VIVO CINE

VIVO CINE

por - Ensayos
19 Mar, 2026 10:26 | Sin comentarios
A propósito de la muestra integral de la obra cinematográfica de Albertina Carri y su libro Cine vivo.

Justo antes de cumplirse 50 años de que el país conociera su período más aciago e infame (abyección a la que hoy nuevamente se aspira), se podrán ver todas las películas de la gran cineasta argentina Albertina Carri. Nuestro país tiene cineastas excepcionales, entre quienes sobresalen las mujeres. Quien se tome un tiempo y se acerque a la sala del Cineclub Municipal Hugo del Carril podrá verificar la irreverencia y la solidez de la obra de la directora. Integral Albertina Carri: uno de los acontecimientos cinéfilos del año.

Carri es conocida por una película que dio mucho que hablar: Los rubios. En algún momento, esa película en la que Carri vuelve sobre su padre y madre secuestrados y asesinados por la última dictadura cívico militar se iba a llamar “Lo otro”.  Cuando una vecina de sus progenitores se refirió a su familia como los “rubios”, quienes vivían en un barrio obrero como si lo fueran, designación tan precisa como reveladora, el título cambió. Ambos títulos, el que quedó y el que fue sustituido, dicen mucho. Después de 23 años de su estreno, la distancia puede permitir observar algo que recién ahora la propia Carri comprende mejor: no se trataba ni entonces ni ahora de una película biográfica, sino heterobiográfica.

No quiero volver a casa

Ambiciosa conceptualización, conjura de cualquier trazo terapéutico en aquella película y también de otra que es su par dialéctico, Cuatreros, así define en su libro Cine vivo la noción aludida: “Lo heterobiográfico permite registrar ese pasaje de lo personal a lo impersonal, el trazado de una línea que traspasa y libera al yo de su investimento personal abriéndolo a otras dimensiones vitales no humanas”. Una dilucidación de esta índole es propia de un intelectual de fuste. Roberto Carri y Ana María Caruso, padre y madre, lo fueron. Que la hija que los sobrevivió haya elegido el cine no significa que haya renunciado al pensamiento teórico-crítico. La admiración que Carri le dispensa a Pasolini es también el reconocimiento de otra filiación. Carri cineasta, también pensadora, amante de las imágenes y asimismo de las palabras, para ella un plano y un párrafo nacen de la respiración agitada en un devenir incierto e irrumpe en el orden simbólico para insistir sobre lo injusto y lo inaceptable. El libro mencionado también se presenta en el contexto de la gran muestra denominada Integral Albertina Carri.

Basta darle una mirada a Caigan las rosas blancas para constatar el vitalismo radical que caracteriza la obra de Carri. Es la última película en su haber, la más inclasificable de todas, cuyo inicio es un rodaje frustrado y su desenlace una especie de escena onírica o imaginaria en donde la hegemonía de nuestra especie conoce su crepúsculo y suceden cosas extrañas. El plantismo del desenlace es mucho más que un cierre lúdico con alusiones al cine de género. Hasta ese momento, en esta película cuyos personajes son los mismos de la notable Las hijas del fuego, pasa de todo: tras abandonar el rodaje, la directora de la ficción y sus amigas viajan de Buenos Aires al norte del país y llegan más tarde a Brasil. En ese periplo que nunca deja de ser un road-movie hay instancias de terror, comicidad y crítica social. Algo similar pasaba en Las hijas del fuego, la controversial deconstrucción del imaginario pornográfico de los machos que en vez de ir hacia al norte tenía como destino el sur. El frío de la geografía no impedía allí un erotismo lésbico de alto voltaje capaz de derretir prejuicios por doquier. 

Es hora de señalar que en el cine de Carri hay un vector inmanente que trabaja sobre una suerte de crítica histórica de la identidad, vista desde el movimiento del deseo y al mismo tiempo a partir de las configuraciones políticas de una época con sus respectivas constricciones simbólicas. En Carri, el devenir es más decisivo que el ser, siempre idéntico a sí mismo. Esta paradoja en el interior de su obra no condiciona en nada la ostensible diversidad de estilo y  de tipos de películas. Ficciones o no, ninguna película se parece a la precedente, ni siquiera las dos últimas. No quiero volver a casa relata un crimen, La rabia es un drama rural en el que se indaga sobre la violencia y el deseo, mientras que el incesto define el núcleo familiar de Géminis. Cualquier de las tres, comparadas con Cuatreros, un ensayo notable sobre la figura de Isidro Velázquez, parecerían concebidas por personas diferentes. Es una cualidad distintiva de una obra que desafía incluso la noción misma de autor o autora. Sin embargo, ninguna película de Carri prescinde de elegir una forma cinematográfica por virtud de la cual todo lo que es se desacomoda y en ese desmontaje de lo dado el pensamiento hace piruetas antes las imágenes y los sonidos. Carri es cine vivo.

*Publicado en La Voz del Interior en el mes de marzo.

Roger Koza / Copyleft 2026