
DEL OTRO LADO DEL ESPEJO
En las tres últimas semanas, Lucrecia Martel, la gran cineasta argentina, debe haber sido entrevistada en medios de toda índole más que ninguna otra persona del quehacer cultural. Nuestra Tierra suscitó un interés inesperado, algo inusual cuando se trata de un documental. El asesinato de Javier Chocobar merece por sí mismo atención y discusión, porque su muerte condensa un capítulo más de la historia universal de la infamia. Lo que sucedió con el cacique de los chuschagastas el 12 de octubre de 2009 no puede ser inscripto en una noticia de policiales. Con su película, Martel ha vuelto a traer a la luz ese triste acontecimiento y lo ha inscripto en una trama mayor que habla directa y profundamente de todos nosotros.
Desde que Nuestra Tierra se estrenó en el Festival de Venecia a fines del verano europeo, la película de Martel fue exhibida en distintos festivales de todo el mundo. En todos los que Martel visitó, su presencia lúcida hizo la diferencia. Cuando Martel habla, piensa, algo poco frecuente, y no expone ideas precisamente exangües. La vitalidad retórica de la cineasta es contagiosa. Y quienes toman la palabra y filman el mundo tienen que decir y mostrar lo que no se dice ni se quiere ver.
Nuestra Tierra es notable por múltiples motivos. Quedará en la historia del cine, como Tire dié, La hora de los hornos y Juan, como si nada hubiera sucedido. Son las películas que insisten en recordar que no todo está bien en el mundo y nos muestran, con contundencia, por qué.
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Roger Koza: No ha dejado de dar entrevistas en las dos últimas semanas. Debe estar cansada. Más allá de presentar Nuestra Tierra, da la impresión de que todo lo que dice añade algo más. ¿Qué suma la palabra a lo que muestra la película?
Lucrecia Martel: Intentamos devolverle a la voz humana su potencia más allá del lenguaje. Que se escuchen los matices, los tonos, que se escuche todo lo que revela mucho más allá de las buenas intenciones del significado que puedan tener las palabras. Y sucedió el milagro, como puede verse en la película. Uno comprende todo.
Usted conoce seguramente la afirmación de Walter Benjamin de que “todo documento de civilización es un documento de barbarie”. El asesinato de Javier Chocobar es una prueba del sostenido aniquilamiento por parte del Estado argentino de quienes habitaban el territorio antes de su delimitación y legislación actual. La película es contundente, pero ¿qué pasa después, qué efectos tiene una película como Nuestra Tierra?
Todavía no lo sabemos con exactitud. Deseo que a la asistencia a la proyección siga la conversación y a la conversación algún tipo de acción. Pero eso lo iremos viendo de a poco. Yo veía películas para jugar. Con mis hermanos veíamos películas y pasábamos días jugando a los vaqueros, a los piratas, a los espías. Toda película nos impulsaba a la calle. Quiero recuperar esa primera experiencia de espectadora de mi infancia.
En el primer acto, Nuestra Tierra permanece en la sala del juicio; luego, la película se encamina en otra dirección y, en el tercer acto, regresa al mismo escenario. En esas escenas, la película devela el entramado del discurso jurídico y sus efectos. Los chuschagastas son sometidos a un conjunto de procedimientos interminables de papeleos y pedidos de documentación. ¿Qué entrevió la directora en esa insidiosa repetición?
Nos enseñaron que la conquista se hizo con la espada y la cruz. Nosotros después de muchos años de investigar, y seguramente en coincidencia con muchos pensadores, creemos que la tecnología más efectiva que entró en el continente fue el papel y la escritura. Se fundó una civilización donde en los papeles debe registrarse la verdad, y la verdad ordena a toda la sociedad. Sólo que el lenguaje era el de unos pocos recién llegados y la verdad era lo que les convenía escribir, salvo rarísimas excepciones. De modo que el documento es un enjambre de artimañas con las cuales fuimos legitimando la conquista, el despojo de tierras y el abuso sobre la población. Afortunadamente todo documento hace una sombra, proyecta una imagen complementaria que si uno la investiga y observa, puede verse la trama completa de las intenciones.
En un momento, la defensa señala que no fue informada de que se estaba grabando una película y califica la instancia de circense. ¿Se pudo filmar sin restricciones?
Afortunadamente era un juicio oral y público. Y el tribunal nos permitió ingresar con tres cámaras. Las ubicamos donde nos permitió el tribunal, y afortunadamente desde ahí mis compañeros camarógrafos, que en la vida real son directores también, registraron todo el juicio. El tribunal, especialmente la presidenta del jurado Wendy Kazzar, mantuvo con firmeza el valor de lo que es un juicio oral.
EL OÍDO DE LUCRECIA
«Lo que está destinado al ojo no debe repetir lo que se destina al oído». Este aforismo de Robert Bresson permite acompañar muy bien lo que pasa cuando usted filma las fotos de los familiares de Javier Chocobar, mientras que la viuda, así como otros personajes, reviven en sus palabras el pasado de sus seres queridos. ¿Cómo pensó todo ese segmento y cómo fue articulando los testimonios?
La comunidad nos fue acercando sus fotos para digitalizarlas, y hacer un archivo. Una de las cosas más valiosas que hemos logrado. Comprendimos que en la comunidad había muchas personas que valoraban los retratos, los registros de las fiestas familiares, que guardaban también las fotos que les acercaban los visitantes. Estas fotos son de una belleza extraordinaria y de una potencia narrativa imposible de medir con otras cosas, salvo la palabra. Entonces grabamos una pequeña conversación sobre cada foto. Además de fotos en papel nos acercaron las tarjetas de sus teléfonos para hacer un resguardo de esos materiales. En las tarjetas de Delfin Cata, había ensayo de su banda Esperanza Chamamecera, y registros de muchas situaciones cuyo sonido era de una riqueza extraordinaria, difícil de reproducir por un equipo de cine. Fue la combinación precisa de estas cosas lo que hicimos.
La película empieza en el cosmos. La Tierra, vista desde el espacio, es la protagonista. ¿Por qué eligió La misa criolla en la voz de Mercedes Sosa para acompañar ese pasaje?
Mercedes Sosa no sé si era creyente, creo que no. Pero en su voz resuena esas frecuencias particulares que hacen que cuando la escuchamos sabemos que es india. Cómo somos capaces de detectar eso con los oídos, no lo sé. Pero sucede. Queríamos esas frecuencias sobre las imágenes satelitales, que quiero decir a todos, son gratis. La NASA te permite usarlas sin costo. Ese sonido y la inequívoca perspectiva de una máquina sobre el mundo, eran fundamentales.
Otra instancia fundamental es aquella en la que se escucha a Jorge Cafrune interpretando una pieza de Atahualpa Yupanqui. ¿Tomó rápidamente la decisión de incluir ese fragmento musical?
El fragmento es introducido porque María Rasguido lo cita en su conversación. A mí me da mucha felicidad tener en mis películas la voz de Jorge Cafrune. Es una voz de mi infancia, que fue muy feliz.
NUEVOS CAMINOS
Esta ha sido su primera película documental. ¿Le resultó muy distinta de sus ficciones? Nuestra Tierra no se parece a otros documentales y nunca deja de ser una película accesible, además de la más popular en su filmografía.
Agradezco que lo note. Durante muchos años sentí que había fracasado, que había trabajado con técnicos de primer nivel, con actrices y actores extraordinarios, pero había algo que yo no había sabido hacer. Mis películas me gustan mucho, pero si quería encontrarme con la gente había algo más que tenía que hacer. En esta película tuve tiempo para experimentar. Y tuve el apoyo y colaboración de mis compañeros en esa dirección. Y lo conseguimos. No lo puedo creer, pero lo conseguimos. Ahora quiero ir más allá. Sé que hay más por inventar.
El empleo de los drones es toda una novedad. Permite conocer el territorio en disputa, pero también adquiere una función de travelling volador: un instrumento retórico para el cine. ¿Cómo se le ocurrieron los desplazamientos en el espacio?
Mientras Ernesto de Carvalho manejaba el drone, hablábamos. Decíamos cosas lindas, reflexiones, algunos pensamientos tristes, conversábamos mientras recorríamos el espacio, y nos sentimos muchas veces que éramos unos exploradores alienígenas, enamorados del mundo, curiosos de los animales y la gente. Fueron días muy hermosos. La comunidad elige los lugares donde emplazan sus casas, no por la mera conveniencia del agua o la accesibilidad, sino lugares desde donde se aprecia el valle, las montañas. Era necesario comprender eso, esa sabiduría es parte de algo que hemos perdido en nuestras urbanizaciones.
Usted insiste repetidamente en una concepción del relato centrada en el conflicto. Hay algo que dijo una vez y no siempre retoma, relacionado con ese punto: es difícil concebir el futuro sin el avance del nihilismo, la devastación y la barbarie. ¿Puede pensar en un signo o en una escena de un futuro posible que no esté marcado por ese patrón de pura negatividad? ¿Qué escena filmaría para una película que imagine un porvenir deseable?
Me gustaría filmar una aventura cuyo único propósito sea la curiosidad por continuar la aventura. Creo que es posible. Un video juego podría ser eso, pero sin armas, sólo exploración y necesidad de en algún momento detenerse y salir a la calle. Algo así como realidad aumentada.
*Publicada en otra versión en La Voz del Interior en el mes de marzo de 2026
Roger Koza / Copyleft 2026



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