
THE SOUFFLEUR
DEJAR DE EXISTIR
El capitán Lucius siente que el barco puede hundirse. Por décadas, ha conducido su navío en el que viajan miles de personas y en el que trabajan muchas otras. Los conoce a todos. A menudo baja de la cubierta a cerciorarse que todo esté bien en la sala de máquinas. Hay un plano hermoso de un motor que ya no funciona: Lucius observa la maquinaria con admiración y preocupación. A lo largo de la trama, el capitán paseará por este viejo transatlántico llamado Intercontinental. ¿Un navío?
La verdad es que no se trata de un barco, sino de un hotel que existe en el mundo real, como atestiguan las primeras imágenes de archivo, cuando en marzo de 1964 la obra del arquitecto Carl Appel se inauguró en el corazón de la ciudad de Viena. Más de 500 habitaciones, todas con teléfono en el baño; en aquel entonces, un rasgo de modernidad. Que Solnicki filme el hotel como si fuera un Titanic por hundirse pronto es un hermoso desplazamiento metafórico enunciado al inicio que sirve para desmarcar al hotel del negocio inmobiliario; es un procedimiento poético que reviste al relato de un espíritu de aventura.
Lucius es el gerente del hotel; el tiempo está inscripto en su cuerpo como en los ladrillos del cinco estrellas vienés. Si al hotel se lo quiere derribar para construir algo nuevo, ahora bajo el mando de un arquitecto coreano, al capitán le toca reconocer (o no) un nuevo destino. ¿Una vida tranquila en Italia, en el campo? Quizás el veterano conductor ya esté ahí disfrutando de una nueva vida, porque mientras corren los créditos finales lo último que se escucha es el sonido de una campana de las que llevan en el cuello las cabras (aunque tal vez acá sean alpacas: sospecha pertinente que proviene de la escena más delirante y divertida de la película, que compromete a este hermoso mamífero camélido).
Es la tercera película que el cineasta argentino ha rodado en Viena. Hizo una primera sobre la muerte de un amigo, el grandioso Hans Hurch, exdirector del Festival de Cine de Viena; luego, se le ocurrió filmar el último día en el que todavía estaba permitido fumar en los bares de Viena. Ahora presta atención a un hotel respecto del cual, más allá de la ficción, se corre el rumor permanente de que se demolerá. Pueden parecer tópicos de efemérides, pero en realidad son signos dispersos que apuntan hacia otra cosa. Al cineasta le interesa prestar atención a todo aquello que está por dejar de existir. Las tres películas se ciñen a lo mismo: formas de vida y practicas asociadas a tales modos de existencia de un siglo que ya pasó. Hay dos pasajes que glosan este duelo por el siglo XX con un duelo incluido en la trama; son dos escenas indelebles con un sastre nonagenario que cuenta en la primera una anécdota con Billy Wilder y en la segunda dice algo que es simbólicamente decisivo para Lucius (y para la propia película). El corolario de ese momento consiste en elegir siempre existir.
The Souffleur es inimaginable sin Willem Dafoe. En su voz cada pequeña anécdota adquiere un peso que se transfiere a la voluntaria liviandad del relato, que gira en torno a la llegada de un argentino engreído que será el futuro dueño del emprendimiento inmobiliario. Que ese argentino esté interpretado por el propio director es mucho menos una cuestión de ahorro de casting que un ponerse en el interior como si fuera una ecuación simbólica que involucra a la propia condición de producción de la película. Hay un gesto de sinceridad que perfora la ficción, concomitante con el todo, pues es cierto que el Intercontinental podría demolerse para ser sustituido por otro edificio más moderno.
Hay secuencias graciosas, como aquella en la que Dafoe canta un rap contra el argentino; hay otras conmovedoras, como cuando dos mujeres interpretan una pieza de Bach y Lucius puede tanto llorar como reír. De esas virtuosas bagatelas vive la película; son los signos susurrados desde la puesta en escena que le confieren elegancia y fluidez.
The Souffleur, Austria-Argentina, 2025.
Escrita por Julia Niemann Guido Segal, Gastón Solnicki.
Dirigida por Gastón Solnicki.
Interpretada por Willem Dafoe, Stéphanie Argerich, Gastón Solnicki.
*Publicada en Revista Ñ en el mes de enero.
Roger Koza / Copyleft 2025


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