LA VOLUNTAD PRIMERA Y ÚLTIMA

LA VOLUNTAD PRIMERA Y ÚLTIMA

por - Ensayos
17 Dic, 2017 04:32 | comentarios
Breve ensayo sobre la voluntad como experiencia y a propósito de Manchester junto al mar.

Frente a las calamidades y la evidencia del fracaso, no falta jamás la referencia a una asequible superstición, apenas desligada de la religión, que desconoce réplica: “La esperanza es lo último que se pierde”. Se razona así: el futuro luce como una apertura pletórica de posibilidades y una corrección del pasado, un tiempo por venir indeterminado que siempre se lee como superación. Nada garantiza que la indeterminación tenga una valencia positiva, pero así se prefiere pensar. Es un hábito, tal vez un hábito de supervivencia (no sólo simbólica).

La esperanza es una creencia inevitable. Bíblica y existencialista, popular y multicultural, no hay lugar en la tierra en donde no goce de prestigio. Quien dude de su eficacia y atemporalidad tiene el alma mancillada de pesimismo. El desesperanzado padece esa enfermedad mortal a la que Kierkegaard llamó en cierta oportunidad la “enfermedad mortal”: el que renuncia a la esperanza se hunde en la desesperación. ¿Se la puede entonces desdeñar?

Entre las tantas películas nominadas a los premios Óscar, había una que no se alineaba con ese frecuente destino esotérico por el cual las películas deben refrendar creencias inspiradoras para el bien de la humanidad. En este film no se vindicaban los presuntos grandes valores estadounidenses, que suelen confundirse con los de todos los pueblos. Ya había títulos para eso: el patriotismo esotérico, la evasión romántica, los sueños de progreso, la trascendencia cósmica estaban representados en las nominadas. Sin embargo, la negatividad de esta película parecía inadecuada para el asunto que las convocaba. Los dramas son la preferencia de la Academia, en la medida en que haya una moraleja de último momento por la que se ofrezca una salida o un posible indicio de superación. Lo hermoso y verdadero de Manchester junto al mar es su total desobediencia de ese imperativo. Nada esperanzador se vislumbra en el film de Kenneth Lonergan; el futuro no traerá nada mejor, y lo que el personaje interpretado por Cassey Affleck sabe es que nunca superará las consecuencias de un evento traumático.

Desde el inicio, el cuerpo de Affleck es un monograma de una tragedia que tarda en mencionarse. Recluido en Boston en una pieza austera que tiene más de celda monástica que de monoambiente de soltero o divorciado, el todavía joven Lee Chandler pasa sus días arreglando los desperfectos de departamentos. Que se dedique a la reparación y al mantenimiento no es un oficio ocasional. Hay en esa labor una cifra. Lee parece un hombre tranquilo y solitario, aunque una inesperada escena en un bar dejará en claro una incontenible angustia inconfesa que puede surgir cuando el alcohol desinhibe y que puede también conjurarse ineficazmente en la descarga violenta frente a un estímulo cualquiera. No será la única escena que mostrará a Lee bajo el influjo de la desesperación, pero el relato situará perfectamente las razones de su incontinencia.

Uno de los grandes méritos del film de Lonergan y de su notable intérprete Affleck consiste en cómo la conducta de Lee está codificada por una tragedia personal que solamente se conoce pasada una hora de película. Los diversos flashbacks que van interrumpiendo el progreso del relato en tiempo presente –que tiene que ver con la noticia de que el hermano de Lee ha muerto de un paro cardíaco prematuro– dejan entrever paulatinamente las razones de una circunspección y un abatimiento que no son ostensibles porque no se verbalizan, pero se intuyen. Los movimientos físicos contenidos y los gestos mínimos, además de la sonoridad de la voz y la forma de estar en el espacio, constituyen la gramática y la psicología con las que Affleck escribe los signos de un dolor imposible. La lógica narrativa, que va del pasado al presente y que también avanza hacia la magnífica resolución dramática por la cual se enuncia el límite de una experiencia, incompatible con cualquier idea de superación como emblema, facilita comparar y estudiar la conducta de Lee antes y después de aquel acontecimiento que alteró para siempre su vida. La interpretación del actor es descomunal. Affleck tiene que trabajar sobre la densidad histórica de su dolor y hallar las variaciones expresivas que incluyen un tiempo feliz, otro desgraciado y otro sufriente y cicatrizado que determina el estado de ánimo. Todo lo que sucederá con su sobrino, una vez que su hermano ha muerto y ya se conozca más sobre por qué Lee apenas se limita a sobrevivir, es magnífico, porque la novedosa situación que Lee debe afrontar como posible y nuevo tutor no se inscribirá en el mito existencial de la segunda oportunidad. La esperanza está elidida en Manchester junto al mar: he aquí su mayor desobediencia filosófica. Una anomalía espiritual y una discreta clarividencia.

Manchester junto al mar no se erige sobre la mentira de la mayoría de los relatos hollywoodenses, revestida de un voluntarismo ingenuo por el cual pase lo que pase siempre habrá un nuevo comienzo, como si existiera un secreto diseño en los destinos de las personas. El que quiere puede; el que quiere será auxiliado por un devenir que garantiza otro intento, otra oportunidad. Indemostrables afirmaciones que tienen como fundamento la poderosa, falaz esperanza.

El film de Lonergan se despega de los talismanes simbólicos y de todo el repertorio metafísico con el que se solicita creer en una-fuerza que propone un salto hacia delante bajo la convicción de que todo será mejor después de un tiempo. Lee descree de esos supuestos atributos de la realidad, pero persiste en ocupar su espacio en ella. ¿Por qué un hombre persevera cuando ha perdido todo lo que ama? ¿Por perseverar, solamente?

No sabemos exactamente qué es la voluntad, más allá de que hay libros satisfactorios y exhaustivos sobre la materia. Pero la voluntad sucede, habita dentro de cada hombre y mujer. Es un lugar común del lenguaje decir que existe una “fuerza” detrás de la voluntad; le asignamos tal cualidad por costumbre. En esta acepción, parece ser el yo el que, por una decisión afirmativa, moviliza un querer. Pero lo paradójico es que la naturaleza de la voluntad no parece responder estrictamente a la voluntad como instrumento; ella nos precede, o nos constituye, y nos fuerza a querer.

La gran virtud de Manchester junto al mar reside en situar y espiar esa fuerza de voluntad en un ser quebrantado. Quizás la extraña comicidad del film de Lonergan dé con esto una pista más para meditar sobre la materia. Como sea, la voluntad no parece depender de ningún agente externo que incida sobre nuestras vidas ni de ningún porvenir. La voluntad llena la experiencia del presente y la dota de su matiz particular. Es el presente reinventándose, alimentándose a sí mismo. En este sentido, su concepto está en las antípodas del de la esperanza, esa operación sospechosa por la que se pretende reavivar la voluntad de vivir mediante promesas.

Manchester junto al mar se concentra en el fenómeno central y más enigmático de la conducta de las personas. En el film, la voluntad no está investida de ningún signo que adorne esa raíz que predispone a alguien a no entregarse a lo inerme e inmóvil; está en su grado cero. Lo que mueve a un hombre a levantarse diariamente, a querer seguir con sus tareas y a mantenerse en pie es lo que despunta sin artificios en el film de Lonergan. El personaje no está sumido en la necedad de darse una extravagante razón para seguir apostando por su vida; tampoco espera un cataclismo exterior que termine con su convaleciente paso por el mundo. En el momento de mayor dolor, frente a la exacerbación inmediata de una pérdida injusta de la que se creyó culpable, pudo intentar acabar de un balazo consigo mismo, pero fue solamente una vez. Lee sigue vivo.

Este texto fue publicado por la revista Quid en el mes de abril 2017

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