FICUNAM (09)

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por - Críticas, Festivales
11 Feb, 2011 04:14 | comentarios

FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE UNAM: TERRITORIOS: UNA MUESTRA MULTIDISCIPLINARIA DE APICHATPONG WEERASETHAKUL

Sobre La leyenda del tío Boome, de Apichatpong Weerasethakul, Tailandia, España, Francia, Holanda, 2010.

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Por Roger Alan Koza

La leyenda del tío Boonmee (título en México) es un tratado pop y metafísico sobre la transmigración de las almas, la reencarnación y el animismo, que permanece paradójicamente inmune a cualquier apropiación espiritualista de clase media occidental capaz de convertir una tradición lejana (el budismo theravada) en mercancía y artículo de venta diferido. El mundo que se revela aquí no es un mundo de fumadores de opio, una distracción ahistórica, Weerasethakul no es Osho, ni mucho menos Subiela. La película es la exposición de un mundo cuya configuración simbólica es esencialmente inconmensurable con la mirada occidental. Es un mundo para observar y contemplar. Y no es un mundo que se desentiende del peso histórico. La violencia política de Tailandia, reciente y pasada, resuena sutilmente por momentos. Alguien dice haber luchado contra el comunismo, otro personaje lleva consigo el cargo de conciencia de haber matado hombres en una guerra y una mujer está más que preocupada por la invasión extranjera ilegal. Weerasethakul puede filmar fantasmas pero su perspectiva no es precisamente la de un artista que se refugia en el limbo.

Es de noche. Un búfalo atado se escapa y deambula en la noche. ¿Es una de las reencarnaciones de Boonmee? Quizás. Luego, la selva suena y de pronto aparece una criatura oscura cuyos ojos rojos brillan. Parece mirar hacia nosotros, y es una figura que en otro contexto pertenecería al universo psicótico de Lynch, es decir, una presencia que transmite lo siniestro, pero que aquí es simplemente un indicio de una cosmología lejana, tal vez “primitiva” aunque fascinante. En efecto, es una criatura que prueba una forma de existencia paralela al mundo de los mortales, capaz de cohabitar, eventualmente, en el mundo de los hombres. O quizás también es un modo poético de citar el origen de nuestra especie. Después sabremos que se trata de un mono nocturno, y también el hijo de Boonmee, que se perdió mucho tiempo atrás.

Boonmee, en verdad, se está muriendo. Sus riñones no funcionan, y la muerte no está lejos. Decide retirarse a la selva del norte de Tailandia, acompañado por sus seres queridos. En una noche, el fantasma de su mujer hará su aparición. El hijo devenido en mono también se acerca a la sobremesa. Es un fenómeno extrasensorial vivido como si se tratara de un evento natural. En un extenso plano general, un diálogo sereno y amoroso entre la familia y los amigos tendrá lugar. “Un fantasma se aferra a una persona, no a un lugar”. “El cielo está sobrevaluado”. A pesar de la liviandad y gracia de la conversación, Weerasethakul deconstruye fantasías vanas: los otros mundos quizás no sean muy distintos.

Hacia la mitad del metraje, una princesa atraviesa la jungla. Uno de sus sirvientes parece cortejarla. Su alteza ha envejecido y sufre por el deterioro de su belleza. Se mira en un lago y su reflejo en el agua devuelve dos imágenes yuxtapuestas: su vejez y su juventud. Un pez llama su atención y le habla a la princesa devastada por el paso del tiempo y su irreversibilidad. Minutos después, el pez y la princesa tendrán sexo. No es precisamente zoofilia, pues en la cosmovisión del film existe un orden de continuidad y una sustitución entre las especies físicas y metafísicas. Durante todo este pasaje, el poderoso sonido de una cascada se impone como un extra durante este entrecruzamiento de especies.

En algún momento, los fantasmas, el moribundo y sus seres queridos visitarán una cueva. La muerte precipitará un entierro. Y un amigo de Boonmee, un monje budista, parece desear colgar los hábitos y probar un poco la vida secular, a pesar de que hoy en día, asevera, un monje en su ermita puede usar I-phone y chatear. No mucho después, en un plano misterioso, el monje se desdobla: una versión de él se queda viendo la televisión mientras su yo paralelo se calza un jean y se retira a tomar algo con un familiar. A partir de allí un tema musical reconociblemente pop se apodera del espacio sonoro del film: “Acrophobia”, de Penguin Villa, se escuchará completo. El monje y una mujer toman algo y parecen felices. Así finalizará el relato, y así pueden coexistir la fluidez de la vida moderna y las creencias “primitivas”. Como sea, es el film de un hombre libre, es la película de un genio.

Roger Alan Koza / Copyleft2011