
KONTINENTAL ’25
NUESTRO TIEMPO
La culpa es una palabra fastidiosa. Su empleo religioso fatigó a generaciones e hizo de esa experiencia de la conciencia un lastre incompatible con la vida auténtica y libre. Mereció el denuesto, se vertió sobre el concepto un anatema. Los seculares de hoy no tienen culpa. Es comprensible que haya sido así, como también resulta la inversión dialéctica de haberse emancipado de ese yugo. ¿Quién piensa a fondo la relación entre una acción y sus consecuencias?
A Radu Jude se le ocurrió filmar un drama de conciencia. Alguien ejecuta una decisión en el nombre de una institución y el cumplimiento tiene un efecto deletéreo: un hombre deja de existir. A nadie le importa, excepto a una mujer relativamente joven que sabe muy bien la razón del deceso y asimismo el nombre del muerto. Lo que sucede después del primer acto no es otra cosa que el ajuste de la conciencia de la protagonista frente a un hecho irreversible. Siente culpa, de lo que se predica una meditación caleidoscópica del funcionamiento de esa experiencia en la propia conciencia. Pero ¿cómo filmar un sentimiento que se sitúa en el pliegue de la intimidad e inviste cada momento del día? ¿Cómo filmar sin que la moral comande la puesta en escena?
El drama no desprovisto de comicidad transcurre en Cluj, Transilvania. Basta una visita a la ciudad ubicada al noroeste de Rumania para constatar la cantidad de banderas que el gobierno local dispensa para subrayar la pertenencia. Esa sobreactuación nacionalista se expone magistralmente en una escena que tiene lugar en la casa de la madre de la protagonista. La discusión familiar es también política, y la disputa de un siglo atrás entre rumanos y húngaros se actualiza para los personajes y para la audiencia por igual. (La actriz principal, la notable Eszter Tompa, habla en ese pasaje en húngaro, como en otros en rumano y a veces en alemán; podría hacerlo también en español o en catalán; la actriz es una auténtica políglota).
En verdad, el modo en que se registra toda la ciudad ya sugiere una extrañeza arquitectónica. Si parece una ciudad austríaca, la razón es histórica. Es una subtrama que acompaña a otra: la gentrificación y las implicancias que tiene el boom inmobiliario en la vida de los que apenas pueden sobrevivir y tener un techo. No puede acá omitirse la inteligencia desplegada en cada uno de los encuadres sobre edificios viejos y nuevos. La arquitectura es un discurso; puede retener la memoria, también puede borrarla. Una ciudad es al mismo tiempo palimpsesto y archivo y jeroglífico, como supo defender Kracauer.
Pero la gran fuerza ética de Kontinental ‘25 radica en mirar bajo ángulos dispares qué significa la indiferencia. Las caminatas del pordiosero en el inicio, la interacción con distintos personajes y las conversaciones diversas de la protagonista permiten detectar sin juzgar cómo es posible que el desamparo de muchos no incida de manera alguna en la mayoría. Mirar para otro lado frente a la indigencia y el sufrimiento es una acción universal, pero ¿qué impacto tiene para la conciencia ese involuntario cruce de miradas?
Como en la mayoría de las películas de Jude, hay citas cinéfilas, filosóficas y políticas, pero la de mayor controversia puede pasar desapercibida: se trata de un archivo en que se ve la explosión en vivo de un soldado. El archivo no se vuelve un plano de la película; se ve en el teléfono de un personaje. Esa distinción es clave para entrever qué piensa Jude sobre las imágenes. Hay que conjurar la maldición proferida por del Tercer Cine: “Todo espectador es un cómplice”.
Kontinental ’25 es otra película de Jude sobre nuestro tiempo. Las películas pueden elegir como escenario las calles de Bucarest o Cluj; pueden compilar situaciones idiosincrásicas de su nación y examinar cómo los detritos de una historia violenta asoman en la experiencia de sus criaturas. Son relatos inscriptos en la vida rumana que se desbordan cómica y lúcidamente hacia una zona de reconocimiento universal. El presente en Jude pierde su inocencia y la sevicia de la época se desglosa en actos y detalles. Con No me importa ser un bárbaro (2018) comenzó un período en su cine en donde la actualidad pasó a ser el tiempo sujeto a indagación sin prescindir de su fundamental relación con el pasado. Con esa película, además, se inauguró un ciclo de películas cuyas protagonistas son mujeres. Drácula, estrenada en agosto en Locarno, es un desvío, una anomalía necesaria en su obra, una singularidad a dilucidar; el año que viene se estrenará Diario de una camarera, y habrá otro relato con una mujer en el centro. Son personajes indelebles, mujeres aguerridas y complejas, como la hermosa Orsolya que vive en el cuerpo compacto de Tompa, quien sintetiza nuestra perplejidad y desamparo ante un mundo embrutecido y despiadado.
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Kontinental ’25, Rumania-Suiza-Luxemburgo-Brasil-Reino Unido, 2025.
Escrita y dirigida por Radu Jude.
Interpretes: Eszter Tompa, Gabriel Spahiu, Adonis Tanta, Oana Mardare, Adrian Sitaru, Marius Damian, Vlad Semenescu Marius Panduru
*Publicada en el mes de enero en Revista El Caimán.
Roger Koza / Copyleft 2026


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