MES FICUNAM 2012 (20): LA CIVILIZACIÓN Y EL YO INESTABLE

MES FICUNAM 2012 (20): LA CIVILIZACIÓN Y EL YO INESTABLE

por - Críticas, Festivales
19 Feb, 2012 06:45 | comentarios

TWO YEARS AT SEA, BEN RIVERS, REINO UNIDO, 2011

Jake Williams es el único y cautivante personaje de Two Years at Sea. Se dirá que el film de Rivers es fácil de abrazar (y de odiar). Planos largos sofisticados, un trabajo ostensible sobre la textura de la imagen, una fotografía en blanco y negro notable, un personaje misterioso y la virginidad imponente de la naturaleza. Si bien no es El caballo de Turín, de Béla Tarr, el minimalismo narrativo, el maximalismo formal y un cierto tono apocalíptico hermana la posible elegía final de Tarr, que con este film dice despedirse del cine, con la primera y sorprendente obra de este joven director inglés.

Los dos primeros planos muestran al personaje caminando de espaldas en una zona despoblada. Se viene la noche y el frío es una evidencia. El personaje en cuestión luce como un hippie de los ’70. Vive solo, excepto por un gato cuya compañía es casi espectral. Es posible que Williams haya tenido dos hijos. Cada tanto, Rivers suministra un mínimo de información, esencialmente icónica y sonora: varias fotografías sugieren el pasado del personaje. Es posible que en esta casona abandonada en medio de la nada haya vivido una comunidad alternativa. Por lo pronto, la música que escucha Williams es india y remite al espiritualismo hippie de cinco décadas atrás. Hay un plano en el que se entrevé un recorte de un diario que informa sobre una tensión y una crisis económica, pero Rivers no vincula explícitamente esa información con la vida del personaje. ¿Quién es? ¿De dónde viene?

El presente lo es todo. El famoso aquí y ahora de la cultura alternativa adquiere una dimensión entre opresiva y rústica. En algún sentido, la cotidianidad de Williams no es muy distinta de la de un monje de clausura. Trabajo físico, lectura y descanso. La vida sexual, por otra parte, es inexistente. Lo cómico, a diferencia de la vida monástica clásica, tiene lugar en este universo posindustrial. En una ocasión Williams irá a dormir a una casilla rodante sucia y destruida estacionada al lado de su casa. Se quedará dormido y al despertar el vehículo reposará en una rama. ¿Voló? ¿Soñó? ¿Qué fuma Jake Williams? El gag finaliza con Williams estudiando cómo bajar del árbol. El otro momento humorístico está en una caminata en la que nuestro “salvaje” lleva en sus hombros una camilla, cuatro bidones grandes y una caña. Al llegar al río, la combinación de estos elementos materializará una balsa. Pescar primero, dormir después. La modalidad del montaje es literalmente un nonsense británico.

Aquí no se trata de un encomio sobre la vida en la naturaleza, un Walden del siglo XXI totalmente abstraído de la era digital. En verdad, Williams parece más un sobreviviente que un hombre viviendo en plenitud. No hay palabras, pero sus pocos gestos expresan una moderada serenidad y tal vez una silenciosa frustración. No se sabrá nunca, pues el lenguaje está interdicto y sin palabra los pensamientos de Williams son inaccesibles. La cámara interroga y describe, y la imagen responde a su modo.

La concepción de la naturaleza pasa por su vastedad y su carácter inhóspito, y hay una tensión dialéctica y ancestral entre naturaleza y cultura, una falta de adecuación entre civilización y mundo salvaje. Rivers parece obsesionado por las nubes y sus planos generales de los cielos son gloriosos, siempre abiertos, pero difícilmente habrá allí señas y motivos para maravillarse por el cosmos. Los cielos abiertos y grises de Rivers no son kantianos; en todo caso, son formaciones atmosféricas inmensas en un horizonte que solamente duplica hasta el infinito la desolación de Williams. Two Years at Sea es, en ese sentido, una película acósmica.

El plano final es magistral. Llega la noche y hay que contrarrestar el frío de las últimas horas. El fuego calienta las manos del ermitaño y le ilumina la cara, que va desapareciendo a medida que el fuego se apaga. El brillo de sus ojos, una mueca articulada quizás por alguna asociación cerebral vinculada con sus recuerdos, algo parecido a una sonrisa se van esfumando lentamente. La oscuridad lo transfigura. Williams deviene en fantasma, un ser tardío del siglo pasado en un mundo que sistemáticamente niega el aislamiento y el derecho al retiro. Devenir imperceptible es la política de Williams y la estética de Rivers. Una película inolvidable.

THE RIVER USED TO BE A MAN / JAN ZABEIL / ALEMANIA, 2011

De la panorámica aérea e impersonal que abre la película a la panorámica subjetiva de clausura, íntegramente personal, el protagonista de este viaje al corazón de las tinieblas minimalista habrá adquirido la sapiencia que sólo se puede obtener después de una experiencia radical de descentramiento: cualquier cultura, a pesar de la secreta arrogancia que la postula como punto de vista universal, es una entre otras.

La ópera prima de Zabeil, coescrita con su intérprete principal, el ascendiente Alexander Fehling, transcurre en algún lugar del África no especificado (aunque se trate de Botswana). Un joven emprende, sin un rumbo específico, un viaje en canoa en un río de aguas quietas. Mientras él descansa y duerme, un nativo conduce, pesca y lo protege para que no sufra una insolación. Entre ellos prevalece la cordialidad y la curiosidad. A la noche el nativo le dirá que están en la tierra de los animales, que hasta un elefante podría atacarlos, pues ellos pueden ser percibidos como una presencia amenazante; el alemán revelará su profesión, y como actor imitará los sonidos del elefante. A la mañana habrá una sorpresa, y el actor quedará completamente solo en el territorio de las fieras.

El trabajo sobre la percepción audiovisual es extraordinario: la vida salvaje, más que revelarse, se escucha; los planos generales acentúan la soledad del personaje y varias secuencias nocturnas suscitan una ansiedad primitiva desprovista de toda protección simbólica. Zabeil aprovecha magistralmente la elipsis para resolver instancias de suspenso y además elige muy bien las escenas para denotar el cambio secreto que experimenta el único europeo de un relato en el que la racionalidad blanca resulta insuficiente para interpretar el lenguaje de los otros.

Ambas películas pertenecen a la competencia internacional de largometraje.

La crítica sobre The River Used to Be a Man ha sido publicada por Ficunam 2012 (Catálogo)

Roger Koza / Copyleft 2012