UN CASTILLO EN ITALIA / UN CHÂTEAU EN ITALIE

UN CASTILLO EN ITALIA / UN CHÂTEAU EN ITALIE

por - Críticas
29 Jul, 2015 04:18 | Sin comentarios

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza

LOS DILETANTES

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Un castillo en Italia / Un château en Italie, Francia, 2013

Dirigda por Valeria Bruni-Tedeschi. Escrita por V. Bruno-Tedeschi, Noémie Lvovsky y Agnès de Sacy

** Válida de ver

La tercera película de la talentosa actriz italiana cuenta con algunos momentos cinematográficamente poderosos, aunque la autorreferencialidad permanente en todo el metraje puede despertar menos interés que el esperado.

“Los ricos son todos locos y mezquinos”. Otro personaje responde a esa afirmación: “Sí, pero también lloran”. Los que hablan pertenecen al personal doméstico de una familia, que acompañan silenciosamente las peripecias emocionales y económicas de los dueños y moradores de la propiedad, que es una protagonista directo de la trama. No es una afirmación menor y menos aún una escena entre otras. El filme saca a relucir ahí su propia conciencia, el punto de vista que lo articula. Los ricos se exponen o, más precisamente, una directora-actriz escenifica situaciones de su vida duplicando materiales propios en signos de un relato. ¿Una terapia? ¿Un ejercicio de exorcismo exhibicionista? ¿A quién le interesa el existencialismo de los pudientes?

En Un castillo en Italia hay talento. Valerie Bruni-Tedeschi protagoniza elementos de su propia historia y se filma. Como en la película, ella tuvo un hermano que murió de SIDA (a quien está dedicada la película); como en la historia que cuenta, también tuvo una pareja mucho más joven que ella, y justamente quien interpreta a su enamorado es Louis Garrel, el hijo del gran cineasta Philippe, y que fue su pareja real por varios años. A su vez, el personaje de Garrel tiene un padre que hace cine. ¿Quién es quién? ¿Qué es real y mero artificio?

La fluidez circular entre ficción y documental es un juego de espejos evidente, más allá de que en última instancia esta heterodoxa comedia existencialista liviana –valga la paradoja– se sostiene en un cambio de registro permanente en el que recae su atractivo, aunque esto también se revela como una operación estratégica narrativa para protegerse de su narcisismo inocuo e invencible trivialidad. Religión, familia, riqueza, un poco de decadencia, algo de risa, una pizca de compasión. La sumatoria no da como resultado un todo sólido, sí coherente.

El inicio promete: Louise, una actriz retirada (Bruni-Tedeschi) despierta con el canto de los monjes del monasterio en el que está descansado. Tal vez se trate de la Vigilias o el Laudes, pero es bien temprano. De ahí se irá para su castillo, y en el camino conocerá previamente por azar a Nathan, un joven actor que está rodando un filme cerca del claustro religioso. Él la reconoce.

Es una época de cambios para Louise: su madre, hermano y ella quieren vender o hacer algo con el castillo que les da pérdidas, acaso vender cuadros y reorganizar la economía familiar. El hermano, además, que está por comprometerse con una hermosa mujer, tiene SIDA. Quizás se esté por morir. La película trabajará con esas variables dramáticas sumando situaciones: encuentros familiares, subastas de objetos, visitas a la iglesia y algún que otro conflicto amoroso y familiar.

Todos son buenos actores, y Bruni-Tedeschi sabe muy bien cómo combinar los talentos que tiene a su disposición. A los cambios inesperados de registro –una escena dramática deviene cómica y viceversa sin un escalonamiento paulatino– se les suman decisiones de puesta en escena que fijan ciertos matices. Por ejemplo, los colores de la indumentaria de los personajes a veces combinan con sus experiencias, la relación entre la música que se escucha y la continuidad de las escenas se entrelaza con suma elegancia y hasta con cierta originalidad.

El problema radica en que este orbe existencial, en el que se quiere recuperar “el espacio necesario para la vida”, el conjunto de situaciones e inquietudes de los personajes parece responder al imperativo de un mero diletantismo. Picotear un poco del vértigo de la muerte, señalar algunos tabúes propios de burgueses, declarar la naturaleza quimérica del Altísimo no llegan a constituirse en acciones que superen la mera enunciación. La angustia de un rico difícilmente sea de naturaleza universal.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior en el mes de julio 2015

Roger Koza / Copyleft 2015