MIRÓ, LAS HUELLAS DEL OLVIDO

MIRÓ, LAS HUELLAS DEL OLVIDO

por - Críticas
15 Sep, 2018 01:19 | Sin comentarios
Franca González vuelve a filmar un territorio lejano y perdido. En este film cuidadoso y hermoso, el pasado ilumina misteriosa y quizás involuntariamente algo propio del presente.

La obstinación del pasado

Una misteriosa tara generacional reciente llevó a considerar a muchos que la historia es un pasatiempo minoritario. A los vivos, juzgó un poderoso representante de esa generación, no les puede interesar lo que hicieron los muertos, y así celebraba la sustitución en los billetes de personajes de la historia argentina por simpáticos animales que remiten a la fauna del territorio nacional, especies que pueblan los diversos ecosistemas del país. Frente a ese cándido razonamiento, hay que contraponer una verdad de Perogrullo: los animales no tienen nacionalidad, porque no tienen historia.

En la interesantísima Miró, las huellas del olvido, Franca González literalmente desentierra la historia de un pueblo que dejó de existir. No se borró en este caso de un billete, pero sí de la memoria de los pobladores de La Pampa, los manuales de geografía y los registros históricos. Eso no significa que el pasado esté completamente desaparecido. La historia no es un palimpsesto; solamente se requiere desear leer los signos y reconstruirlos. Eso es precisamente lo que pone en movimiento González, y el resultado es tan didáctico como sorprendente.

El método certero empleado para filmar lo olvidado es propio de arqueólogos: debajo de la tierra se pueden hallar utensilios, en los registros del ferrocarril se constatan los hombres y las mujeres que bajaban en la estación de Miró y también están las cartas de los viejos inmigrantes llegados de Italia que trabajan la tierra de la madrugada a la noche para conquistar su sustento. En una secuencia inesperada que tiene lugar en un imaginario cine de pueblo, un pretérito noticiero cinematográfico materializa un imaginario de otro tiempo: “gobernar es poblar”, dice la voz en off mientras las imágenes devuelven un imperativo de desarrollo del que hoy se desentiende la retórica política dominante. En el cierre, un travelling hacia el cielo posibilitado por un drone permite vincular la extensión del territorio con la posesión de los ricos. Un pueblo también puede desaparecer cuando los que tienen y administran las riquezas así lo deciden.

Miró, las huellas del olvido evidencia una laboriosa composición en sus encuadres, a veces no del todo acompañada por la estética sonora elegida. El orden visual de un film se impone por la fuerza inmediata de las imágenes y un sistema perceptivo habituado a ese estímulo; experiencia que se intensifica aún más cuando un plano se ha planificado con consciencia. González puede registrar una estación de tren en desuso como si se tratara de una escultura antigua. La profundidad de campo no es azarosa, como tampoco la distancia para observar. Los ejemplos como ese abundan, de tal forma que es más fácil percibir un concepto sonoro sin un trabajo estético que le dé una forma expresiva específica.

El film de González acaso no llegue a conocer la atención que merece. ¿A quién le importa la existencia olvidada de un pueblo ignoto de La Pampa? Sin embargo, en algunas ocasiones, los eventos marginales de un país y el interés estético de una cineasta por un caso geográfico (in)trascendente pueden estar discretamente en sintonía con aquello que define un tiempo histórico y, en esta circunstancia, su mezquino límite.

*Esta reseña fue publicada por el diario La voz del interior en el mes de septiembre 2018.

Roger Koza / Copyleft 2018