DE TAL PADRE, TAL HIJO / SOSHITE CHICHI NI NARU

DE TAL PADRE, TAL HIJO / SOSHITE CHICHI NI NARU

por - Críticas
17 Ene, 2015 02:32 | comentarios

**** Obra maestra  ***Hay que verla  **Válida de ver  * Tiene un rasgo redimible ° Sin valor

Por Roger Koza

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De tal padre, tal hijo / Soshite chichi ni naru, Japón/2013

Escrita y dirigida por Hirokazu Koreeda

** Válida de ver

Un tema fascinante, una película interesante, con los altibajos característicos del cine de su director

Por motivos que ni la CIA puede llegar a descifrar, Hirokazu Koreeda es el único director japonés que se estrena comercialmente en Argentina. Este presunto heredero del gran maestro Yasujiro Ozu es un especialista en una de las instituciones más sobrevaloradas de la historia: la familia. Nadie sabe, Milagro, Still Walking y varias más, incluso su próxima película, Diario de Umimachi, giran en torno a temáticas familiares. Como se desprende del título, De tal padre, tal hijo no es una excepción.

Un apellido es un destino y también una procedencia. El tema de fondo pasa aquí por una tensión (primero antinómica y después dialéctica) entre lo que se es por naturaleza y aquello que eventualmente se llega a ser determinado por las circunstancias, distinción que en el idioma inglés se establece con mayor precisión a través de los términos “nature” y “nurture”.

Por una canallada del destino, los Nonomiya y los Saiki recibieron a sus respectivos hijos varones intercambiados en un hospital. A pesar de que algunos familiares o amigos cercanos notaban rasgos singulares que no coincidían con los de sus padres, recién frente a un estudio de sangre de uno de los niños, ya con 6 años de edad, se sabrá la verdad. ¿Qué hacer frente a ese develamiento? El tópico elegido es fascinante, aunque no se tratará de ninguna novedad para quienes sean padres adoptivos.

A lo largo de un período de tiempo relativamente extenso, indicado por el nombre de los meses, Koreeda sigue los distintos procedimientos por los que los dos niños, Keita y Ryusei, empezarán a conocer a sus verdaderos padres, en una suerte de intercambio gradual de hogares supervisado por el Estado que restablecerá, respetando la sensibilidad de los menores, la preeminencia genética frente a los lazos afectivos constituidos en el tiempo. La sangre manda.

Entre estas coordenadas afectivas Kooreda introduce otras de orden simbólico y económico, y una nueva oposición conceptual: el falso padre de Keita es miembro del nuevo empresariado japonés, un arquitecto rico cuya ética del trabajo remite parcialmente a la filosofía japonesa de Ishida Baigan aunque en clave capitalista: no hay tiempo para el ocio, la dedicación al trabajo es una virtud excluyente. A su vez, el otro padre tiene un pequeño comercio, pero él sí cuenta con tiempo para jugar con sus hijos y practicar actividades improductivas. Confrontación actitudinal y distracción sociológica, en la disputa de modelos entre el amable hedonista y el partisano del sacrificio la diferencia de clase es solamente una anécdota, un matiz de conducta, y no tanto una sobredeterminación del destino de cualquier niño.

Lejos está Koreeda de encuadrar como Ozu, pero no hay duda de que su empeño en seguir a los niños a su altura es programático. El travelling para seguir los pasos de una caminata climática entre padre e hijo (adoptivo) en el final, la cual culmina en un plano medio que acentúa tanto la barrera física entre los personajes como su comunión afectiva, es un buen ejemplo de una preocupación que se puede verificar a lo largo de todo el filme. Lo mismo podría decirse de los planos generales y del plano y contraplano del inicio, y de tantas otras secuencias.

De tal padre, tal hijo se las ingenia legítimamente para no tomar partido entre los modelos de paternidad que examina en su relato; su fuerza principal estriba en la gestualidad de los niños y los ajustes indecibles que ellos van poniendo en marcha frente al mundo emocional que deben asimilar, o la constatación involuntaria tanto de la contingencia de la identidad como de la contingencia de la pertenencia. Es una pena que Koreeda no se dirija a su audiencia con la misma confianza con la que dirige a sus actores infantiles. Por cada nota de piano que suena para asegurar una lágrima, la película traiciona la incomodidad que sugiere. La sobreprotección asfixia siempre.

Esta crítica fue publicada en otra versión por el diario La voz del interior en el mes de enero 2015

Roger Koza / Copyleft 2015