FESTIVAL NACIONAL DE CINE LEONARDO FAVIO 2015: BALANCE O LAS PELÍCULAS INVISIBLES

FESTIVAL NACIONAL DE CINE LEONARDO FAVIO 2015: BALANCE O LAS PELÍCULAS INVISIBLES

por - Críticas, Festivales
01 Sep, 2015 11:19 | Sin comentarios

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Por Marcela Gamberini

Bolívar es una ciudad pequeña, pueblerina, tranquila, apacible. Su festival de cine, llamado “Leonardo Favio”, en un claro homenaje al maestro, es coherente en su dinámica con la ciudad. Diseñado especialmente para sus habitantes que poblaron la sala recientemente remodelada Avenida, las funciones empezaban a las ocho de la noche. Dos funciones por día que se armaron inteligentemente con un corto y un largo argentinos cada una, dando a los cortometrajes el espacio que se merecen. También cabe destacar que cada proyección estaba acompañada del director de la película o algún responsable. La afabilidad del equipo de producción, la disposición constante, el buen trato colaboraron con el dibujo de un festival pequeño pero sabroso. Tal vez, la única falla sea las pocas funciones, pero según los responsables del festival, como ya dije, es que está pensado acorde con los ritmos de un pueblo. La probable solución podría ser incorporar más funciones los fines de semana para que el Festival cobre un cariz más sustancioso en sus propuestas y además aprovechar la presencia de los directores para generar alguna charla con el público luego de la proyección. Siempre este contacto entre los espectadores y los responsables de las películas son enriquecedores y valorables.

El eje conductor es proyectar películas argentinas que, lamentablemente, no llegan a estas salas del interior. Ojalá el festival sea un buen disparador para pensar algún circuito alternativo donde el público pueda acercarse al cine nacional.

La propuesta fílmica fue desde películas ya estrenadas como La patota de Santiago Mitre, Placer y martirio de José Celestino Campusano o El hijo buscado de Daniel Gaglianó hasta películas no estrenadas comercialmente como La niña de los tacones amarillos de Luján Loiocco o Madre de los dioses de Pablo Agüero (estrenadas en el último Bafici) o No soy Lorena de Isidora Marras entre otras.

Dentro de la categoría de largometrajes sobresalieron El hijo buscado de Daniel Gaglianó, donde la búsqueda de un hijo hace que el personaje de Rafael Ferro se interne en la frontera con Brasil. Viaje errático que se desencadena por años de burocracia en la ley de adopción y la fragilidad que se impone en su matrimonio por la carencia de un hijo. La película, indudablemente, es el personaje de Ferro, su deambular, su cuerpo, su transpiración constante; la cámara de Gagliano lo sigue de cerca, sus hombros, su cuello, su nuca. El derrotero de la búsqueda del hijo hace que la película toque de manera tangencial el tema de la trata de mujeres y el de la burocracia de las leyes de adopción. Lo más interesante es el tono en el que está contada: la oscuridad, la vegetación, las rutas develan la duda y la confusión y porqué no la oscuridad del alma y la mente de ese hombre desesperado. La naturaleza siempre está en su contra tanto la naturaleza del cuerpo que lo hace inhábil para la paternidad y la naturaleza del contexto, que lo abruma. De algún modo, el recorrido que hace el padre es el que debería hacer una madre, pasa por un hospital, se ensangrienta porque lo golpean, llora, sufre, hasta en algún momento un médico le pide que se suba a la camilla. Esos espejos que cada tanto lo reflejan, en su doble y triple imagen dan cuenta de sus dudas acerca de la compra del bebé. El final es decididamente lo más flojo de la película, aquello que el film parece resolver desde el comienzo se desmorona al final, volviéndose moralista y redentor.

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El hijo buscado

La niña de los tacones amarillos de Luján Loiocco es una película ambientada en Jujuy. La primera escena es decididamente la mejor: la niña baila ausente de todo y de todos al compás de una música pegadiza. Sus movimientos entre infantiles y sensuales marcan el rumbo de la película. Esta niña de quince años crecerá rápidamente acosada por las circunstancias exteriores. En el pueblo un hotel de categoría se está construyendo, los obreros, personajes ajenos al lugar, extranjeros de costumbres y ritos, mirarán a la niña con ojos adultos. Las escenas de sexo son buenas, bien filmadas y detonan el crecimiento de la niña que guarda sus deseos más íntimos condensados en ese par de zapatos amarillos. Tal vez, en su estructura sea más parecida a una telenovela latinoamericana donde la protagonista muestra su derrotero de crecimiento, busca salir de ese pueblo donde se siente encarcelada y finalmente se choca con la realidad más ruda. Sobre el final la película se vuelve extraña, esos habitantes del pueblo absorbidos por la realidad que el hotel les ofrece se dirigen hacia él como fantasmas renegando de la tradición y de la identidad del pueblo. Este final, junto con algunas otras escenas hacen que la película trabaje con un sistema de contrastes muy fuertes: el extranjero siempre provocador y algo malvado (como en las telenovelas) y la gente del pueblo, demasiado inocente, demasiado pobre. A pesar de estas dicotomías, la película es interesante, sobre todo en las escenas íntimas de las dos amigas, en el baile de la niña, en las conversaciones con su madre en esa cocina tan característica de la región.

No soy Lorena de Isidora Marras es un debut interesante de la directora chilena Isidora Marras, que realiza por primera vez un largo de ficción en coproducción con Argentina. Lorena es una joven que encuentra que tiene una especie de doble que tiene deudas económicas, esto se vuelve una amenaza constante mientras su vida cotidiana se complica cada vez más. Una madre que está enferma y su enfermedad avanza lenta pero progresivamente, un novio por el que ya no siente lo que antes sentía, un embargo que le quita sus pertenecías pone a la protagonista en un lugar incómodo. La burocracia del sistema, las ineficiencias de bancos y comercios está presente reflejando el presente chileno pero la inestabilidad de la protagonista es el eje de la película. La puesta en escena es interesante, los espejos reproducen la doble imagen de Lorena marcando su identidad desdibujada, incluso la profesión de Lorena que es una actriz under también remarca esa doble identidad en la que está inmersa. En algún momento, la película se vuelve un policial donde ella busca a su doble. El entrecruzamiento de géneros está bien narrado, a veces con cámara en mano que le dan a la película un aire cotidiano invitando al espectador a identificarse con la joven. Sin duda la película habla de la identidad no solo de los individuos sino tal vez de un país conflictivo.

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Koan

El Largometraje Koan de Osvaldo Ponce y Karina Kracoff es una película “mística”. Lao vive en la Patagonia y es un sanador. Olkar que vive en Buenos Aires pero es español es un fotógrafo que intenta escuchar los ruidos del universo y transformarlos en imagen a través de fotos. Estos dos personajes son idénticos pero no tienen lazos consanguíneos, ninguno sabe de la existencia del otro hasta que se encuentran. Tal vez esos hombres sean el mismo en las distintas facetas de la personalidad. El paisaje es imponente, refuerza el clima místico de la película. Su director, al comienzo de la proyección, indicó que Koan es un término zen que es un problema que un maestro plantea a un alumno donde su solución parece absurda o irreal. Tiene la intención de despertar la conciencia, desconcertando el pensamiento lógico racional. En este sentido la película respeta su título y propone una interpretación extraña, más cercana a lo irracional, a lo sensorial, aunque a veces no lo logre y se quede anclada en problemas terrenales.

Hablando de problemas terrenales, la película de Federico Sosa Yo sé lo que envenena es una propuesta más que interesante. Filmada con un bajísimo presupuesto retrata la vida de tres jóvenes particulares: uno quiere ser actor y su parámetro es Marlon Brando, otro fan de Iorio apuesta a que su banda sea telonera de la banda Almafuerte y el tercer personaje a partir de un accidente se obsesiona con conquistar a una chica. La estética de la película, cercana a las de Campusano, por su registro de lo real y del conurbano bonaerense, responde a eso que los protagonistas aman y que es el metal como estilo de vida. Las casas bajas, las calles de tierra, la desolación de la ruta, las motos, la cerveza son los componentes con los que la película se ubica en esa zona poco frecuentada por el cine nacional (salvo algunas excepciones como Mauro de Hernán Rosseli), que es el conurbano bonaerense; tal vez sea este espacio el gran protagonista de la película. Con muchos momentos divertidos y sorpresivos la película está bien narrada y bien ambientada. Uno llega, como espectador, a querer a esos tres jóvenes que van detrás de sus deseos cueste lo que cueste. En algún momento de la película una escena en las vías del tren dan cuenta de los desvíos de los personajes. Los peces que la chica vende recuerdan (y es una cita declarada en la película) a esos otros jóvenes similares a éstos de La ley de la calle. Una película divertida y delirante a la que tal vez le falte un poco más de trabajo en la hilación de sus secuencias o en escenas que desconciertan.

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En alquiler

Dentro del conjunto de los cortometrajes, En alquiler de Florencia Whebe (directora de arte en diferentes películas de la factoría cordobesa) es más que atractivo. Un mismo departamento, un mismo espacio y cuerpos cortados por la cámara de la cintura para abajo muestran las diferentes etapas y situaciones de la vida cotidiana. La tesis del corto es la de ese espacio vacío que solo logra su identidad y su memoria a partir de la de sus habitantes.

El corto El pez ha muerto de Judith Battaglia construye una buena puesta en escena. El paso de una niña a la adolescencia, aquellos dolores y pérdidas que se transcurren en ese momento están bien reflejados. El corto abre con la niña en bicicleta por una ruta de frente a la cámara tratando de manejar sin las manos y cierra con la misma niña de espaldas, manejando ya son las manos por la misma ruta, esta es tal vez la mejor decisión que toma su directora para marcar su objetivo.

El dorado de Ford de Juan Fernández Gebauer, juega todo el tiempo con la ambigüedad de sus términos. Un hijo quiere cumplir el deseo de su padre que es pescar el Ford dorado, un pez casi imposible, pero a la vez, a su modo, el corto es un homenaje a John Ford en el diseño de sus títulos, en el tono algo melancólico, en ese personaje que va detrás de un mítico dorado. De leyendas y tradiciones está hecho este corto que formo parte de las Historias breves en su décima edición.

Marcela Gamberini / Copyleft 2015