EL HILO FANTASMA / THE PHANTOM THREAD

EL HILO FANTASMA / THE PHANTOM THREAD

por - Críticas
18 Mar, 2018 01:57 | comentarios
Octava película de un director notable; un hombre, su hermana y una amante son las criaturas centrales del relato. El universo de un modisto alcanza aquí una insólita dimensión sublime.

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

EL ORDEN Y LOS SENTIMIENTOS

El hilo fantasma / The Phantom Thread, EE.UU., 2017

Escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson

*** Hay que verla 

Frente a tantas películas que se estrenan, El hilo fantasma, que no es la mejor del director, no deja de ser un aerolito con pasajes absolutamente geniales

Cada persona llega a la edad de la madurez con ciertos hábitos y ciertas costumbres que le resultan indispensables para funcionar en esa sucesión de eventos insignificantes que denominamos cotidianidad. Hay un horario para las comidas, otro para pasear y distraerse, también para trabajar y aun para amar. Para una personalidad obsesiva la consecución de un orden fijo y sin irrupciones azarosas es decisiva, más todavía si ese hombre o esa mujer guarda el anhelo de un microcosmos a su medida en una profesión y vocación.

El diseñador de vestidos que interpreta Danny Day Lewis en el octavo film de Paul Thomas Anderson es un evidente obsesivo, no menos que el propio actor que le da alma a su personaje, capaz de prepararse estoicamente por meses para animar a una criatura de ficción hasta que se confunda la persona que está detrás del personaje con este último. La perfección de un vestido es también aquí la del intérprete y asimismo la del realizador, que amalgama este universo atravesado por un ideal de perfección casi irrespirable. Al respecto, El hilo fantasma desborda su propia diégesis; todo lo que gira por dentro y fuera del film obedece a un imperativo de magnificencia que conjura sin esfuerzo cierta trivialidad que acecha desde el interior del propio relato.

El modisto se llama Reynolds Woodcook; vive con su hermana, a la que llama “vieja amiga”, en una casa en el barrio de Mayfair, Londres, la cual paga uno de sus clientes. Todo sucede a mediados de 1950, una época de reconstrucción. A pocos minutos del inicio de El hilo fantasma, Anderson organiza una secuencia lineal y contundente en su eficacia simbólica en la que delinea la rutina diaria de Woodcock; solamente así se siente a gusto: asearse, vestirse, darle la bienvenida al ejército de costureras que trabaja con él y de inmediato esbozar el diseño de los próximos vestidos que confeccionará mientras toma el desayuno. Esa hora del día es perentoria. Si empieza todo bien, la potencialidad creativa de Woodcock está garantizada.

Esta escena inicial culmina con una novia que se siente enteramente fuera de lugar en este universo laboriosamente regulado. La próxima mujer de Woodcock no será una entre otras. Alma, de la que poco se sabe, excepto que trabaja como mesera en un agradable restaurante en una zona marítima, transformará, en el imaginario del modisto, su condición de estorbo afectivo en necesidad de existencia, una transformación no exenta de suspicacia e incluso de perversión. En esto, Anderson provee suficientes signos para que los psicoanalistas se luzcan aplicando el sistema de interpretación de su presunta ciencia: la delirante fijación afectiva de Woodcock con la madre, que el modisto siente muy cerca a pesar de que esta es una eterna ciudadana de la tierra de los muertos, la relación algo incestuosa con la hermana y las técnicas de Alma para conquistar a su marido (que incluyen el cuidado maternal del ser amado en su convalecencia) son elementos de la trama qué dócilmente pueden ser absorbidos por una exégesis de diván. Tal encuadre, desde ya, no agota simbólicamente el film, pero sí puede desentrañar la dinámica psíquica de la primitiva confrontación entre los dos protagonistas.

Como sea, el centro de gravedad narrativa pasa por la contienda afectiva de dos personas que tal vez se amen, sin importar que en varias ocasiones el hilo fantasma que los une parezca una ligazón envenenada. Sucede que la intromisión de un otro en el cosmos cerrado de Woodcock requiere de una voluntad férrea, capaz de reconfigurar el orden que garantiza concentración por uno nuevo más atractivo y esplendoroso. El film lleva hasta el paroxismo este trabajo de ajuste y reorganización; incluso, narrativamente, la solución apurada a la que se apela en el desenlace tiene bastante de deus ex machina. Nada se dice aquí del qué en el epílogo, sino del cómo (dicho esto ante el riesgo de escuchar a un coro de indignados protestando frente a cualquier indicio de spoiler).

El hilo fantasma es una anomalía en el cine de Anderson. El claustrofóbico drama que prescinde prácticamente de exteriores tiene su mayor antecedente en la obra del director en un título de 2002, Embriagado de amor, aunque en ese film la inestabilidad psíquica del personaje no necesitaba del espacio cerrado como extensión dramática para denotar la cifra de su conducta. Permanecer en la casa donde Woodcock trabaja es aquí una exigencia que nace del propio personaje, una forma de control sobre las variables de la cotidianidad que pueden desquiciar el funcionamiento de las cosas. Faltan las grandes coreografías de Anderson en espacios abiertos, esos prodigiosos planos secuencia que se pueden advertir en The Master, Puro vicio o Petróleo sangriento. Todo el dinamismo visual de sus películas se circunscribe a varias secuencias automovilísticas, y es coherente con la vida anímica de Woodcock, quien conduce como si fuera un piloto de carreras aventurándose en el espacio abierto desde el interior de un vehículo. El problema dramático del personaje con el exterior se puede apreciar aún con mayor nitidez en la mejor escena de todo el film, cuando Woodcock decide salir de su casa para buscar a Alma, que se ha ido a festejar el nuevo año a un salón repleto. Es una escena grandiosa porque la relación que se pone en juego entre el espacio y la psicología del personaje es materialmente asequible.

La obsesiva puesta en escena es ostensible en todo momento. La elección cromática de los vestidos, los motivos floreales en las paredes de la casa o los restaurantes, los primerísimos planos de objetos y comidas tienen la firma de un maniático del detalle. La característica indeterminación narrativa del cine de Anderson no tiene aquí la vehemencia de sus películas precedentes, porque el drama está demasiado sujeto a los movimientos tácticos de Alma para introducirse en el mundo de su esposo, lo que desacomoda un poco la abusiva y esplendorosa banda musical de Jonny Greenwood. La música en Anderson suele servir a la intensificación de la indeterminación del relato. La ubicua musicalización no tiene qué enfatizar en este caso, ya que la tensión dramática es demasiado previsible y el relato no se abisma en su devenir.

Justamente por esta relación a veces inorgánica entre el relato y la música, que no se acoplan del todo, Anderson sí intuye otra relación ente relato y sonido: la innovación afectiva y anímica, interpretada inicialmente como fricción entre los dos amantes, comienza con el desarreglo y la molestia de la percepción sonora. El advenimiento de un nuevo orden, percibido primero como desorden en el rígido cosmos de Woodcock, condición necesaria de su creatividad, se siente como una estridencia del sonido de los objetos, un volumen del mundo sonoro que hiende la parsimonia de los actos. La masticación, los ruidos que emiten los cubiertos, la caída del café en la taza son los acordes inarmónicos de una realidad que no está a la medida de la obsesión del neurótico. La compulsión por la repetición está a merced de la sonoridad de una tostada untada con mermelada. De esa clarividencia Anderson hasta logra producir un gag.

¿Es Woodcock una máscara de Anderson? Tal vez. Como el diseñador, Anderson es un cineasta singular, uno de los grandes del cine estadounidense contemporáneo. Es posible que El hilo fantasma no sea su mejor película, pero es lo suficientemente buena como para permitir seguir sosteniendo la fe en el cine. Como sucede con Woodcock, Anderson podría perder la compostura y ponerse a gritar y despotricar, al igual que lo hace su personaje en una escena clave, contra la moda y el chic, categorías que no solamente amenazan el arte del modisto, sino también el propio cine. Anderson está más allá de las estatuillas y de las alfombras rojas; El hilo fantasma es otra prueba indesmentible.

*Esta crítica fue publicada en Revista Ñ en el mes de marzo de 2018.

Roger Koza / Copyleft 2018