INTERCAMBIO DE ALMAS / COLD SOUL

INTERCAMBIO DE ALMAS / COLD SOUL

por - Críticas
28 Feb, 2012 03:38 | Sin comentarios
**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor
Por Roger Koza
UNA FANTASÍA RECONOCIBLE

Intercambio de almas / Cold Soul, EE.UU., 2009

Escrita y dirigida por Sophie Barthes. 

*Tiene un rasgo redimible

Un debut menor, con momentos interesantes y otros fallidos, en esta fantasía filosófica no del todo profundizada. 

Mientras los amantes del psicoanálisis y los fanáticos de David Cronenberg esperan la llegada de Un método peligroso, el filme sobre Freud, Jung y una paciente, he aquí otra aventura rumbo a los secretos del alma, en esta comedia metafísica en clave moderna, tan ligera como humanista, dirigida por una debutante, Sophie Barthes, francesa de nacimiento, pero nómade desde entonces. ¿Qué pasaría con nosotros si se pudiera extraer el alma y seguir con nuestras vidas?

La genealogía proviene de un sueño. Leyendo El hombre moderno en busca de su alma, obra tardía de Carl Jung, Barthes soñó con Woody Allen. Estaban haciendo cola en un consultorio futurista y Allen se quejaba: su alma era literalmente un símil de un garbanzo. Del sueño a la película habrá cambios y se sumarán otros tópicos, por ejemplo, tráfico de almas y “mulitas” rusas que contrabandean ADN (el mercado no es incompatible con lo espiritual). En vez de Allen, el actor en cuestión será Paul Giamatti (Entre copas), que se interpreta más o menos a sí mismo. Aquí vive una crisis existencial que le impide, entre otras cosas, encarar su personaje en una obra que está a punto de estrenar: Tío Vania, de Chéjov.

El filme arranca con una cita de Las pasiones del alma, la última obra de Descartes. Se trata de la famosa intuición cartesiana acerca de una glándula que une discretamente dos realidades inconmensurables: el cuerpo y el alma. Barthes no será dualista, y la separación del alma y el cuerpo es menos radical en su película. Los planos siguientes son fundamentales: Chéjov habla por Giamatti y allí vemos al actor, en la ficción y más allá de ésta. Primero, se evidencia el problema dramático y existencial: ya no hay distancia entre él y su rol; segundo, algo resulta ostensible: Giamatti es un actor formidable (lo que se puede comprobar en dos pasajes en donde interpretará la obra de teatro sin su alma y con un alma alquilada).

En una noche de insomnio, Giamatti leerá un artículo en el New Yorker: “Almacenamiento del alma”. Una pregunta retórica, “¿Están cansados los neoyorkinos de acarrear sus almas”, le es familiar. Reluctante pero curioso, tendrá una entrevista y dejará su alma en una caja fuerte a la temperatura adecuada. Vacío y alivio: respuesta paradójica de su fisiología y su psicología; un yo volátil parece deseable (una condición constatable de la subjetividad contemporánea), al menos hasta que Giamatti no pueda ni hacerle el amor a su esposa, ni encontrar el punto de referencia para interpretar su papel en la obra. Y todo se complicará cuando su alma literalmente viaje a Rusia y una actriz mediocre de novelas la incorpore pensando que se trata del remanente espiritual de Al Pacino, con resultados dramáticos extraordinarios.

Barthes se apoya cinematográficamente en el lente de Andrij Parekh. Su director de fotografía encuentra el tono justo para registrar Nueva York y San Petersburgo, de lo que se predica una textura que induce a cierta melancolía difusa. Quienes prueban la identidad de otros pueden ver sus recuerdos, y Barthes y Parekh deciden mostrar fragmentos de las vivencias grabadas en el alma ajena: esos pasajes, curiosamente, son los más débiles de la puesta en escena, ya que se trata de flashbacks desprovistos de ingenio, a contramano de una apuesta narrativa entre delirante y surrealista. Además, la deriva mafiosa del relato sugiere que no alcanza tener un sueño cinematográfico con Allen para hacer una película sólida: los dilemas de Giamatti y la trama rusa parecen dos películas unidas a la fuerza, y en ese sentido no son precisamente almas gemelas.

Más cerca de Yo amo Huckabees que de ¿Quieres ser John Malkovich?, el filme de Barthes carece de la sofisticación visual y filosófica de esas dos películas con las que comparte una inquietud, pero sostiene convincentemente un amor palpable por todos sus personajes y es consecuente con su búsqueda metafísica: el “alma” es el precio que se paga por llegar a ser un sujeto singular (o lo que Jung denominó individuación, el proceso, discutible pero legítimo, por el cual alguien llega a realizarse). El acierto de Barthes pasa por evitar el cinismo y el narcisismo para delinear un camino de búsqueda.

Esta crítica se publicó en otra versión en La voz del interior durante el mes de febrero 2012.

Roger Koza / Copyleft 2012