F1: LA PELÍCULA / F1: THE MOVIE

F1: LA PELÍCULA / F1: THE MOVIE

por - Críticas
29 Ene, 2026 08:33 | Sin comentarios
Se estrenó hace meses, pero vuelve porque es una de las películas nominadas al Oscar. Es algo más que una película de carreras de autos, aunque no mucho más.

UN POCO DE ESTO Y BASTANTE DE AQUELLO

Es costumbre ver en las carreras de resistencia más importantes del mundo espectáculos de fuegos artificiales alrededor del circuito cuando llega la medianoche. Sucede en las 24 horas de Le Mans y en las de Daytona, en Estados Unidos. Estos fuegos artificiales son algo así como un mimo para los competidores por haber alcanzado un mojón importante de la maratón, y otra caricia para el público, que se presta a presenciar estas atípicas carreras. Fuegos y luces, autos bellos y rápidos; en ese momento de festejo se superponen dos espectáculos simples y primitivos. Y así, con un Porsche persiguiendo a toda velocidad a un BMW por la recta opuesta de Daytona durante los fuegos de medianoche, culmina la secuencia de apertura de F1, la película. 

Arriba de ese Porsche que cruza la pantalla, mientras los fuegos artificiales completan con sus luces todos los rincones del plano, va Brad Pitt, o mejor dicho, Sonny Hayes, un piloto veterano de mil carreras, un old timer alejado del showbiz hace años. El Porsche presiona al BMW y lo fuerza al error en la chicana siguiente; el BMW se despista y Hayes toma la punta. Los fuegos artificiales parecen estar celebrándolo. El ritmo interno de esta escena alterna planos desde el punto de vista del piloto con imágenes exteriores donde los autos parecen danzar entre sí. La coreografía de los autos y los movimientos de Pitt, sumados al acierto narrativo de mostrar que gana la posición por un error ajeno, inducido, y no por una gran proeza salida de la nada, son decisiones que le dan a la secuencia una impresión de realidad en la que puede palparse el vértigo, el juego con el límite y el azar que dominan al deporte. Es el momento de mayor belleza de la película, y es también donde aparece en toda su desnudez la ley estética que rige a F1: espectáculo sobre espectáculo, fuegos sobre luces, sobre velocidad, sobre estallidos, conjugados en una poética del show. Pero vayamos paso a paso.

En primer lugar, no hay vuelta que darle: F1 es, desde su título donde flamea una “(R)”, sus créditos y su afiche, un film objeto, una publicidad no tradicional (PNT) hecha película, que se hermana con la serie de Netflix Drive to Survive como un nuevo fogoneo del reciente crecimiento de popularidad de la Fórmula 1. Quizás por eso, en su andar, la película muchas veces se pierde por las aristas de las sobre explicaciones, con subrayados no solo de las reglas del deporte, sino de una trama más bien convencional. Todo parece tener que ser repetido no una, sino dos, tres o hasta cuatro veces; algo que cobra un particular grado de molestia con la inclusión de las voces de los comentaristas oficiales de la Fórmula 1 sobre las escenas de las carreras. Voces que son como una interferencia molesta sobre una frecuencia limpia, también interrumpida por mamushkas de PNT sobre PNT de muchísimas otras marcas. Y es que, en su carácter de promoción de las atracciones comerciales de un producto, F1 sabe mostrar con eficacia la opulencia, la grandilocuencia, el glamour o, en síntesis, el show del deporte.

Peripecias acá y allá, y el veterano Hayes se encuentra, más de veinte años después de un paso frustrado por la categoría, de nuevo arriba de un Fórmula 1. Es mitad de temporada, su auto es el peor de la grilla y su compañero de equipo un joven inexperto con las prioridades desordenadas. La parábola del mentor se impone enseguida junto con la narrativa de los perdedores que se animan a pelearle a los Goliat de la grilla. F1 es una película sobre el ascenso de un caído pero también de un último baile, la revancha tardía de alguien que vuelve para enseñarnos a desacreditar la fantasía de los hoteles cinco estrellas, la farándula, los boliches, las modelos, los reyes, la fama y la plata.

Recorriendo una constante tensión entre banalidad y belleza deportiva, algo queda claro: hay mucha fragilidad en el automovilismo. Más allá de la reglamentación de una u otra categoría, las carreras de autos son espectáculos atrapantes por su simpleza: a fin de cuentas, se trata de autos rápidos manejados al límite por pilotos que, sin importar que la muerte merodee siempre cerca, quieren ir más rápido que otros. Por eso, los momentos en donde se palpa algo del alma de ese mismo evento de lo real son como grandes respiraciones, momentos de revelación.

«Si todo está bajo control, no vas suficientemente rápido», decía Mario Andretti, el único campeón estadounidense de la Fórmula 1. En sus mejores tramos, F1 transmite esa pérdida de control necesaria, y también sus peores consecuencias. Hayes fue una joven promesa de la Fórmula 1 en los 90, corrió con Mansell, Prost, Senna, con los grandes entre los grandes antes de que, súbitamente, su carrera se vea arruinada. Una serie de imágenes de archivo muestran el accidente casi fatal que lo alejó de las pistas. Son planos que tienen un cariz muy distinto a las imágenes oníricas en las que Hayes aparece persiguiendo a Senna en medio de una carrera. Estas otras imágenes muestran a un Lotus partido a la mitad y a un piloto, Hayes, desparramado por la pista, inconsciente, con la pierna quebrada y aún atado a la butaca. Estas imágenes usadas en la película y atribuidas al pasado del protagonista son, de hecho, reales: corresponden al registro televisivo del accidente de Martin Donnelly durante las prácticas del Gran Premio de España de 1993. Imágenes que son imposibles de ver y poder entender cómo esa persona pudo haber sobrevivido. Pero lo hizo y aún vive. 

Esas imágenes insertadas en el film, que uno puede o no saber que son reales, tienen de por sí un peso distinto. No pasan de largo como las imágenes del choque violentísimo y estrambótico que sufre el compañero novato de Hayes por no hacerle caso a su maestro, donde todo permanece siempre visible, desde el vuelo por los aires del monoplaza, los vuelcos y el incendio de llamas de CGI. Las imágenes del joven Hayes tirado en el piso quedan grabadas en un rincón distinto de la percepción. Quizás sea por su crudeza sin filtro, por su textura televisiva noventosa, o quizás porque se trata del registro del después, de la imagen de las consecuencias de algo que no vemos y que nos lleva a completar mentalmente la imagen ausente de un choque sin registro. Es difícil precisarlo, pero lo cierto es que esas imágenes tienen otro espíritu, portan un halo que tiñe a las desventuras de los protagonistas de F1 de un azar y un riesgo diferente, justamente, quizás, un riesgo verdadero. 

De cierta manera, todas las ideas y emociones que brotan de esta película contradictoria incitan a pensar en la diferencia que separa a los eventos espectaculares de los espectáculos, o mejor dicho, del show. Y es que lo espectacular es espectacular por sí mismo, por el interés y la reacción primitiva y verdadera que esas cosas y eventos, atípicos y fuera de la norma, producen por su propia irrupción. Mientras tanto, el show consiste en la espectacularización sintética de algo que puede o no tener esa alma genuina. En el show está todo a la vista, no puede quedar un detalle sin ser visto o sin ser exprimido. Y para eso, todo debe recibir un marco que explique, sobre explique y guíe las emociones, que subraye los puntos altos y evite los bajones. El objetivo del show no es otro que crear engagement, formar un público cautivo, no dejar a nadie afuera. Su meta es darle hipervisibilidad a los eventos o crear de cero eventos hipervisibles (como el choque del compañero de Hayes con su detallada vestidura CGI). La estética del show es antagonista a la estética del misterio.

Por su parte, las cosas y eventos espectaculares portan una poesía secreta e imposible: lo espectacular son los aviones despegando del suelo, los autos volando por una curva, los arqueros atajando una pelota en un ángulo, los glaciares partiéndose en mil pedazos con un estruendo aleatorio, y tantísimas otras cosas que, al ser filtradas por el tamiz de una explotación comercial irrestricta, pueden devenir en show. La película F1 es, en esencia, un recipiente lleno de show con algunas gotas de la verdad de lo espectacular. Una verdad que sabe emerger en aquel comienzo y también cuando, después de tanto azar y fragilidad, por fin, en sus últimos metros, se apuesta por darle respiro a las imágenes, se apuesta al silencio, al tiempo y al nervio propio de lo que es una última vuelta. 

***

F1: La pelicula / F1: The Movie, Estados Unidos, 2025.

Dirigida por Joseph Kosinski.

Escrita por J. Kosinski y Ehren Kruger.

Intérpretes: Brad Pitt, Javier Bardem y Damson Idris.

***

Tomas Guarnaccia / Copyleft 2026