
EL AGENTE SECRETO / O AGENTE SECRETO (02)
En el prólogo al inicio de Aquarius, el segundo largometraje de ficción del brasileño Kleber Mendonça Filho, asistimos al homenaje por los 70 años de una mujer, la tía Lúcia, a quien le leen diversos textos que repasan su trayectoria vital y profesional, desde la juventud como campeona de tenis de mesa y voleibol e intérprete de piano y guitarra o su formación universitaria pionera hasta la persecución de que fue víctima en la dictadura. Mientras atiende a lo que le dicen, la mirada de Lúcia se posa en un mueble que evoca una memoria muy diferente, muy atrás en el tiempo, los encuentros sexuales de los que ese objeto fue testigo. Son cuatro planos que no suman más que unos segundos, una inserción brevísima y sin embargo inmensamente reveladora, la expresión de lo privado sobre el discurso público en la evocación de lo que ella fue y es. Siempre me maravilló ese pequeño gesto de montaje, la elegancia para sugerir mucho con muy poco. La película luego saltaba varias décadas hacia adelante para centrarse en otro personaje, la doña Clara que encarnaba una sensacional Sonia Braga. Esa capacidad para combinar épocas, para mostrar el eco o la presencia de unas sobre otras, la considero una de las virtudes más notables del cineasta, de quien ahora se estrena una de las obras maestras del año, O agente secreto, un antídoto contra el cinismo y la vulgaridad gracias al cual Brasil entra en la lista de finalistas al Oscar en la categoría principal de mejor film por segundo año consecutivo -abrió camino en 2025 Ainda estou aqui de Walter Salles-, un hito nunca alcanzado por el cine del estado español.
Ambientado en 1977, “uma época cheia de pirraça”, O agente secreto es un thriller trepidante y un retrato afectuoso de la comunidad de refugiados políticos que acoge en su casa doña Sebastiana, la impagable Tânia Maria, costurera que se descubre como enorme actriz a los setenta y nueve años. Es además un film político de gran elocuencia y emoción, un tributo a las viejas salas de proyección -antes homenajeadas en el excelente documental Retratos fantasmas– y al cine popular de los años 70 (Tiburón, La profecía), con inesperadas (y divertidísimas) derivas hacia el género fantástico y de terror con la trama alrededor de una extremidad humana encontrada en las entrañas de un tiburón y, a partir de ahí, los misteriosos ataques de una pierna peluda de los que habla la prensa sensacionalista. Un miedo de mentira que permite escapar por unas horas del miedo real, el que imponen la censura, la falta de libertad y las amenazas de muerte. Contra ese miedo se levanta la resistencia y el socorro mutuo de aquellos que se atreven a decirle “no” a un sistema represor, la dictadura apoyada por tenebrosos intereses económicos. Pero ese heroísmo cotidiano de quien se opuso al régimen militar y las estructuras sociales afines acaba por caer en el olvido y de eso nos advierte Kleber, de la desmemoria. La desmemoria sobre los espacios urbanos -donde hoy hay un banco de sangre, ayer hubo un cine de barrio- y la desmemoria sobre el pasado que nos explica quien somos, sobre los hechos que detallan, negro sobre blanco, quién hizo qué.
Al son del Não há mais tempo cantado por Angela Maria los títulos de crédito finales presentan con generosidad el elenco de más de treinta actores y actrices con peso en el relato, una contundente prueba numérica de los múltiples hilos que se van abriendo (y no necesariamente cerrando) en un sofisticado engranaje argumental que nunca resulta confuso como resultado de una inteligente construcción narrativa y una ejemplar puesta en escena. La lista culmina en un portentoso Wagner Moura, que desde la contención proporciona la hondura y la verdad necesarias para que su Marcelo / Armando se convierta en una de esas figuras que pasan a la historia. En el minuto 26 de la película vemos como pone en el tocadiscos un vinilo, Desabafo del Conjunto Concerto Viola, en concreto la canción llamada Retiro «Tema De Amor N. 3”, después se sienta en un sofá y durante treinta segundos la cámara se detiene en su rostro mientras escucha, recuerda y piensa. Es un momento sencillo y sublime, un regalo para el espectador de la mano de un actor que no necesita “hacer cosas” para captar nuestra atención, que sabe administrar los silencios y las miradas y consigue inspirar cariño y generar empatía de forma instantánea. Contra la exageración y el horror vacui como infeliz moda imperante en las producciones de Hollywood, la grandeza de Wagner Moura nace de la autoridad y la naturalidad con la que hace suyo el personaje, de como entiende que una buena interpretación no consiste únicamente en resolver bien lo que está subrayado en el guión, sino en resolver aún mejor lo que no está escrito.
*Publicado en Nós Diario en el mes de febrero.
Martin Pawley / Copyleft 2026

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