de las armas. Describen el power que les daba sentir su peso contra el cuerpo o salir armados a la calle. Hago una digresión: me crié en el campo, donde por aquella época casi todo el mundo usaba armas, y como yo adoraba a los caballos, siempre que podía tomaba uno para irme a campo abierto a acompañar a los hombres en las tareas rurales. Allí me enseñaron a disparar, con unos once o doce años. Usé escopetas y revólveres, y nunca me fue grata esa práctica: desde la primera vez que toqué un arma sentí pánico y, después de algunos disparos a unas latas de tomate, nunca más quise volver a tener un arma entre mis manos. Me dan miedo, muchísimo miedo y espanto.
Tal vez por esa percepción que tengo sobre las armas es que me llamó la atención cómo los arrepentidos, sin embargo, reivindican ese goce que les daba estar armados, y cómo, a pesar de los años transcurridos, siguen sin hacerse cargo de ese gusto —difícil de nombrar sin incomodidad— por llevar un fierro encima. Y, por el contrario, siguen acusando al fierro de haberlos llevado a esa locura de la revolución, el foquismo y el poder popular. Es bastante vergonzosa esa postura, por no decir pueril, ya que ellos mismos repiten la palabra pendejos, pendejitos, chicos y jóvenes unas diez mil veces a lo largo de las tres eternas horas en las que hablan de las cosas con una vaguedad pasmosa.
Entre las vaguedades está la Masacre de Ezeiza, en la que ninguno aclara que los primeros disparos surgieron del escenario. Tal vez ese relato los podría haber llevado a las fechorías asesinas de la Triple A y a las huestes de López Rega y sus alianzas con la burocracia sindical, los militares y la policía. Pero no, en este cuento de hadas sobre construir una sociedad que hable para no ahogarse, nada de todo eso existe. Apenas se dice: aparecían muertos de todos lados y ya no se sabía de quiénes eran. Pues esa hubiera sido una película valiente, la que reconstruya la herencia que nos dejó esa pila de muertos. El éxodo masivo que generó la Alianza Anticomunista Argentina y la ristra de muertos y de responsables no juzgados, en un país donde las huestes lopezreguistas siguen transitando la Casa de Gobierno. Hablar de eso sería osado.
O tal vez hubiera sido más osado tomar la historia del chico al que una ráfaga de ametralladora le mató al hermano de cinco años. Quedarnos con él, en su intimidad de autos y descubriendo a esas personas que lo rodean que dicen no estar al tanto de los muertos de aquella época. O, al menos, escucharlo más, ya que él sí es una novedad, a diferencia de todos los demás a los que ya vimos o leímos en diversos espacios. Pero esa sería otra película, claro, y con ese relato tal vez no le alcanzaba para convertir a la militancia de los setenta en un grupo de desaforados amantes de las armas, que parece ser la intención más a la vista que esta película muestra en todo lo que no muestra, pues no mostrar es su gran arte. Me podrán decir que ya se hicieron suficientes películas reivindicando aquella militancia y muchas igual de flojas que esta, pero puedo decir a favor de aquellas que quienes las hacían acababan de perder a sus compañeros y compañeras y había una urgencia en esos relatos. Acá no hay ninguna urgencia, sino más bien oportunismo.
Además de aquel video de Bin Laden, esta película me recordó una escena de Juan, como si nada hubiera sucedido, la genial película de Carlos Echeverría, antítesis de la de Villegas. Pero hay un momento en esa película que tiene relación con esta, aunque por razones opuestas: el testimonio del padre del desaparecido cuando los militares le dicen que su hijo debe estar por ahí, caminando por los bosques de la Patagonia, que no se preocupe, que ya va a volver, y que si no está volviendo es porque está en un lugar mejor. Es decir, la escena en que el padre narra el cuento para niños con el que lo intentaron convencer quienes habían secuestrado a su hijo. El tono de No matar me trajo a la memoria aquel testimonio y la descripción que ese padre hace de aquel relato siniestro que le hicieron los asesinos de su hijo: “Calma, estamos haciendo que los pendejitos se calmen, cuando vuelva será mejor persona”. Nunca volvió.
En esa línea fantástica hay un momento que quiero destacar de este experimento por lo más aburrido e impiadoso: cuando el más viejecito de los entrevistados comenta que aquella (la de los setenta) no era una vida plena y que él, en cambio, ahora sí tiene una vida plena porque pasea con su señora y se toma un whisky a la noche. Es una hermosa perla que este hombre entrado en años, que participó de organizaciones armadas y que ya ha contado de toda la adrenalina que le daba usar armas, considere haber llegado a la plenitud tomándose un whiskicito a la noche en un país donde el 30% de la población (según cifras oficiales) está debajo del índice de la pobreza. Ese mismo entrevistado dice la palabra fracaso al menos unas diez veces, si no más. La fantasía del bienestar burgués a costa de cualquier cosa (incluso de haber abandonado a sus compañeros o a aquellos que él mismo había convencido, sic del entrevistado) me afectó profundamente en términos de la falta de sensibilidad hasta para encarnar un fracaso y no enterarse del mismo.
Dicho todo esto, ¿por qué me infringí ver esas tres horas con cuarenta y seis minutos de ejercicio audiovisual? He aquí el cuento: un avión nos dejó varadas en la pista y me puse a leer los diarios; así encontré una nota en la que Diego Batlle desenmascara las motivaciones de este estreno en el BAFICI. El avión finalmente despegó con la curiosidad ya implantada y, al llegar a Buenos Aires, le pregunté a un amigo qué sabía sobre esto. Me mandó la meticulosa e inteligente nota de Nicolás Prividera y la sorpresiva defensa a la película del mediático Llinás. Luego de eso, pregunté a los amigos piratas si alguien ya tenía el link de la película.
La vi con ganas de que me gustara, ya que la violencia armada para mí siempre fue un peso, y creo haber sido bastante crítica con ella; lo que incluso, cuando estrené Los rubios, me hizo padecer la ofensa de varios miembros de la organización HIJOS. Después de verla, me quedé un rato navegando por internet, buscando noticias sobre su director Villegas, y encontré una nota muy linda de Lucía Salas, donde además hace una crónica de una función baficera en la que gritaron: “Presente, ahora y siempre”. Algo es algo, aunque parece que la mayor parte de la sala se molestó con ese cántico. Seguí navegando y me encontré con una nota de Quintín sobre Contramarcha, de María Moreno, y Diario de la grieta, de Juan Villegas. La abrí con una alta carga de morbo, convencida de que Quintín hablaría mal del libro de Moreno y bien del otro, lo cual me provocaría una gran indignación, ya que Contramarcha es un libro inmenso en su pluma e infinito en sus dispositivos narrativos. Pues Quintín escribe muy justas alabanzas al libro de Moreno y dice cosas bastante malas del otro. Porque Quintín será la representación de la derecha democrática, pero sabe leer, y eso se ve en esa nota y en las muchas que le he leído sobre literatura. Pues bien, hasta acá quería llegar.
Prividera se cruza con Villegas por la bibliografía que aparece en los títulos finales, aunque en mi opinión esa zona del análisis de Nicolás es la más débil, porque no importa cuánto ni qué haya leído Villegas, su problema es cómo lee, y eso se devela en su intento cosplay de demócrata noble, pero obliterando los cientos de detalles que llevaron a las organizaciones a la lucha armada, entre ellos los dieciocho años de proscripción, las sistemáticas dictaduras, la traición por parte de la burocracia sindical y el violento advenimiento de la Triple A. Cuando hablemos a calzón quitado de eso (sobre todo de la Triple A), el testimonio de los arrepentidos pero aún fascinados con las armas tal vez logre tener un lugar justo en el panteón de los recuerdos. Mientras tanto, estos cuentos no hacen más que seguir embarrando la vida social y política del país. De todas formas, la respuesta de Nicolás, citando los estatutos de verdad social que sostiene Alemania, es absolutamente brillante. Recomiendo a quien haya llegado hasta acá leer esa nota.
Pero aquella crítica de Quintín me hizo llamar a una gran amiga, macrista ella, para preguntarle si tenía aquel diario sobre la grieta, y claro que lo tenía, pero me aclaró: “mirá que es muy malo”. Pues me lo traje a casa igual y leí algunas partes, a ver si comprendía de dónde venía esta extraña voluntad de mezclar el agua con el aceite, que sería el mélange que acomete Villegas cruzando testimonios de víctimas con arrepentidos de las armas (entre los que se halla un músico —emoji de ojos muy abiertos—). Y encuentro una similitud entre este diario en primera persona y los testimonios de las víctimas: la soledad. Tanto el Villegas del diario como las víctimas de la guerrilla se quejan de lo mismo, su soledad. En el diario me llama mucho la atención que un muchacho de mi edad solo se cruce con kirchneristas. No sé por dónde se mueve este hombre, pero, siendo cineastas burgueses de la misma generación, no comprendo cómo no encuentra con quién compartir el horror antiperonista, pues está lleno de esa gente en el cine argentino y más allá también. Otra digresión: mi hijo fue a un primario progre y compartió aula con el hijo de un ministro kirchnerista y, por lo menos, cuatro hijos de macristas. Todos metidos en las mismas reuniones de madres y padres durante siete años. Es sorprendentemente asombrosa la soledad de Villegas en ese diario. Y en el caso de las víctimas, también es notablemente asombrosa después de tantos años transcurridos. Hasta las hijas e hijos de represores han armado grupos, asociaciones, organizaciones, clubes, lugares de encuentro donde descargar sus historias.
Y aquí llego a la nota del mediático Llinás y a la falacia que viene consolidando desde Argentina, 1985 sobre las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Según él, hace más de cuarenta años que nuestro país sostiene esa virtuosa política estatal. Parece olvidarse de la Ley de Obediencia Debida, la de Punto Final y los indultos. Digo que viene sosteniendo esa idea desde aquella película porque en la nota comete la misma omisión respecto de los organismos de derechos humanos. Cuando sucedió el Juicio a las Juntas, no fue porque un fiscal oscuro que había rechazado sistemáticamente los hábeas corpus de las familias de los desaparecidos de pronto sintiera un llamado o tuviera una epifanía. Aquel juicio sucedió porque las Madres, Abuelas y Familiares venían realizando un inmenso trabajo de militancia y reconstrucción social desde la misma dictadura hasta ese momento, de tal modo que a los poderes institucionales no les quedaba otra opción que escuchar esa voz popular. Eso hizo Alfonsín: escuchar a las Madres, que por aquel entonces representaban esa voz popular. Lo mismo sucedió cuando el kirchnerismo tomó los derechos humanos como política estatal. Eran los organismos —entre los que ya se había incluido HIJOS— los que venían ejerciendo una presión social tan contundente que incluso cuando asumió Rodríguez Saá por apenas unos días, lo primero que dijo en el Congreso fue: “Vamos al default y que entren las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”. Kirchner llegó después, pero el camino ya estaba trazado por ellas, que con su militancia habían logrado un consenso social tal que cualquier político quería capitalizar. Muy diferentes aquellos dos momentos históricos a los de ahora, donde la sobreexplotación de aquel consenso social ha erosionado aquel capital y estamos viendo cómo los buitres vienen a comerse la carroña.
Por otro lado, Llinás también figura en los agradecimientos del reducido equipo de tareas, aunque eso puede no significar nada, o tan solo que prestó una cámara o la batería de la misma. Sin embargo, me llama la atención su participación en el debate. Siendo él tan obcecado en el deber ser del cine, es llamativo que defienda este aparato que, a todas luces, no tiene ningún valor cinematográfico. Tal vez tantos jueguitos ficcionales con los espías y las emociones populares lo hayan llevado a confundir la realidad de la injerencia de un producto cultural con las especulaciones argumentales que hacemos cuando guionamos. Ni idea, pero llamar a esta película osada me resulta descabellado por donde se lo mire. Insisto: ¿acaso no abren nunca el diario La Nación? Salen notas a las víctimas varias veces al año. ¿Nunca las leyeron? ¿Acaso no leyeron ninguno de los libros que se citan al final? ¿Cuál es la novedad, la osadía, en una película que repite como un loro y entrecorta testimonios, confundiendo aún más una parte de la historia que ha sido sistemáticamente embadurnada, empezando por lo que hizo la dictadura con aquella militancia? Por otro lado, Pilar Calveiro publicó el primero de aquellos libros donde pone en cuestión la lucha armada en el año 2003. ¡Hace veintitrés años! Aquello sí que fue osado. Veintitrés años más tarde no es más que bullshit, la misma mierda de toro que Llinás acusa de producir a quienes nos gobiernan.
Finalmente, la soledad es muy dolorosa en general y no se la recomiendo a nadie, pero me gustaría dejar apuntado que hay algunas que son más voluntarias que coyunturales. Villegas tiene un montón de pares macristas con los que podría compartir sus incomodidades políticas y, si alguno de los que aparecen en este podcast graficado supiera leer algo de la historia de la humanidad —ya ni siquiera la de este país—, habría comprendido que las víctimas, incluso para dejar de serlo y pensarse como sujetos sociales con participación en la vida pública, se juntan o se agrupan para intercambiar sus circunstancias, llorar abrazadas o organizar un reclamo en conjunto. Como lo hicieron las Madres, las Abuelas, los Hijos, los sobrevivientes de Malvinas, las travestis, los cartoneros, las Madres del gatillo fácil y hasta las putas para regular a sus clientes.
Porque, como bien dice una de las placas de inicio, con firma de Sarlo: “Es más importante entender que recordar, aunque para entender sea preciso, también, recordar”.
Sin entendimiento, recordar también se vuelve un acto absolutista, y de ahí es de donde estamos intentando salir hace tantos años.
Albertina Carri / Copyleft 2026


Esta vez, el mediático se llamará a silencio. Solo se limitará a manifestar lo desagradecida que es la autora de la nota con quien, en forma noble y desinteresada, en circunstancias que no daremos a publicidad, se ocupó de que no le faltaran botellas vacías para evitar la sed.
Esto, para no mencionar el caudal de botellas LLENAS, que tambien la autora recibió de ese repudiable mediático, en circunstancias menos apremiantes.
Es un texto innecesariamente agresivo. Que repitas tres o cuatro veces «equipo de tareas» para referirte a los que hicimos la película es de una bajeza que no esperaba de vos. Espero tu pedido de disculpas.