MEMORIA PARA UNA PELÍCULA POR VENIR (01): CONTRAPLANO

MEMORIA PARA UNA PELÍCULA POR VENIR (01): CONTRAPLANO

por - Ensayos
13 Jul, 2014 04:29 | comentarios
el-cine-el-futbol-2a-parte-conexion-argentina-L-SEDJdg

La fiesta de todos

Por Nicolás Prividera

Salgo a la calle a buscar unos planos para un nuevo proyecto (que, una vez más, no es cualquier proyecto). No es un día cualquiera: la selección juega la semifinal de la copa del mundo. Pero no es eso lo que quiero filmar. No al menos todo lo que va a mostrar la TV (los rostros expectantes, la vibración al unísono) sino el contraplano que nadie mira: la ciudad ausente, las calles desoladas como si ya no hubiera vida humana sobre la faz de la tierra. Esa era la idea original, al menos, que pensaba llevar a cabo algún domingo o feriado muy temprano, en esa breve ventana que se abre por apenas minutos antes de que la ciudad se sumerja en el caos cotidiano. Ahora apuesto a tener al menos noventa minutos de tiempo complementario, más lo que pueda surgir de único en un día que sin duda es casi irrepetible.

No recuerdo dónde estaba en la final del ’86, y mucho menos durante la del ’78. Pero recuerdo la atmósfera del ’78 mucho más claramente que la del ’86: tal vez porque para entonces ya había aprendido a desconfiar de esa mancomunión acorazada. La copa de la democracia parecía tener otro tono que la de la dictadura, pero por eso desconfiaba aun más: ya no era un niño, y tal vez por eso no podía olvidar la siniestra marchita del mundial ´78. Siniestra solo para aquellos que vivíamos una suerte de esquizofrénico infierno cotidiano: mientras afuera se festejaba, mi padre rabiaba ante cada gol argentino. Ni siquiera soportó ver la final (ver a Videla y Massera gritando los goles mezclados entre la multitud fervorosa), pero no había adonde ir. Así que se encerró en su pieza y puso el tocadiscos a todo volumen (su último gesto subversivo). Yo simplemente me lanzo a las calles, pero lejos de los bares apiñados y las esquinas de pantallas gigantes donde la poca gente en las calles se concentra como atraída por un imán. Busco otras imágenes, las que mi padre ya no puede ver (desde el fondo de su alzheimer, ahora se entrega a cada transmisión con el fervor de cualquier hombre sano y decente).

No me malentiendan: no puede disgustarme ese espíritu comunal, ese descubrimiento del valor de un equipo (y hasta del carisma de un gran capitán…). Simplemente veo a contraluz su lado oscuro: recuerdo que hasta en los centros de detención gritaban los goles, y no solo los carceleros… Algunos detenidos también, algunos (y supongo que era su modo de intentar escapar por un momento a ese mundo dislocado). No puedo olvidar que esa ideal unanimidad no pudo ser rota ni siquiera por lúcidos exilados, que en su doble condición debieron haber marcado la diferencia (lo que al menos pudo hacer León Rozitchner, para recordarnos que siempre se puede nadar contra la corriente). Lo sublime es precisamente lo que puede desbordar en el asco: no hace falta leer a Kant para entenderlo, basta imaginarse a Astiz gritando los goles con nosotros. Pero hay una gran diferencia en que lo haga desde una prisión y no en el palco oficial. Y esa es en verdad la única diferencia. Pero ni aún así puedo gritar los goles… Cuando encuentro un bar simplemente miro cuanto tiempo queda de partido (si hay algún gol lo sabré donde me encuentre…). Mientras voy por las calles solo me dejo atravesar por la extrañeza del vacío: parecen las dos de la mañana, pero apenas falta un poco para las seis de la tarde. Lamentablemente la cámara no registra las sensaciones: podría ser la madrugada de un día como cualquier otro.

La plaza de mayo está vacía, y me dispongo a hacer la última toma. Cuando estoy por apretar el disparador veo que un homeless invade una esquina del plano. Instintivamente modifico el cuadro para que no entre, y me siento un hijo de puta… De pronto me doy cuenta de que eso va la cosa, la secuencia, el tono: de alguien que no puede compartir esa aparente comunidad que idealiza una bandera hecha camiseta (no se que es la patria, pero sin duda no es eso). Incluyo al homeless en el plano, y ahora me encuentro buscándolos cada vez que apunto la cámara: de un cineasta abstracto en busca de glaciales planos bellos me transformé de pronto en un rastreador de pornomiseria… Finalmente me digo (Eisenstein y Godard mediante, unidos pese a todo) que el sentido estará en el montaje. Pero aun no se si alguno de los pocos planos respetables que consigo lograrán integrar la secuencia que imagino, y si esta tendrá el sentido que deseo. Y sin embargo por eso estoy ahí, rodando sin un camino prefijado, abierto a lo que el día que se va pueda ofrecer. Después de todo, no es más que otro día de rodaje. Incluso cuando finalmente escucho los gritos y las bocinas, y me encamino lentamente a casa.

Nicolás Prividera / Copyleft 2014