
EL SÁHARA NO SE VENDE
Una de las muchas mujeres cineastas que urge reivindicar es la libanesa Jocelyne Saab (1948-2019), cuya obra a lo largo de casi cinco décadas abarca la fotografía, el vídeo-arte y las instalaciones y las películas tanto de no ficción como de ficción, empezando por Una vida suspendida, seleccionada en la Quincena de Cannes en 1985, pero alcanza cumbres de especial asombro con su producción documental de los años 70 y 80. Nacida en el seno de una familia cristiana maronita en Beirut, donde se crio, Jocelyne estudió Economía en la Universidad Saint-Joseph y se volvió entonces consciente de los padecimientos de las personas palestinas refugiadas en los campos al sur de la ciudad, un verdadero punto de inflexión en su compromiso político. Una vez que completó sus estudios en París empezó a trabajar como periodista para la televisión pública de Francia, avalada por su conocimiento de Oriente Medio y el dominio del inglés, el francés y el árabe: era la persona idónea para contar de primera mano los acontecimientos históricos que vivía la región. Creó así reportajes como Las mujeres palestinas (1974), que pone el foco en el rol de las mujeres en todo tipo de tareas, de los cuidados a la política pero también la lucha militar, en un corto que la televisión no se atrevió a emitir; El frente del rechazo (1975), una genuina primicia periodística en la que informa de los jóvenes entre dieciséis y veintidós años que entrenaban en una base secreta para actuar como comandos suicidas; o El barco del exilio (1982), que sigue a Arafat en una fase en la que, después de huir del Líbano, aguarda junto a su equipo en el Mediterráneo a bordo del buque Atlantis en un film que anuncia las frustrantes limitaciones del liderazgo de la OLP. De la misma forma se acercó a la figura de Muamar Gaddafi (Retrato de Gaddafi, el hombre que vino del desierto, 1973) o a la revolución iraní que supuso la caída del Sha de Persoa (Irán, la utopía en marcha, 1980).
Al valor documental le suma una capa personal y poética en las películas que recorren su país, el Líbano, en el período convulso que se abre a partir del comienzo de la guerra civil en 1975. Impresiona (y mucho) La infancia de la guerra(1976), que poco después de la masacre en el barrio de Karantina va en busca de las niñas y niños supervivientes que quedaron marcados por la barbarie sufrida: la directora les ofrece lápices para dibujar y los anima a jugar delante de la cámara, pero los pequeños ya no conocen más juego que el de la guerra. Al relato en tiempo presente de la primera invasión israelí en Carta de Beirut (1978) y la dureza de las imágenes de un Beirut devastado por los bombardeos del imperialismo sionista de Los libaneses, rehenes de su ciudad (1982) le sigue Beirut, mi ciudad (1982), que comienza con la directora moviéndose por las ruinas de la que fue su casa, una película filmada por ella sola durante el asedio que acaba por ser un canto a la resiliencia, a la solidaridad e incluso “la utopía” inherente a una situación en la que “todo el mundo se ocupa de las cosas esenciales, del agua, del pan y de la electricidad, y la gente se mira de verdad a los ojos”. Las ganas de sobrevivir como desafío a una violencia impuesta, según explicó en una entrevista en aquella época.
El mismo espíritu de resistencia es el que lleva demostrando la nación saharaui desde hace medio siglo y de eso dio buena cuenta en la magnífica El Sáhara no se vende (1977), que es además un ejemplo magistral de periodismo en su esfuerzo por dar voz a todas las partes del conflicto. Pero en Jocelyne Saab, siempre en el lado bueno de la Historia, emerge la simpatía por el pueblo saharaui y su legítimo derecho a la autodeterminación, así como la admiración ante su capacidad para, después de la intolerable invasión de Marruecos y el abandono / traición del gobierno del Reino de España (el de entonces y todos los que vinieron después), crear las estructuras de un estado en el exilio en Tinduf, en el desierto de Argelia. Contra el cinismo vestido de blanco de Mohamed Benhima, ministro de interior al servicio de Hassan II, y la confusión con fecha de caducidad del presidente mauritano Moktar Ould Daddah, que caería al año siguiente en parte por el descontento de la población con la guerra en el Sáhara, está la palabra del legendario Secretario General del Frente Polisario, Mohamed Abdelaziz, quien hace explícita la colaboración, ya en ese momento, de Israel con el reino marroquí. La atención de Jocelyne está también en el trabajo de las mujeres, que frente al rol subalterno durante la colonización española pasaron a ser agentes activos de la construcción nacional. Ahora que se cumplen cincuenta años de la proclamación, el 27 de febrero de 1976, de la República Árabe Saharaui Democrática, es preciso, más que nunca, que nos hagamos eco de su causa y la defendamos como propia.
*Publicado originalmente en gallego en Nós Diario.
Martín Pawley / Copyleft 2026

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