
AHORA ES SIEMPRE DESPUÉS
Si alguien lo ha escrito tan bien, no tiene sentido decirlo de otro modo. Así lo expresa el señor Sloterdijk: “Si la primera audición es un preludio fetal al uso maduro del sentido auditivo, lo es principalmente porque el estado de flotación en un medio totalitario es más puro… Sería erróneo caracterizar al feto oyente como un espía pegado a la pared. Es característico de la forma primigenia de ser del oyente el que, desde el principio, se halle sumido en un continuum sonoro interno dominado por dos emanaciones del medio materno: por una parte, los latidos del corazón, que le dan el repetitivo ritmo existencial, y, por otra, la voz de la madre, cuyas libres producciones prosódicas impregnan el oído fetal de un dialecto melódico”. El capítulo uno de El imperativo estético merece incluirse en el currículo de las escuelas de cine.
¿Por qué esta larga cita? Porque resulta una fundamentación ontológica de lo que implica el acto de oír en relación con el mundo. Antes de ver el mundo se lo oye, o, dicho de otro modo: previo a cualquier imagen ha existido un sonido. Sin embargo, en el presente, el sonido es un problema a posteriori para los cineastas, si es que un cineasta aún se detiene a planificar una escena considerando el sonido no como un problema técnico, sino como condición estética que organiza lo visto y lo no visto. En líneas generales, cualquier conversación revela que el sonido pertenece a un tercer y cuarto movimiento del quehacer cinematográfico. Será un problema de montaje, también de posproducción. Es infrecuente que un cineasta considere el sonido antes de filmar. ¿Qué hubieran dicho Bresson y Tati de esta novedad de época? ¿Qué tienen todavía para decir cineastas como Martel y Fontán?
A medida que pasan los años, el vocabulario del cine se amplía. Los avances técnicos y otras necesidades variopintas que no pertenecen al dominio de la estética obligan el ingreso de términos nuevos. Algunos conceptos son curiosos, otros aberrantes; ninguno es inocente: diseño sonoro, script doctor, pitching (rara vez, las nuevas palabras no se dicen en inglés). El primer término es el que resulta pertinente en esta ocasión. Indica un oficio en boga, porque un buen ingeniero puede suministrar infinitos sonidos y modificar esencialmente el orden de lo visible. En gran medida, las dos tendencias sonoras del cine de hoy son concomitantes al ilimitado alcance sonoro que la mutación digital prodiga a los responsables del sonido de las películas: la estética del estruendo característica de las superproducciones chinas o de Hollywood; la lógica de la ubicuidad del cine independiente o autoral, por la cual se tiende a sobrepoblar el plano de sonidos minúsculos. En ambos casos, el silencio es una variable ausente, el pensamiento estético, también.
Dadas las circunstancias, la dadivosa evolución técnica resuelve el silencio de un plano y dispensa al cineasta de tener que dilucidar el lugar del sonido en el todo y en cada encuadre. El a priori sonoro de la experiencia del mundo no incide sobre cómo filmarlo. Si muchas películas suenas iguales, se debe a este atajo técnico. Una resolución técnica no es necesariamente una concepción estética.
*Texto publicado en Caimán Cuadernos de Cine en el mes de enero.

Trayendo al Godard de la nouvelle vague con su deseo imposible de totalidad, en el que todos los sonidos están en un mismo nivel y volumen, resulta pertinente ubicarlo como un buen punto de partida. Ya que en los últimos treinta años, desde Martel hasta Serra, aparece su contrario: el sonido recorriendo el ya consolidado sistema que va de lo singular a lo sensorial, y de lo sensorial hacia lo lúdico. Similar al camino trazado por la imagen según Daney, que pasaba por el icono, el documento, el juego, llegando finalmente a su ausencia.
Distinta a toda su anterior aspiración naturalista, cuya empresa encarnó algún cine clásico, el sonido es ahora transformado en el responsable de la construcción del punto de vista para su consiguiente propósito: la creación de un espacio sensorial —tanto en la sala con el Dolby como en el mismo espectador, ya demasiado «inmerso en la película»—, el cual hay que llenar (la infinita particularización de sonidos que apunta al más puro detalle, como si el horizonte de la percepción fuera reductible a ello). Queda así en la vulgaridad de sus capacidades: apenas un simple apéndice del fuera de campo (tan inmenso e inabarcable, donde un sonido más es siempre posible) o del corte fácil, prescindiendo de la sonoridad propia de cada plano, reemplazándola por el mismo continuo sonoro que hace del montaje la sola unión de cortes indiferenciados.
También están quienes toman las propiedades materiales del sonido (su amplitud, frecuencia, distancias, ritmos) y las arrancan de toda relación inmanente, haciéndolas alegoría de una otra cosa exterior. Tenemos el caso de Tardes de soledad, donde la respiración del toro siempre está en primer plano; la cercanía, abstraída de su materia, ahora en función del efecto narrativo que podría causar, intentando llenar el vacío que ya había dejado la ausencia de la imagen.
El posproductor como sonidista, aquel que organiza la infinitud de sonidos en un esquema ya predeterminado, con sus propios ritmos, silencios y fuerzas. Mismo esquema, diferentes películas, demasiado eficaz como para importarle los ritmos, silencios y fuerzas que acaso ya venían con aquellos sonidos, ahora ya incorporados en tan vulgar «creación».
Seguramente cabría pensar una alternativa(?) La de Godard será de las más singulares.