FAMILY ROMANCE, LLC

FAMILY ROMANCE, LLC

por - Críticas
04 Jul, 2020 11:58 | 1 comentario
Otro film de Herzog es como siempre la oportunidad para acceder y conocer algo sorprendente de nuestro mundo.

LA AGONÍA DE LO REAL

Momento de verdad: un hombre o una mujer decide retratarse con la cámara de su teléfono. Extiende su mano, mira, revisa el peinado, la luz sobre el rostro, la relación entre fondo y frente, aprieta el sensor y de inmediato obtiene un registro de sí. La acción inmediata consiste en verificar cuál ha sido el resultado y si este es satisfactorio. El dispositivo permite repetir el procedimiento sin límite, y el usuario busca que el registro de la máquina coincida con un ideal de sí. Las aplicaciones recientes que habilitan alterar el propio rostro con fines de embellecimiento constituyen un añadido para asegurar el éxito de adquirir una imagen de sí acorde a dicho ideal. Dicho en otras palabras, la estética del selfie es una metafísica del Yo. 

Ese imperativo de diseño, por el cual cada usuario construye una imagen que lo representa mejor que la imagen que le devuelve involuntariamente cualquier espejo, es apenas un síntoma, y Family Romance, LLC aporta otras prácticas que se desprenden de ese deseo. En el film de Werner Herzog, una empresa les permite a sus clientes rediseñar situaciones diversas de sus vidas para intensificar el bienestar anímico de estos y así enmendar el relato del que se sienten parte. Si en una familia el padre de la novia es un borracho irredento, un actor sustituye al susodicho y en la inminente boda simula ser el progenitor ante la familia del novio. El repertorio es amplio, y en el film se llegan a advertir algunas insólitas: sepelios de gente que no ha muerto, donde el muerto puede percibir las reacciones de sus seres queridos. 

Herzog elige una historia como centro: la del reencuentro de una adolescente de 12 años con su padre. La madre de Mahiro contrata a un actor de Family Romance, LLC para que pretenda ser el padre que dejó a su hija cuando esta no tenía aún un año. El lugar elegido de los encuentros suele ser el inmenso parque Yoyogi, justo en el momento en que los cerezos están florecidos, coincidencia atmosférica que Herzog aprovecha para filmar la contundente hermosura de esa especie en todas las escalas posibles de plano. Las citas en el parque sirven para seguir la evolución del vínculo entre padre e hija y asimismo constatar la vida al aire libre de los japoneses, instantes de ocio que deben ser indispensables frente a la rigidez de un sistema de vida que se llega a intuir en una escena secundaria en la que un superior de una empresa de ferrocarril amonesta ferozmente a dos de sus operarios por el retraso de 20 segundos en la salida de un tren.

La sola invocación del nombre Herzog lleva de inmediato a pensar en el cine y en lo mejor que puede esperarse de este: llegar a ver algo por primera vez. Mucho tiempo atrás, Herzog dijo que le interesaba filmar todo aquello de lo que no se conocía una imagen. Gracias a esa obsesión casi de naturalista del siglo XIX, la selva, los volcanes, la Antártida, como también estados de ánimos y formas de vidas anómalas y casi inabordables fueron retratados por el cineasta. Filmar, viajar, descubrir fueron siempre las insignes banderas del cineasta, capaz de plasmar planos que vencerán por la contundencia de su plástica el propio tiempo en el que fueron capturados. 

Sin embargo, como ya pasaba en Lo and Behold, ensueños de un mundo conectado, el registro y la atención sobre cuestiones formales que definen la naturaleza de la imagen están subordinados a la exposición de un dilema filosófico que de por sí justifica el film. Esa misma prescindencia formal se repite aquí: el equipo mínimo detrás de cámara solamente se propone encuadrar con fines narrativos y solventar así el ostensible delirio implícito en la matriz del propio relato, en el cual la intersección de la ficción y lo documental como tal reenvía el resultado final a una dimensión inestable de la credibilidad de los actos cotidianos. No hay ninguna búsqueda formal, quizás porque la materia elegida es suficientemente robusta, lo que no deja de ser desconcertante cuando resultan evidentes los cambios de contraste en algunas escenas, el empleo reiterado de los planos aéreos sobre el parque en Tokio u otros pasajes que podrían haber sido filmados por un cineasta novato. Gran parte de la prepotencia pictórica del cine de Herzog reside en los escenarios elegidos, ecosistemas vírgenes o aún eximidos de la estética metropolitana de las grandes ciudades. Tokio puede ser ideal para filmar, pero Herzog se detuvo solamente en la vida espiritual de sus ciudadanos. 

Todo el cine de Herzog está abocado a explorar anomalías y desbordes; cualquier título elegido al azar de su notable filmografía basta para comprobarlo. Aquí, la fascinación pasa por comprobar el deseo de corrección sobre la realidad a través de una peculiar forma de ficción, donde se acepta que la falsedad es la materia con la que se interviene sobre lo dado. Lo que importa es modificar lo indeseado y permitirse creer en lo que se ha escenificado. Al respecto, los últimos diez minutos invocan una lógica experiencia de paranoia, consecuencia inevitable tras haber asesinado la realidad y haber puesto en su lugar una ideal y asimismo una representación que la vindique. Todo, absolutamente todo lo que vivimos, puede ser una mentira, pura ficción.

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Family Romance, LLC, Estados Unidos, 2019.

Escrita y dirigida por Werner Hergoz.

*Esta crítica fue publicada en otra versión en el diario La Voz del Interior en el mes de julio 2020.

Roger Koza / Copyleft 2020