HAMNET (02)

HAMNET (02)

por - Críticas
16 Feb, 2026 08:30 | Sin comentarios
Segunda crítica sobre la película de Chloé Zhao

HAMNET O HAMLET, ESA ES LA CUESTIÓN

Hamnet, la película que Spielberg y Mendes encomendaron a la ganadora del Oscar, Chloé Zhao, está basada un best seller de Maggie O’Farrel. Todos esos nombres no pueden sin embargo hacer justicia al fantasma de Shakespeare, y acaso tampoco al de Anne Hathaway (su esposa, llamada en la ficción Agnes). Novela y films usan el recurso de desplazar el punto de vista hacia un personaje lateral de una historia conocida, aunque no sepamos mucho más de William que de la madre de sus hijos. Pero Hamnet falla en sus propios términos, en tanto luego de esa construcción desplazada termina dándole centralidad a la obra por la que recordamos la abandonada vida familiar del artista. Y de ese modo traiciona también a Shakespeare (que finalmente se preocupó más por su familia que por su propia posteridad), como si HAMLET solo fuera «literatura del yo». 

Como toda obra mayor, la del «bardo de Avon» es irreductible a lo biográfico o cualquier otra determinación, aunque estas no dejen de explicarlo: perder un hijo es un hecho demasiado frecuente, pero escribir la obra de teatro más famosa del mundo es algo que ni siquiera pudo imaginar su autor (famosamente más preocupado en su legado material que artístico, aunque la película acierta cuando al encontrarse con su humilde habitación londinense haga la pregunta de por qué vivía así el hombre que adquirió la casa más grande de su pueblo, adonde se retiró en 1611: la posteridad buscó respuesta en diversas elucubraciones sobre que el nombre de Shakespeare era apenas el de un testaferro del verdadero autor de sus obras, cuestión llevada al cine en Anonymous, un film de Roland Emmerich acaso más honesto que este).

Hamnet se toma su tiempo para dibujar su drama doméstico y construir (a pesar de su hermosa fotografía y reconstrucción de época) lo que la crítica anglosajona llama con acierto «pornografía emocional». Toda la sutileza empleada para ir evocando el destino final del hijo es echada por la borda en el último acto, dedicado a convertir Hamlet en mera catarsis matrimonial (incluyendo plano del hijo muerto haciendo mutis por el foro). La esforzada reconstrucción del Teatro del Globo (reducido en sus dimensiones para hacer más «intimista» la escena) culmina así en un recorte de frases de la obra (algunas oídas antes en la domesticidad) que reduce Hamlet a Hamnet. Pero la misteriosa fuerza de Shakespeare (la misma que hizo del hijo del guantero que sabía «poco latín y menos griego» el centro del canon occidental) es tan grande que desde el primer momento en que aparece su voz literaria la película se reduce a cenizas (valga como prueba el momento en que la cámara pretende seguir el rostro del actor que lo encarna, mientras tras él se ensaya una escena cuyo fuera de foco nos atrae más que el primer plano de Paul Mescal). 

La mejor crítica de Hamnet fue escrita por Borges hace 45 años, en uno de sus últimos cuentos, en el que imagina a un viejo profesor que hereda literalmente «la memoria de Shakespeare», solo para entender que el milagro de la creación artística (al menos la que se convierte en clásica a través de los siglos) es irreductible a la común experiencia: «El azar o el destino dieron a Shakespeare las triviales cosas terribles que todo hombre conoce; él supo transmutarlas en fábulas, en personajes mucho más vívidos que el hombre gris que los soñó, en versos que no dejarán caer las generaciones, en música verbal. ¿A qué destejer esa red, a qué mirar la torre, a qué reducir las módicas proporciones de una biografía documental o de una novela realista el sonido y la furia de MACBETH?»

Nicolás Prividera / Copyleft 2026