LA NOCHE MÁS OSCURA / ZERO DARK THIRTY

LA NOCHE MÁS OSCURA / ZERO DARK THIRTY

por - Críticas
06 Mar, 2013 08:08 | comentarios

ARQUEOLOGÍA DE LA GUERRA

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Por Fernando Pujato

¿Qué ocurre cuando las discusiones acerca de un film lo exceden? ¿Exceden su alcance inmediato, lo sitúan en un lugar de confrontación ideológica, en una disputa acerca de lo que se muestra y no tanto acerca de cómo se lo muestra? ¿Qué ocurre cuando hay defensores y detractores? ¿Cuándo hay opiniones? Ocurren varias cosas, por supuesto, entre ellas que el film en cuestión deja de tener la importancia que debería tener al momento de pensar sobre el cine y pasa a ser un toma y daca político por fuera del cine, algo situado en el foro de la propaganda diaria y no en un contexto de descubrimiento un tanto menos perenne, un juicio asertivo, un informe tribunalicio aseverativo, una clausura. Esto, en sí mismo, no tiene nada de malo -o no es tan grave como parece serlo para los involucrados en ello-  y habrá quienes vean allí una oportunidad para reforzar su moral, atacar la de los otros y sentarse con su absoluto a cuestas, plácidamente o no, a la mesa de las discusiones importantes sabiendo que siempre se tiene la razón. Pero una cosa es reflexionar sobre las imágenes de un film y otra muy distinta reflexionar junto a ellas; tal vez no tan distinta aunque probablemente más interesante que indignarse éticamente porque la estética (del film) así lo requiere.

¿Y por qué indignarse con Zero Dark Thirty? En realidad, ¿por qué indignarse con Bigelow? ¿Por las sesiones de tortura? ¿Porque las muestra o por la forma en que las muestra? Es cierto que desde el corazón de la fábrica de sueños y pesadillas hacía mucho tiempo que no se mostraba esto de un organismo estatal estadounidense y, sobre todo, que no se lo mostraba como una práctica habitual y necesaria -casi funcional-, pero la forma no es ni complaciente ni juguetona como podría serlo la escena de la navaja en Reservoir Dogs en la que Michael Madsen se divierte como se divierten habitualmente algunos personajes de Tarantino; aquí la forma es brutal y directa, salvo algunos planos medios que muestran la incomodidad del futuro agente ejecutor de la obsesión política-militar del Imperio después del 11/9,  un aprendizaje que veremos más tarde en el film. ¿Emprenderla contra el discurso de los funcionarios de la CIA o el de los asesores gubernamentales del gobierno de turno? ¿Contra el ultimátum privado de Maya? Nadie en su sano juicio, o en su juicio sin más, debería esperar otra cosa que aquello que presenta dialógicamente Bigelow, porque aun cuando introduzca un par de líneas supuestamente inteligentes (no sabemos lo que no sabemos) o esas frases harto transitadas del tipo “estoy cansado de esto, quiero regresar a casa…”, el discurso global de que este fin siempre justifica los medios y el un tanto más acotado de que la venganza no es un ya un anhelado placer sino una necesidad ineludible atraviesan cegadoramente todo el film; sería bastante inocente de parte nuestra y bastante torpe de parte de ella aguardar otra cosa o mostrar algo distinto, ¿o es al revés?.

Como sea, todo esta cuestión de que el film es una justificación de la tortura, las declaraciones de la directora de que no lo es, los ataques y las defensas, el rasgarse las vestiduras, el dedo admonitorio, la complacencia, los guiños y, tal vez aunque es difícil que se repita, alguna que otra estatuilla dorada, no tiene mucha razón de ser, no la tiene en el sentido de que el film muestra lo que muestra acerca de la CIA en un período determinado, acerca de una guerra indeterminada, muestra el por qué y el para qué de una institución estructurada desde sus inicios para defender la seguridad nacional de los EE.UU. Suficiente con esto, aunque también está el asalto final al refugio de Bin Laden para los espectadores que no se habían dado cuenta, todavía, que la CIA, que su gobierno, ordena asesinar gente. Pero los niños se salvaron dirían las almas bellas, la “disfraza” de documental dirían otras; se asesina y punto.

Entonces, después de toda esa puntillosidad en el registro del espacio cerrado de cuarteles y oficinas, después de ese ir y venir entre Pakistán, Kuwait, Polonia, Virginia, de nuevo Pakistán, después de todas esas reuniones entre pares y no tanto, después de los engaños y los sobornos y los enfrentamientos desiguales con el otro, después de su tormento y de su búsqueda casi imposible y de su matanza y de su ansiado final, sólo queda regresar. Este regreso que es, en realidad, la búsqueda de Bigelow en este pequeño tramo de una guerra que amenaza con ser infinita, esta casi obsesión por el destino individual de sus personajes más que por intentar comprender, a la manera de Eastwood, qué ha sucedido en la historia reciente de este (su) bendito país, un rastreo de zonas y mercados, de desiertos y ciudades, un mapa geográfico y clínico de la soledad de la guerra a través de la soledad de unas voluntades que no conocen nada más que aquello que es necesario para la supervivencia -y muchas veces ni siquiera eso. Pero no estamos en The Hurt Locker, el heroísmo del regreso o el hastió de la vuelta no están en ese último plano, en el desolado rostro de Maya que no mira a cámara porque no hay nada qué mirar, nada para adelante, y nada que decir quizá. Y tal vez, este sea el tema de Bigelow, la preocupación de esta arqueología de la guerra, el vacío del después.

Fernando Pujato / Copyleft 2013