LOS SALVAJES (1): POLÍTICA Y FICCIÓN

LOS SALVAJES (1): POLÍTICA Y FICCIÓN

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30 Oct, 2012 03:50 | comentarios

Por Marcela Gamberini

Tres de las mejores películas argentinas estrenadas en lo que va de este año pueden cruzarse y encontrarse en al menos un tema común: dos mundos que se chocan. La araña vampiro de Gabriel Medina, Los salvajes de Alejandro Fadel y Tierra de los Padres de Nicolás Prividera se anclan al conflicto que produce la irrupción de dos mundos diferentes pero complementarios, distintos pero necesarios el uno al otro: la barbarie y la civilización. Cada una de estas películas lo hace a su modo, con fuertes diferencias formales, políticas, ideológicas; resignificando cada uno de estos espacios; sin embargo llama la atención que las tres se muevan alrededor de esta dicotomía y armen sus entramados cinematográficos a partir de la construcción de un relato que se verá atravesado por esta irrupción. Me pregunto (sin poder responderme todavía), ¿qué urgencia histórica hace pensar a estos jóvenes directores en esos términos? ¿Qué mirada atenta podrá ver allí, en esa elección, un cierto modo de representación de los social? ¿Qué mirada sobre lo político –no en su acepción partidaria, sino como cierta mirada ideológica sobre el mundo- ponen en juego las tres? Aclaro que también comparte esta posición otra película argentina expuesta en el último Bafici que aún no se ha estrenado comercialmente: Germania de Maximiliano Schonfeld, de la que seguramente nos ocuparemos en el momento de su estreno.

El nuevo cine argentino (o como se haya llamado a ese corpus de películas estrenadas aproximadamente a partir de 1990) fue un cine generalmente urbano – sí, claro con las excepciones que confirman la regla-, un cine que trataba de desentrañar y a la vez apropiarse de las ciudades. Tal vez como la Nouvelle Vague se posicionó en París, en su corazón, en su Torre Eiffel, para verla y poseerla; este cine nacional se ancló en los centros urbanos para detectar cuál era el “lugar en el mundo” de esa generación un poco maltrecha, un poco malherida, no sólo cinematográficamente hablando. Ahora, en este ahora extraño e inasible, aparecen relatos más universales, más místicos, más salvajes, que dialogan con el presente de un modo particular y único.

Haciendo eje en Los salvajes, que es la película que nos ocupa hoy, Alejandro Fadel, su director, lúcido en sus comentarios, en las entrevistas que podemos leer y escuchar en los medios, apela a un relato universal, místico, religioso que establece un conflictivo e interesante diálogo con los relatos contemporáneos que suelen ser más presentes, mas políticos, más concentrados en la anécdota.

La fuerza inicial de la película es política: contar el relato del presente, contar la pura contemporaneidad, narrar una experiencia cercana. Cinco chicos se escapan de la cárcel, de ese mundo de drogas, de armas, de confrontaciones, de deslealtades, de conspiraciones. Este comienzo es en sí mismo un relato clásico, establecido, canónico, con personajes definidos y algunos antagonistas (de hecho muchos hablaron de western, uno de los géneros más codificados y mas identificados simbólicamente con el nacimiento de una nación, por ello más políticos). Fadel usa un registro realista y tumbero, plagado de planos cortos, violentos, eficaces, oscuros, delimitados. A través de la figura del viaje que los chicos dibujan con su escape, este relato político, civilizado, presente se desliza hacia la más pura ficción pensada casi como una abstracción, como una generalización, sin tiempo, más universal y con un espacio más libre, menos codificado. De este modo, nos desplazamos en ese recorrido hasta el mundo de la pura experiencia. A medida que Los salvajes avanza, Fadel sustrae signos, adelgazando el relato hasta convertirlo en una experiencia de tintes místicos, religiosos, ficcionales. En este camino –el de la película como materialidad y el de los chicos como huida- Fadel se despoja de concepciones que son constitutivas de los relatos, por ejemplo la noción de personaje o de trama. La película muta hacia una abstracción más teórica. Gran trabajo de pura sintaxis cinematográfica donde las secuencias se vuelven más largas, los planos duran más, el espacio se vuelve soberbio y protagonista, y en ese espacio esos personajes pierden humanidad volviéndose más salvajes, más animales, más bárbaros, menos definido, menos clásicos. La soberanía de la forma cinematográfica que se ancla en un contenido y lo define.

Pensado de esta forma el relato al ser político representa el poder. Quien tiene el relato, quien lo lleva a cabo, tiene el poder. Poder-relato que se va tensionando a partir de la primera muerte. Ese chico que conducía a sus compañeros, que tenía el poder, desaparece y deja el mando a otro. Poder y relato que van de mano en mano, que se van desintegrando hasta el final, donde Simón –punto de vista hegemónico de la película- decide desaparecer, no acepta ese poder del relato. El espacio sobre el final de la película contiene al personaje, la hermosa escena, la de Simón escondido en esa cueva, larguísimo plano, que nos deja ver la emoción y el misticismo de ese personaje que reza siempre, desde el inicio de la película, es justamente el que pone de manifiesto que entre los personajes y el paisaje existe un espacio vacío (¿cómo no asociar esta bella imagen con la caverna de Platón, sus mundos antagónicos, su afuera y su adentro, su luz y su sombra, su mirada distanciada?). Simón es la mirada de Los salvajes, es su punto de vista, es quien conduce la película y la manada de amigos que se desmembran, desaparecen y aparecen a medida que avanza el viaje. Simón, el del desierto, termina cubierto de paisaje y a la vez cubierto con esa piel de animal deshumanizado; es la pura experiencia, la sensibilidad. El relato, el poder, la anécdota se han adelgazado y estamos en el reino de la emoción, casi animal, ahora sí salvaje. Tal vez, esta película instale un nuevo modo de percepción que tiene que ver con rescatar la experiencia del espectador -más sensible, más emotiva, más “natural”, quizá más bárbara- frente a la imagen.

La primera película de Alejandro Fadel como director, es más que interesante y nos obliga a pensar y seguir pensando. Aquello que planteábamos al comienzo, ese choque eterno y fundante, la cicatriz que deja la colisión entre el mundo de lo civilizado y el de lo bárbaro; aquí Fadel la resignifica desde la puesta en escena, desde concepciones puramente cinematográficas y construye una película autoconsciente de sus procedimientos, inteligente y viva en su vibración emotiva que dialoga lúcidamente con el presente actual.

 Marcela Gamberini / Copyleft 2012