CARTA ABIERTA 2020: LA ESCRITURA DEL AMOR (AL CINE)

CARTA ABIERTA 2020: LA ESCRITURA DEL AMOR (AL CINE)

por - Varios
14 Feb, 2020 04:44 | comentarios
La tradicional carta anual llega tarde, como de costumbre. Nuestra intenciones, nuestras promesas, nuestras creencias.

Estimados lectores:

Esta carta llega tarde; el retraso tiene sus razones, pero las excede. Por una parte, soy yo el que llega demorado, el que mantiene este sitio sin rendirle cuentas a nadie y el que determina sus reglas. Sin embargo, los hábitos personales son huellas que no se eligen y que se tienen que combatir cuando, en estas, despunta una propensión al menoscabo dirigido a uno mismo. La vetusta moral de la que se escapa sin descanso, la misma de la que hablaban los mayores en mi infancia, tenía cierto valor pragmático sobre el problema de los hábitos. El reconocimiento de las debilidades del carácter podía contrarrestarse con la disciplina, aunque es difícil conjurar la acción que no se escoge y tiende a vencer, como pasa en cada oportunidad que se ha elegido abandonar un alimento y, al otro día, se unta dicho alimento en la tostada de la mañana, que también se había desechado en el plan dietético.

El año pasado, y el anterior también, y no quisiera ir más allá para no tener que corroborar la cantidad de fracasos, anuncié secciones nuevas con algún que otro plan de trabajo muy exigente. Creo no haber cumplido prácticamente ninguno, al menos no los más ambiciosos, y, muy probablemente, debido a que volveré a formular proyectos de la misma índole, una vez más, decepcionaré a nuestros lectores. Ojalá me equivoque. Sin embargo, como Santiago González Cragnolino ha sentido la necesidad de cuestionar la respetabilidad de los cánones cinematográficos y el innegable costado normativo de estos, quiero creer que su propuesta sí encontrará su piso de realidad en este 2020. (En el 2019, Julia Kratje empezó a entrevistar a varios cineastas argentinos que ya no son parte de lo que se denominó, dos décadas atrás, Nuevo Cine Argentino, y ahí también se dio una muy bienvenida regularidad que puede ser comprendida como una subsección dentro de la sección Entrevistas).

Desconfío de mí, como se podrá observar. Esa clarividencia íntima no me impide sostener deseos, enunciarlos en público y volver a creer que, este año, a diferencia de los precedentes, aquello que se quiere alcanzará su existencia material. Me propongo retomar tres secciones anunciadas en el pasado y jamás puestas en práctica. También tengo en mente otras secciones. Los viejos sueños son los siguientes: confeccionar una cartografía de la nueva crítica internacional; llevar adelante el estudio analítico de un cineasta (dos por año); y realizar un conjunto de entrevistas a hombres y mujeres que representen los rubros en los que se desempeñan, de manera que se pueda comprender la división del trabajo en el cine desde la praxis. Solamente diré, entre algunos de los anuncios para este año, que he decidido llevar adelante un diario. Espero que Soy montaje, como sección, conozca su primer envío en el mes de marzo, una vez terminada la Berlinale, festival que cubriré íntegramente en los próximos 20 días. El resto seguirá como siempre: Ensayos, El canon internacional, Entrevistas, Libros, Críticas, Festivales, Estrenos eternos y Las películas secretas.

Nuestros redactores se mantienen estables: no habrá nuevas firmas a lo largo del año. Lo mismo con nuestros columnistas, aunque tenemos una invitación pendiente del año pasado que aún no estoy en condiciones de revelar y que, de confirmarse, nos exigirá mayor precisión y lucidez a todos los que aquí publicamos. Es una mente brillante de la teoría vernácula.

La periodicidad, en la medida de nuestras posibilidades, será la misma de siempre: una publicación diaria; sin embargo, de aquí en más, los días domingos descansaremos, excepto durante la crónica de un festival de cine.

He leído por ahí que la crítica de cine es amor. De ser así, postularía que, si es amor, muchas veces este emerge de un magma en el que las pasiones, y acaso los signos menos pensados que nos constituyen, mueven el análisis y la redacción. Esto explica la razón por la cual a menudo la crítica tiende mucho más al desdén y la injuria que al celebrado amor. El odio dicta el vocabulario, escoge la sintaxis perfecta para la burla, y el redactor, en un pico de adrenalina, se siente envalentonado, como si fuera un animal salvaje que destroza a su presa paso a paso, un poco como sucede en Space Dogs cuando el perro despedaza al gato, una secuencia de una honestidad darwinista que suele resultar insoportable a los humanistas que olvidan que una mascota es un animal. Nosotros también somos animales y, como tales, podemos sentir placeres primitivos cuando demolemos al que se percibe como enemigo. El desprecio es una corriente subterránea aliada al pensamiento, pero ese necesario negativismo no constituye el punto más excelso del pensamiento crítico, más allá de que la molestia y la bronca inspiran siempre textos vistosos. El ingenio irónico seduce. Sucede que es muy difícil amar con palabras, y es todavía más arduo saber qué se ama sin la ayuda que prodiga el reconocimiento de lo que se detesta. Es un paradigma antiquísimo, formulado por Heráclito: “La guerra es el padre de todas las cosas”.

De aquí en más, hablaré solamente en mi nombre: no temo a la enemistad, tampoco evito la confrontación necesaria y no ahorro mi dosis de bilis contra alguna película que glosa todo aquello que daña al cine y lastima cualquier atisbo de vitalidad en los planos. Pero es un desafío mayor aprender a escribir desde un sentimiento amoroso que no esté erigido sobre el contraste. La tradición en la que me he formado abusa del prestigio del agravio. Yo intento alejarme, como puedo, de esa legítima metodología que ha sumado textos magníficos. ¿Hace falta enumerarlos? Farber y Daney, nada menos, fueron imbatibles polemistas, capaces de transformar una oración en un estilete o en una pastilla de veneno. Los leo siempre y aprendo de ellos, y no me voy a ningún viaje sin sus libros, pero, a la hora de definir mi práctica, tal vez debido a mi temperamento, prefiero la vía baziniana. Pocas veces recurría el ya espectral Bazin al descrédito y la ironía; en todo caso, en una exhaustiva labor de análisis, probaba la ineficacia de una obra (demoliéndola) y la imbecilidad de un punto de vista. Bazin escribía desde el amor, el mismo que frecuentaron Spinoza, Bergson, Whitman, Sebald o Di Benedetto. Todos ellos no se definieron por el odio, ni compartieron sus saberes y placeres a partir de un mapa detallado de lo que los irritaba. Aquí el lector sabrá sacar sus conclusiones; estas no son palabras sin contexto.

El año pasado un film me protegió y alivió desde el primer día en que lo vi. Yo pasaba por la tristeza que suscita una pérdida y no encontraba consuelo. Pero el reparo vino de una mujer de mi edad retratada en una película. Era un film sobre un duelo y yo estaba hundido en uno. Alguien había muerto, o al menos así lo sentía, y esa experiencia es tan exasperantemente indomable que no se puede hacer otra cosa más que atravesar ese período de aridez con la mayor paciencia afectiva y deseo de entendimiento. Sospecho que a todo hombre o mujer le toca pasar por su “noche oscura del alma”, y la mía fue en 2019. Pero hubo un film sobre las tinieblas, la traición, el amor y la pérdida, con una mujer hermosa como protagonista, que me acompañó desde fines de agosto, y aún lo hace. Su nombre es Vitalina Varela. Ese film me amó, ¿cómo no escribir sobre él devolviéndole ese amor?

Con los sentimientos recién expresados llevo adelante este sitio; quienes me acompañan dan lo mejor de sí y, en su compromiso, ese amor los define, incluso a los más polémicos. A muchos no les interesa la totalidad de lo que hacemos, a otros sí. A todos, sin excepción, les damos la bienvenida.


Fotos: Vitalina Varela postcard en la 9 de Julio (RK); 2) André Bazin

Roger Koza / Copyleft 2020