MES FICUNAM 2016 (24): VERGÜENZA

MES FICUNAM 2016 (24): VERGÜENZA

por - Ensayos, Festivales
02 Mar, 2016 07:04 | comentarios
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Era el mes de mayo

Por Roger Koza

Aprovecho para citar una vez más a Gilles Deleuze, debido a que hay un par de testigos que dicen haber visto su espectro caminando por las inmediaciones del Centro Cultural. Sucede que fue invocado tantas veces en estos días que tomó un pasadizo secreto, única línea de fuga en el otro lado o el afuera (no hay cielo en Deleuze, es todo pura inmanencia) que permite a los muertos regresar a la tierra de los vivos. Yo no lo vi, pero lo soné. Me dijo: “¿Te acuerdas de la carta que le envié a Serge Daney?”.

Leo entonces la carta publicada en ese gran libro que es Conversaciones y subrayo este párrafo que Deleuze le dedica al gran crítico francés: “Dice usted que todo esto no está exento de cierto tono trágico o melancólico. Creo entender la razón. Me han impresionado mucho las páginas de Primo Levi en donde explica cómo los campos de exterminio nazis nos han inoculado ‘la vergüenza de ser hombres’”. Inmediatamente me doy cuenta lo que quiere el fantasma del maestro: ¿en dónde se puede constatar esa clarividencia inmediata en la que uno se descubre demasiado humano para aceptar lo inaceptable? ¿En qué película (de Ficunam) se puede ver algo así?

Vamos a nombrar una. El film se llama Era el mes de mayo y es del maestro Marlen Khutsiev. Transcurre en alguna zona rural de Alemania. Una batallón de soldados rusos disfrutan del fin de la Guerra. El bienestar se siente. El horror ha concluido. Pero una noche se topan con un campo de concentración vacío; un poco después, con un par de sobrevivientes. Hasta ahí el sentimiento predominante no será la vergüenza; más bien la tristeza irreparable de tener que volver a un tema que nunca parece acabar. Primero que nada, esos hombres enflaquecidos por la vileza y ese mobiliario de la muerte planificado racionalmente entristecen. La vergüenza adviene un poco después, en un detalle. La familia alemana que hospeda a los soldados descubre que uno de los cerdos de la granja está muerto. La indignación de los dueños es desmedida, pues los soldados terminaron con la vida del animal antes de tiempo. Frente a ese dato doméstico la escena precedente resignifica todo y enuncia lo ominoso. Sin palabras y aprovechando el contraste, el estupor de la conciencia ante la secuencia es inmanejable. Los judíos eran menos que cerdos. Vergüenza infinita, vergüenza de ser un hombre.

Roger Koza / Copyleft 2016