“EL POLAQUITO”: DE DESANZO A LANATA

“EL POLAQUITO”: DE DESANZO A LANATA

por - Varios
25 Jul, 2017 02:51 | Sin comentarios
En este breve texto Nicolás Prividera intenta pensar los límites críticos de la televisión y las posibilidades del cine para pensar la realidad social a partir del informe titulado "El polaquito" presentado recientemente por el conductor Jorge Lanata en su programa PPT.

Por Nicolás Prividera

El programa dominguero Periodismo para todos de Jorge Lanata presentó un “informe periodístico” que exponía a un chico de 11 años presentado como delincuente y asesino. Aun sin entrar a considerar lo irrelevante del caso en términos “policiales”[1], queda claro para cualquiera que haya visto dicho “informe” (y la esperable respuesta violenta de los televidentes, aunque también hubo muestras de repudio dirigidas al conductor antes que al menor) que la exposición pública no hizo más que estigmatizar su condición.

Sabido es que los medios encuentran en esa imagen la metáfora perfecta del chivo expiatorio: joven, pobre y malo. Triple condición exponencial cuya culpa potencial no hace falta probar sino condenar expeditivamente, cosa que la TV está en inmejorable condición para ejercer (Lanata mismo intentó luego una ligera excusa amparándose en las características espectaculares del medio). Frente a esa “representación” doblemente degradada (de personajes arrojados por el Estado a un circo virtual), el cine logró a veces dar una imagen más omnicomprensiva de la niñez abandonada (imposible no remitirse a la ya cincuentenaria obra incial de Favio), aunque muchas otras no hizo sino replicar esa imagen (peligrosa o lastimosa, según el tono elegido), incluso con las mejores intenciones.

El público suele, claro, atender más a la TV que al cine, e incluso disociar al mismo personaje según se lo represente de una u otra manera. De hecho casi nadie señaló que ese apelativo curioso para un niño marginado recuerda (¿refiere, espeja?) la película que Juan Carlos Desanzo filmó hace trece años. La crítica de Horacio Bernades fue lapidaria: “Elemental en lo dramático, feísta en lo visual y por debajo del standard en términos de realización, El polaquito es una de esas películas en las que todo se muestra, se dice y se ilustra. Así como cada aparición amenazante se ve amplificada por una guitarra eléctrica que aúlla a todo volumen, si hay una violación se verá al violado con la cola al aire. Y si alguien se hace pis de miedo, después de oírse el ‘psss’ la cámara irá en busca del charquito”[2]. Para entonces ya el NCA había fijado otros horizontes posibles, aunque su mirada sobre la miseria no siempre se distinguiera demasiado del candoroso exploitation de Desanzo (“solo fuimos más hábiles y elegantes”, diría Llinás[3]).

Incluso sus mejores exponentes (desde la inicial Pizza, birra, faso) no llegaron más que a poner en imágenes aquello que en los festivos 90 nadie quería ver (en el cine: después, claro, llegó la TV, de Okupas a Tumberos, y lo novedoso se hizo otro lugar común). Hasta el talento de Trapero encontró su límite en Elefante blanco, cuando el mismo NCA dejó de ser marginal arte termita, si alguna vez lo había sido. Se sabe: no es fácil hablar del Otro sin prejuicios, incluido el del paternalismo. Y la mirada siempre es externa, así como las cámaras son siempre ajenas. Porque los pobres no disponen de medios de producción, aunque a veces aparezcan tranquilizadoras excepciones como la de César Gonzalez, que en Diagnóstico esperanza o ¿Qué puede un cuerpo? filma desde adentro, como para que podamos preguntarnos si con los medios alcanza para evadir la mirada de los otros, o si la pregunta no es desde dónde se filma sino para quién se filma y en qué condiciones. En todo caso, solo pueden hacerse preguntas y dejar la cuestión abierta (como lo hace Andrea Testa en Pibe chorro, asumiendo la imposibilidad de suturar esas distancias). Pero aun así no alcanza.

Y no es solo que falte una solución real, más que cinematográfica. Porque mientras seguimos esperando ese oscuro día de justicia, lo que sigue faltando es el contraplano. O, antes bien, hacer visible lo que habitualmente queda fuera de campo: la mirada que se oculta tras la cámara. No solo un “retrato de la clase dominante” (como se proponía Walsh), sino de los abismos ideológicos del propio espectador de clase media y baja, cuando hace suya esa mirada represiva. Si ese discurso cualunquista está sobrerrepresentado en el feedback mediático (siempre pendiente de los mensajes del público, que transforman la inasible opinión pública en letrina), pero suele estar  ausente en el cine, donde hasta la incorrección política tiene una pátina de distante misantropía.

Ya en 1998, ante la reciente visión de Pizza, birra, faso, Carlos Correas advertía que la película desconoce “a los reales y decentes vecinos, comerciantes, porteros, comisarios, autoridades comunales y nacionales que se mancomunan en barrios, consejos de prevención y asociaciones vecinalistas para defenderse de los delincuentes”, apunta que “todos sentimos que los vecinos pueden ser comprensivos de la inconciencia, de la ignorancia, y de la pobreza desmoralizante, pero también sentimos que esos mismos vecinos están dispuestos, ante todo, a mandarles la tropa a los ruines antisociales para que escarmienten a culatazos”.[4] Los medios le hablan a ese público (la inmortal “Doña Rosa” de Neustadt), que el cine a veces deconstruye para los espectadores-críticos.

Entrevistado poco después del episodio de “el polaquito” por Lanata, el jurista Roberto Gargarella hizo mención a Omnibus 174 (José Padilha, 2008), el documental que usaba las mismas imágenes que la TV había producido y reproducido, para devolverles una opacidad comprensiva (y ante esta tibia referencia vino el tibio descargo de Lanata). Desde ya, esto no significa que el cine sea de por sí y siempre ese arma antiespectacular que suele invocar Comolli (el propio Padilha haría después la fascista Tropa de élite, en la peor tradición del cine-espectáculo), pero ciertamente es el único espacio de resistencia en que la imagen puede pensarse (empezando por su propio “fuera de campo”: eso que la TV no sabe ni quiere asumir). Hoy y aquí, en este mundo en general y en este país en particular, en que las imágenes (incluso las generadas desde dispositivos móviles, pero no siempre como contrainformación) se viralizan sin darnos respiro, ¿qué nuevo cine argentino estará a la altura de las circunstancias?

[1] Además de las pruebas faltantes en este caso en particular, un informe del Consejo de la Magistratura de la Ciudad de Buenos Aires aclara que sobre 175 homicidios registrados en 2015, sólo 1 caso fue cometido por un menor de 16 años y 10 casos fueron atribuidos a adolescentes entre 16 y 18 años: o sea, el 3,8% del total.

[2] Horacio Bernades, “Miseria demasiado explícita”, Página12, 10 de octubre de 2003.

[3] Véase el reportaje que le hace Quintín en El Amante (“Una bomba de tiempo”), agosto de 2002.

[4] Carlos Correas, “Tres films argentinos”, en El ojo mocho, Número 12/13, 1998.

Fotograma: Crónica de un niño solo (encabezado); El polaquito

Nicolás Prividera / Copyleft 2017

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2. El cinematógrafo: sobre Terence Davies: leer aquí.