UNA NOCHE EN EL MAXXI

UNA NOCHE EN EL MAXXI

por - Críticas
01 Nov, 2013 03:25 | comentarios
vlcsnap-2013-11-01-12h18m41s49

La parmigiana

Por Fernando Pujato

El desfile retrofuturista en el París Fashion Week de la diseñadora china Ma Ke, es decir el triunfo del postcapitalismo disfrazado artesanalmente, que corresponde al segundo episodio de Useless, de Jia Zhang-ke, no se desarrolla en el MAXXI, el Museo Nacional del Arte del Siglo XXI, un edificio tan chic y moderno que uno podría imaginárselo en la capital francesa. El MAXXI se encuentra en Roma, muy cerca del centro histórico de la capital de la cristiandad donde las voces musulmanas se escuchan tanto como el buongiorno, una realidad que remite al magistral inicio de Código desconocido, de Michael Haneke. Me refiero a ese plano secuencia en el que están involucradas nacionalidades que unos pocos años atrás permanecían más o menos en su sitio de origen sin alterar demasiado la geografía mundial ni disturbar el sueño de la blanca burguesía, un movimiento migratorio que al parecer nunca finalizará en una Europa cada vez menos europea, cada vez más cosmopolita. Es en este museo de este siglo donde se pueden ver, hoy, algunos de los films italianos más importantes y tal vez menos conocidos del siglo XX, programados por el critico de cine Mario Sesti en un ciclo llamado Los Olvidados, o I Dimenticati en idioma original; algo así como encontrar las joyas de la abuela o rescatar del olvido a autores y films que no deberían ser olvidados; algo así como seguir pensando que la historia del cine es un continuo presente por descubrir.

Y La Parmigiana (1963) es, verdaderamente, un descubrimiento en más de un sentido, desde el momento en que nos encontramos no sólo ante una comedia sin la clásica división de presentación, desarrollo y final (feliz) sino también con un ordenamiento formal sorprendente: el film se transforma continuamente dentro del género en un ir y venir a través de los recuerdos de una mujer. No a partir de esa escena confesional que hemos vista tantas veces de alguien cómodamente sentado en algún lugar oscuro de una casa oscura o en un bar de mala muerte frente a un botella semivacía buceando en su memoria tiempo mejores o peores. Ahí no. Más bien desde el momento en el que ese alguien regresa al lugar donde todo había comenzado unos pocos años atrás, donde una mirada o un gesto o un vestido dispara un travelling lateral que se transforma en un flashback sin cambiar de plano y nos deposita en un bucólico paisaje de provincia, en el despertar de un primer amor, en una huida y en un fracaso. También en un encuentro fortuito, al desembarcar en la gran ciudad y en la posibilidad de otro amor que tal vez nunca podrá ser. O en una fuga siempre para adelante, aun cuando se retorne a ese lugar iniciático buscando no se sabe muy bien qué. Es dentro de este retorno, en este presente despreciado por Dora, quizá porque le recuerda demasiado a su pasado, donde aparece la otra gran figura femenina del film, una presencia tan arrolladora que uno termina preguntándose quién es la mujer fuerte del film, la verdadera parmigiana. ¿O en realidad son dos? Porque está esa tía que debe soportar a su marido y conseguirse algún que otro amante pasajero; ella tiene todo el tiempo del mundo para dedicarse a hablar de los otros, y buscar un pretendiente más o menos aceptable para Dora, su pobre sobrina huérfana; no es el típico personaje de la madre italiana todopoderosa sosteniendo a la familia desde las sombras o desde un lugar marginal porque sólo trabaja de ama de casa. Se trata de una mujer dispuesta a transitar este universo masculino que le ha tocado vivir sin renunciar a su libertad. Y el pretendiente aparece: un conservador oficial de policía, quien busca una joven virgen para esposarse, tropieza con Dora, una joven prostituta de la cual se enamora y a la cual le promete todo lo que puede prometer un custodio de la moral y las buenas costumbres. Pero cuando su idilio de juventud aparece conduciendo un auto y conversa con ella como si nada hubiese sucedido, Dora cae en la cuenta de que este futuro marido más que un marido será sólo un momentáneo reemplazo y una carga que no desea sobrellevar y, por supuesto, parte de nuevo a Roma para buscar a su segundo amor, quizá el único verdadero, a quien encuentra trabajando en un bar a las órdenes de su flamante esposa y del cual sólo recibe un “buenos días señorita, ¿en qué la puedo servir?” Este desprecio casi infantil, este esconderse detrás de las apariencias y refugiarse en la placentera comodidad de algo parecido a un hogar o a una madre que es más o menos lo mismo, es el final de una búsqueda por fuera de las habituales convenciones societarias, aunque un nuevo comienzo se adivina fuera de campo. El policía es Lando Buzzanca, que años más tarde desembarcaría en nuestro país con una serie de horrendas comedias machistas; el joven es un actor joven a quien no conozco; el amor romano es Nino Manfredi cuando todavía no actuaba de sí mismo, y los tres junto al marido de la tía no son una caricatura homofóbica ni un retrato impiadoso del mundo masculino. Más bien son hombres que no han terminado de crecer como todos los hombres, perversos polimorfos sin la gravedad freudiana y con un toque, solo un poco, de humor a la italiana. Por encima de todos ellos, o por delante quizás, la bella Catherine Spaak es Dora, versión italiana de Nana, la protagonista excluyente de Vivir su vida, aunque el film de JLG es, como todos sus films, seguramente irrepetible. La tía es Didi Perego, el personaje mejorado, un tanto más moderno y menos previsible de Susan Sarandon en Thelma and Louise, si es que algo se puede mejorar en el film feminista de Ridley Scott que culmina con el plano congelado de un auto precipitándose hacia una romántica muerte en el desierto de Las Vegas; al parecer el último y único refugio contra las atrocidades de los hombres para con las mujeres, tan sólo porque desean ser mujeres por fuera de los mandatos culturales de género. La Parmigiana, que no es un film feminista pero si se ocupa de las mujeres, cierra con el plano de Dora pintándose los labios en una vidriera de Roma que le sirve de espejo, y que podría ser una vidriera de cualquier negocio de cualquier geografía de este mundo. Dora se prepara para seguir enfrentando a la vida, esto es: a cualquier vida que nos ha tocado vivir. El film de Antonio Pietrangeli es de 1963, pero esto es tan sólo una anécdota. La modernidad, en el cine, aún no tiene fecha de vencimiento.

El programa se completó con una charla luego de la proyección en la que estaban presentes Mario Sesti, una actriz contemporánea italiana y un director de cine de quien he visto muchísimos films durante la última dictadura militar en Argentina, probablemente porque la mayoría eran comedias y los inteligentes señores encargados de la censura -me cuesta pensar en una mujer ejerciendo este papel-  seguramente pensaban que las comedias son algo así como un pasatiempo liviano fácilmente olvidable: tienen un final feliz y no nos pueden mostrar nada de lo que ocurre en la realidad. Este director de cine, quien escribió junto a Pietrangeli el guión del film, contó algunas cosas interesantes: el vaivén entre el presente y el pasado (los flashbakcs) se les había ocurrido luego de leer Ulises de Joyce; a Pietrangeli sólo le interesaba el destino de las mujeres y no tenía una respuesta al porqué de este interés; alguien del público le preguntó a qué respondían las obsesiones de Pietràngeli obsesivo de la actuación y del registro, capaz de hacerle repetir un corto monólogo a Vittorio Gasman unas treinta y tres veces y filmar un plano otras tantas veces, y algunas cosas más. Cuando todo terminó me acerqué al director en cuestión, es decir a Ettore Scola, que tiene más de medio siglo de cine sobre sus ojos pero no actúa de viejo sabio y es divertido, para agradecerle. Porque, se diga lo que se diga acerca de sus films, ellos me acompañaron en un época terrible. Probablemente sea una figura un tanto menor dentro de la cinematografía italiana y seguramente no es mi director favorito, pero sus films no son estúpidas comedias italianas donde la gente grita, gesticula y come tallarines todo el tiempo, estampas folclóricas que definen el estilo de Roberto Begnini, para mostrar la simpatía del carácter italiano en cualquier circunstancia. Los personajes del cine de Scola tal vez sean un tanto expansivos y en algunas situaciones tal vez exagerados, pero poner en escena a un orden fascista y mostrar un país a la deriva no es precisamente reflejar un estado del mundo complaciente o esconderse en el don de gentes mediterráneo.

Hace unos días, en el MAXXI, vi una comedia del siglo pasado; era una película ligera y profunda a la vez con un registro formal exquisito; también pude conversar con el director de Un día muy particular. En unos días más comienza el Festival Internazionale del Film di Roma. No sé si el cine puede cambiar el orden de nuestra existencia, pero sí puede brindarnos alguna que otra dicha pasajera. Fugaces e instantáneos momentos de felicidad. Como la vida que dura un film.

Fernano Pujato / Copyleft 2013