CORRECCIÓN Y POLÍTICA: NO RECONCILIADOS

CORRECCIÓN Y POLÍTICA: NO RECONCILIADOS

por - Ensayos
18 Ene, 2021 03:11 | comentarios
Prividera le responde a Weber y vuelve sobre algunos temas en torno a la corrección política y la política que se pone en juego frente a esta.

Estimado Pablo:

Respondo tu réplica siguiendo tu estilo de carta, aunque no quisiera hacer ese remedo de Movie Mutations que la crítica joven parece querer imitar (sin suerte, porque para eso hay que ser un Gran Crítico que escribe desde alguna ciudad central en el mapa), lo que es parte del problema. De todos modos debo decir que me gustó leer tu comentario, porque aunque no coincida en algunos puntos y matices hay una base común sobre la que podemos disentir. Es curioso entonces tu reconocimiento de que “me cuesta estar en desacuerdo con mucho de lo que decís”: el problema sería estar de acuerdo por simple afinidad (por compartir un mismo espacio de publicación o haberle a uno gustado lo que hace el otro). Tus palabras me confirman lo que había imaginado viendo tu corto, pero eso no me impide  advertir un desacuerdo, tal vez no radical pero evidente, aunque me cuesta ver el eje preciso de tu respuesta: así que iré respondiendo algunas de las cuestiones que vas desgranando, tratando de ordenarlas para ver si podemos llegar a la que creo es la discusión central. 

Martin, Rosenbaum, Brenez y Jones (participantes de Movie Mutations)

Porque, como escribí en la nota que dio origen a este intercambio, la cuestión no es tanto ​El año del descubrimiento como su recepción. Que a su vez era una excusa para pensar en la cacareada “corrección política”, a la que creo que en ningún caso hay que desestimar sino interrogar, viendo quien la invoca en uno u otro sentido. Desde ya que “la hipocresía de los obamistas de Caballito que se emocionan con el #BlackLivesMatter mientras votan al partido de Patricia Bullrich no es algo que vamos a descubrir acá, ni un fenómeno exclusivo del ámbito de los festivales de cine”.  Pero hay que entrarle al problema por algún lado, y nuestro ámbito es este.

Ciertamente, el uso del término “corrección política” (“en un país donde prendés la radio y está Baby Etchecopar, prendés la tele y está Feinmann y donde Millei va a discutir a los gritos en los paneles televisivos”) viene agitado por derecha. Pero no es “ridículo, casi obsceno” recoger el guante, en tanto demos cuenta de ese marco de discusión. Porque  “corrección política” y “cultura de la cancelación” no son términos que “es mejor evitar”:  como la misma palabra “progresismo”, puede ser un mote que intenta ser hegemonizado para socavarlo, pero hay que hacerse cargo de que responde a una problemática cultural de izquierda.

Porque, efectivamente, “son fenómenos que poseen un recorrido histórico”. Por eso hay que entender que tanto “la inserción de la generación del ‘68 dentro del mundo empresarial, de los consejos de marketing y de recursos humanos” como “las malas lecturas de algunos autores franceses dentro de la academia norteamericana”, etc, son cuestiones que cualquier revisión crítica (no solo posmarxista) debe incorporar para pensar su derrotero. Los citados Mark Fischer o Adam Curtis, entre otros, son una muestra (desde la siempre lúcida tradición marxista inglesa) de cómo hacer una historización crítica de esos fenómenos, que no hacen más que dar cuenta de la “batalla cultural” que ya Gramsci entrevió (para ser a su vez burlado por la alt right), y en cuya persistente derrota seguimos inmersos.

Dicho esto, es cierto que llamar “corrección política” “a todo lo que sea acomodamiento, pereza o simplemente ir junto a la corriente” fue una generalización que tal vez no dejaba claro este contexto de discusión. Ahora, “porque justamente sobre la naturaleza ambigua de términos como ese se refugian los miserables y los fascistas” es que hay que problematizarlos más que cancelarlos… Obviamente son “fenómenos muy complejos, más grandes que sus manifestaciones en el campo cinematográfico”, pero es hablamos de(sde) este campo.

Presentación de Revista de Cine y La Vida Útil en la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata

Vos mismo mencionás como ejemplo la presentación conjunta de ​Revista de Cine y ​La Vida Útil, realizada en el marco de las actividades del último Festival de Mar del Plata, donde “un visiblemente indignado Sergio Wolf”  dijo que “si una película empezará como empieza The Naked Kiss de Fuller las feministas incendian el cine”. Decís que la pregunta “no es por qué no se podría hacer hoy ​The Naked Kiss sino más bien ¿por qué alguien querría hacer ​The Naked Kiss hoy?”. Podría decirse lo mismo de cualquier otra película que “ya está hecha”, pero hay ejemplos aún más urticantes que el cine de Fuller (al que en todo caso habría que “cancelar” por sus engendros macartistas, pero como el cahierismo se los perdonó nadie lo va a sacar del Panteón: estará ahí con Kazan, al cuidado de la fundación Scorsese). 

No fue el único exabrupto de la presentación conjunta de ​esas revistas hermanadas: Wolf también se refirió al crítico Jonathan Rosenbaum como “personaje cancerígeno”, injuria que no solo no mereció comentario alguno de sus partenaires sino que despertó algunas sonrisas cómplices. No hace falta hablar de “microfacismo” para lamentar esos pequeños gestos miserables, enarbolados sin contradicción por los adalides de la libertad cinéfila. Pero no se podía esperar algo mucho mejor de una charla cuyo centro fue la última película de Tarantino… Esa es la agenda renovadora que manejan las revistas de papel en Argentina. Claro que también hay sitios de internet abocados a la lucha contra el “cine de tesis”, otra de las bestias negras de la brigada anticancerígena (pero dejemos esto para otra nota).    

Agregás que te “resulta un poco irónico que sea el director de ​Esto no es un golpe el que despotrique contra la corrección política cuando cuesta imaginar una película más políticamente correcta que esa”. Más irónico es que Wolf votó El año del descubrimiento en La Internacional Cinéfila. Entonces: es claro que “para muchos cinéfilos la idea de poner la de Hong y la de Carrasco en una misma lista no genera el mismo ruido que genera en vos por cuestiones que hacen a la naturaleza misma del gesto cinéfilo”. Lo que estoy impugnando es precisamente ese gesto y su naturalización. Y sí: hay algo “irreconciliable” ahí, de eso se trata. 

Pero no tiene nada que ver con “tapar por completo a las películas en sí”, como sugiere otro brulote de la cinefilia “pura”. No pondría El año del descubrimiento en una lista de “mejores” por razones estrictamente cinematográficas, no para diferenciarme de quienes la mezclan con la de Hong, lo que sería absurdo. En la segunda parte de la entrevista de Jacobin que mencionás avanzo más sobre esa impugnación “de la replicación de estilos cinematográficos”, pero nada tiene que ver eso con El año del descubrimiento: está claro que su recreación visual no se relaciona con  la “replicación estética del pasado” como nostalgia. Lo que no significa que con “sus tres horas y media, su puesta y montaje austeros” no me parezca “bienalizable” (un hallazgo como neologismo). 

Por otra parte, me parece muy problemática la idea de que “al dolor y al sufrimiento, más que representarlos, los transforma en la materia cinematográfica última sobre la cual se yergue la película”: no sé qué es la “materia cinematográfica última”, me parece un principismo ontologista difícil de tragar.  Porque si la única justificación (de la estética por la ética) es que lo que “emerge en esas tres horas y veinte es algo del orden de la verdad”, bastaría tener un gran testimonio para tener una gran película, y no es necesariamente así. Como ya dije, lo que vale en sede judicial no siempre vale en el cine (por poner un solo ejemplo: las imágenes del juicio a Eichmann son un documento, la película que Eyal Sivan hizo con ellas es otra cosa, sin merecer tampoco ser celebrada como una obra maestra).

Y “una nostalgia huérfana, llena de rabia y bronca” sigue siendo nostalgia. No existe algo así como una “nostalgia politizada” (una suerte de oxímoron), sino una “melancolía de izquierda” (hay un bello libro de Enzo Traverso sobre esta idea benjaminiana). Si “una de las tareas más importantes de nuestro arte en el presente” es “la destrucción del Realismo Capitalista”, la nostalgia es poco efectiva en cualquiera de sus formas (más bien es parte del consumo capitalista, como señala Fischer). En cambio, la melancolía puede adoptar a veces ciertas formas de resistencia como las que Christian Gundermann denomina “actos melancólicos” por oposición a esa cultura de la nostalgia (tan cara a la cinefilia). Desde ya que atribuir una obra a una u otra sintonía es algo discutible. Pero nunca puede estar dada por la mera cualidad de sus materiales

La materia del cine siempre es la voz, los rostros, y cualquier otra forma humana o tocada por lo humano (alguien dijo por ahí que “filmar la naturaleza es de derecha”: habría que precisar la cuestión y decir que “naturalizar” es de derecha, en cualquier ámbito y por cualquier medio). No se trata de la materia (ni de la naturaleza misma) sino de lo que un cineasta hace con ella. Y me parece perezoso lo que hace López Carrasco. Pero cuando dije que El año del descubrimiento es una ristra de charlas de café, era solo despectivo en lo de “ristras”: aclaré también que al cine argentino le faltaban charlas de café.  El tema, como siempre, es de que manera filmar(las).

Citás, finalmente, ​Viaggio in Italia de Rossellini, para sugerir que “El año del descubrimiento es como los cuerpos fosilizados de los enterrados en Pompeya, que tanto afectan al personaje de Bergman (…) Y uno como espectador termina como ella, deambulando, huérfano por las ruinas de ese pasado que se niega a morir”. Me parece una interpretación desmesurada, no solo de la película de López Carrasco sino de la de Rossellini también (el problema no es el pasado, que siempre se resiste a morir, sino qué tipo de deambular se propone como vital: la orfandad también tiene un sentido histórico, no  es una forma asintomática de la nostalgia). 

Pero expresar porqué esa valoración excesiva de Viaggio in Italia me parece uno de los desatinos más dañinos del cahierismo nos llevaría demasiado lejos, en todo sentido (a ver si nos ligamos el mote de “cancerígenos” por criticar a Rivette). ¿Quiénes somos nosotros, en este lejano rincón del mundo, para cuestionar la formación misma del canon de posguerra, ese valuarte cinematográfico del Plan Marshall? ¿Y cómo vamos a pensar el cine argentino o latinoamericano sin esperar la bendición del Viejo Mundo? (a ver si hay que preguntarse por qué no se filman entre nosotros ciertas conversaciones de bar, como cuando Wolf se pregunta con falsa o real ingenuidad –lo mismo da– por qué no se hacen películas sobre los años 80). Sin duda es más fácil seguir la agenda que continuamos importando (“para integrarnos al mundo”), y hacer otro especial sobre Tarantino o Hong Sang-soo (el mejor cineasta de la última década para los votantes de La Internacional Cinéfila)

*Fotogramas de encabezado: Había una vez en Hollywood+Siempre te amaré (Viaggio in Italia)+Samuel Fuller y Jonathan Rosenbaum).

Nicolás Prividera / Copyleft 2021

Las notas precedentes:

Corrección y política II: Respuesta a Nicolás Prividera (Pablo M. Weber)(Leer aquí)

Corrección y política: A propósito de El año del descubrimiento (Nicolás Prividera) (Leer aquí)

La Internacional Cinéfila (Leer aquí)